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Los dilemas estratégicos de Podemos: La esperanza como problema político

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El gran desafío de Podemos ha sido su pretensión de ser una fuerza política con voluntad de gobierno y de poder, pero para devolver ese poder al pueblo. Por eso es el objetivo a batir. Por eso los poderes reales –la trama– lo combaten a sangre (y tinta) y fuego

Por: Manolo Monereo / El Viejo Topo

1- Elementos de la situación: la crisis del régimen sigue abierta.

Podemos ha vivido su primera crisis. Se podría decir que estamos ante una crisis en la crisis. Me explico. Casi nadie duda que vivimos un cierto tipo de transición, un cambio de régimen desde el propio régimen hacia otro que se va definiendo poco a poco y donde la resultante final parece clara. Se trata de consolidar una democracia limitada y no soberana donde domine de forma clara y explícita una oligarquía financiero-empresarial-mediática con el objetivo de construir un modelo de sociedad basada en la desigualdad, la desaparición de los derechos sociales, la precariedad del modo de vida de las mayorías sociales y la definitiva desintegración del movimiento obrero como sujeto político-social. La política siempre va por delante, desde el Estado y con el Estado para cambiar un régimen y un modelo social.

Otra cara de la situación tiene que ver con lo que podríamos llamar la autonomía de lo político. Si algo está demostrando la recomposición económico-social de los países del sur de la UE es que, cuando llega la crisis, los poderes económicos fuertes, como dice Wolfgang Streeck, se convierten en sujetos activos –en agencia– que subordinan lo político y las instituciones a sus intereses generales. La crisis siempre desvela los poderes reales, aun a costa de que estos pierdan legitimidad y el problema del poder aparezca y se haga evidente para una parte sustancial de la población. En España esto se ha vivido con mucha claridad. Se puede decir que los poderes, lo que nosotros llamamos la trama, han intervenido a los partidos políticos mayoritarios y lo han intentado con Podemos.

La crisis de régimen, que de una u otra forma hoy se intenta cerrar, tiene mucho que ver con la necesidad de transformar, cambiar y cooptar a los partidos políticos fundamentales. Las últimas elecciones aclararon mucho el panorama político-electoral. Estaba claro que el partido clave para asegurar la recomposición del régimen –lo que nosotros llamamos restauración– iba a ser el Partido Popular y, específicamente, su secretario general, Mariano Rajoy. Esto nunca fue fácil y el actual jefe del gobierno ha tenido que pelear duramente para conseguir convertirse en conductor de un proyecto político al servicio de los grupos económicos de poder dominantes.

El papel de Ciudadanos ha ido clarificándose en este tiempo. Creado para frenar por la derecha a Podemos, se ha ido convirtiendo en un partido bisagra, defensor a ultranza de posiciones neoliberales desde un discurso político fuertemente polarizado contra el soberanismo catalán y muy próximo al “nacional constitucionalismo” que defiende el PP. Su situación es complicada porque está obligado a apoyar al PP, lo que implica que acabe legitimando indirectamente a un partido enormemente marcado por la corrupción. A la hora de la verdad, cuando el PP pacta, prefiere pactar siempre con el PSOE. De alguna forma, Mariano Rajoy está obligado a jugar el papel de hombre de Estado, es decir, debe enfrentarse al PSOE y, a la vez, evitar que éste acabe por desintegrarse o perder relevancia electoral, lo que traería consigo que Unidos Podemos se convirtiera en la única fuerza de oposición.

El dato más significativo de la presente coyuntura es la crisis del PSOE. Es sabido que el partido de Felipe González fue, en muchos sentidos, el partido del régimen y el bipartidismo político el fundamento del mismo. El Partido Socialista logró, durante un periodo importante, hacer converger los intereses de los poderes económicos dominantes con la mejora del nivel de vida y las condiciones de trabajo de las capas populares en un sentido amplio. Eso se terminó con la crisis del 2008. El gobierno socialista de Zapatero aceptó los durísimos ajustes y las políticas de austeridad impuestas por la Troika, que fue percibida por la población como una ruptura del pacto social garantizado por la Constitución y como un golpe de Estado organizado y dirigido por los grandes poderes económicos que consiguieron cooptar a la clase política y poner el Estado a su servicio. Lo decisivo fue el surgimiento y desarrollo del movimiento de los indignados del 15M que reclamaban una democracia verdadera, la defensa de los derechos sociales y sindicales y formas alternativas de hacer y organizar la política. En este contexto nace y se desarrolla Podemos.

El grupo dirigente socialista –construido en el entorno de Pedro Sánchez– intentó moverse en un país que cambiaba aceleradamente con un triple objetivo: conseguir el apoyo de los poderes económicos y mediáticos, polarizarse fuertemente con la derecha del PP para debilitar a Podemos y, si era posible, dividirlo y restarle apoyo electoral. Este guión lo siguió siempre Sánchez, nunca atendió los requerimientos de la derecha económica y de la derecha política para ir a un gobierno de coalición o a un gobierno de programa. Las razones eran evidentes: si el PSOE desaparecía como oposición, el único beneficiario sería Podemos y con ello la crisis del régimen se agravaría. El maniobrar táctico de Pedro Sánchez se basó desde el comienzo en convencer a los que mandan realmente de que el porvenir del régimen obligaba a derrotar a Podemos y que eso no se podía conseguir sin un Partido Socialista que se polarizara con la derecha.

Lo que vino después ya es muy conocido. Fracaso de la alianza PSOE y Ciudadanos, convocatoria de nuevas elecciones y avance del PP. Como ya dije antes, las elecciones del 26 de junio de 2016 situaban a Mariano Rajoy en el eje de la recomposición del régimen. Pedro Sánchez no lo entendió así y siguió con el viejo guión sin darse cuenta de que ni en el interior del partido ni fuera de él estaban dispuestos a arriesgarse a unas nuevas elecciones generales. Se puede decir que el PSOE fue intervenido por los poderes que terminaron por obligar a dimitir a Pedro Sánchez e iniciar un proceso congresual de incierto desenlace. Lo más sorprendente es el retorno de Pedro Sánchez con un discurso anclado en la izquierda y abierto a la cooperación con Unidos Podemos.

En este contexto se da Vistalegre 2, el congreso de Podemos. ¿Qué es Podemos? No es fácil de definir. Se trata de un movimiento heterogéneo donde convergen, al menos, tres vectores: una grave crisis social, una crítica de masas a la política, a las formas de hacerla y ejercerla, y una crisis generacional profunda. Para entender qué es Podemos las palabras clave son proceso y proyecto. Podemos es un proyecto en proceso de construcción. La base de partida fue una durísima impugnación de lo existente desde un punto de vista democrático-plebeyo. A esto se lo denominó provocativamente “populismo de izquierdas”. Se puede decir que Podemos se ha ido construyendo –de aquí derivan muchos de sus problemas– en base a procesos electorales recurrentes donde ha habido que improvisar candidatos, programas y estructura organizativa, todo ello en un contexto caracterizado por sufrir un ataque permanente de las fuerzas del régimen donde se han usado a fondo la crítica despiadada de sus dirigentes, la descalificación sistemática del proyecto y el uso y abuso de las cloacas del Estado.

El Congreso de Podemos ha sido su primera crisis general. ¿Qué había de fondo en el debate? En primer lugar, diferencias de análisis; en segundo, modos de encarar las relaciones con las fuerzas políticas y mediáticas dominantes; en tercer lugar, el carácter mismo de la formación. La dureza del debate fue mucho más externa que interna. Como ya habían hecho con el PSOE, los poderes intervinieron activamente en el debate con el objetivo explícito de derrotar la línea política que expresaba Pablo Iglesias. Un dato a tener en cuenta es que votaron cerca de 150 mil personas y que las tesis políticas y el equipo dirigente tuvieron un sólido respaldo, insisto, en condiciones muy difíciles para el secretario de Podemos.

¿Qué tipo de Podemos sale del Congreso? Una fuerza política democrático-plebeya, comprometida con las demandas mayoritarias de la ciudadanía, defensora a ultranza de los derechos sociales, sindicales, laborales desde un punto de vista ecológico y de género, con una apuesta clara por una democracia económica, social y cultural que garantice y haga efectiva la soberanía popular. En el centro de este proyecto está lo que hemos llamado un “impulso constituyente” capaz de abrir un proceso de cambio constitucional hacia una España federal que realmente reconozca los derechos de las nacionalidades existentes en el Estado español, cambie el funcionamiento de las instituciones básicas y desarrolle las libertades fundamentales de las personas. En el fondo, volver a relacionar democracia con soberanía popular y “cuestión social” como proyecto de liberación del trabajo en el marco de un proyecto alternativo de país.

2. Crisis de la segunda globalización capitalista: “Situación populista” y “momento Polanyi”.

Carlo Formenti ha hablado del populismo como forma de la lucha de clases en la época neoliberal. Yo lo enfocaré desde el otro lado, parafraseando a Nancy Fraser, como forma de la lucha de clases en la época post socialista. Ambas cosas están relacionadas. La victoria más importante y duradera de la contrarrevolución neoliberal ha sido el hacer desaparecer la idea del socialismo de la cultura política y del sentido común de los trabajadores en un sentido amplio. El viejo fantasma que recorría Europa desaparecía 150 años después y con él sus dos postulados decisivos: que el capitalismo era una formación históricamente determinada, pasajera, y que tenía alternativa, el socialismo. El “populismo de izquierdas” ocupa un vacío: construir alternativas cuando la alternativa al sistema no parece viable, ni siquiera deseable.

Estos debates no se explicarían bien si no partimos de algo fundamental, a mi juicio, la crisis de la segunda globalización capitalista. Los historiadores están de acuerdo en que entre 1871 y 1900 hubo una primera globalización capitalista que terminó –es bueno subrayarlo– en lo que se ha llamado la “guerra de los 30 años”. Hoy nos encontramos al final de un ciclo, a mi juicio, parecido. Tanto ayer como hoy se repiten los viejos debates hasta el ridículo. La etapa que se abre no estará caracterizada por el orden, la paz y el cosmopolitismo librecambista sino por el conflicto, por la lucha entre las grandes potencias, por la definición de zonas de influencia y el reparto de los recursos del planeta y, desgraciadamente, por la guerra. Esquematizando mucho, se podría decir que esta etapa histórica se caracterizará por cuatro rasgos básicos: a) crisis económico-financieras recurrentes; b) la gran transición geopolítica, en la que estamos, que está implicando una gigantesca redistribución del poder a nivel mundial; c) un agravamiento sustancial de la crisis ecológico-social del planeta; d) la crisis del “occidentalismo”, entendido como el cuestionamiento de la modernidad tal como la hemos conocido, vivido y expandido desde occidente.

En muchos sentidos, la victoria de Donald Trump es una señal, una reacción desde las entrañas mismas del capitalismo norteamericano a una globalización que ellos impusieron en todo el mundo y que hoy pretenden cerrar. La plutocracia gobernante norteamericana actúa desde una estrategia preventiva en un sentido muy preciso: prepararse para lo que viene, anticiparse y reforzar el papel de la nación imperial norteamericana ante un mundo que aceleradamente cambia y redefine la correlación de fuerzas fundamentales.

En todas partes también, como diría Sergio Cesaratto, “el momento” Polanyi, es decir, el inicio de la fase B del doble movimiento que el viejo socialista cristiano previó. Las sociedades, los Estados y las naciones empiezan a reaccionar contra el mercado autorregulado capitalista y su pretensión de controlar la vida de los humanos y determinar su futuro. En todas partes emerge la necesidad –es lo sustancial de esta fase B– de protección, de seguridad, del control social sobre el miedo y la muerte. En todas partes retorna el Estado nacional como lugar privilegiado del conflicto social, contenedor de los procesos de democratización y de construcción nacional popular. En todas partes la crisis de lo que Nancy Fraser ha llamado el “progresismo neoliberal”, que en las condiciones de la UE significa la crisis de la socialdemocracia en sus diversas versiones. No puede extrañar que la resultante última de todo este proceso que se desarrolla aceleradamente ante nuestros ojos sea el renacimiento de la extrema derecha, los populismos de derechas extremos y una “derechización de la derecha”. Es la consecuencia política y orgánica de una izquierda social y cultural sin proyecto alternativo, elitista, que desprecia a su propio pueblo, que ha terminado por convertirse en el ala cosmopolita de la globalización neoliberal.

3. Gobernar en la periferia de la Unión Europea: estrategia de poderes sociales y construcción nacional-popular.

El gran desafío de Podemos ha sido, desde el principio, su apuesta nítida, su pretensión de ser una fuerza política con voluntad de gobierno y de poder. De hecho, el combate real, lo que marca la coyuntura hoy, es la disputa por la hegemonía en la izquierda. El problema se podría plantear así: ¿qué significa gobernar en un país periférico de una Unión Europea hegemonizada por el Estado alemán? Desde otro punto de vista, ¿qué poder real tiene la democracia española para impulsar un proyecto político, social y económico alternativo al neoliberalismo dominante en esta UE?

La cuestión no es fácil y tiene muchas vertientes. Para comenzar, convendría tener en cuenta que la UE ha sido el modo en que se ha aplicado la globalización en una parte de nuestro continente. No es este el lugar para abrir un debate a fondo sobre la naturaleza de la UE, del sistema euro y del papel de Alemania. Bastaría con indicar que la UE aparece como una forma de dominio político que administra los intereses generales del capital, que organiza y dirige a las clases dirigentes de los diversos países y que garantiza un tipo específico de capitalismo que, por abreviar, llamamos neoliberalismo. La clave siempre ha estado en expropiar la soberanía monetaria y económica de los Estados en un doble proceso de “despolitización” de la política económica y de “naturalización” de la economía tal como señaló Jacques Sapir hace bastantes años. Era el núcleo del proyecto defendido por Hayek, una Europa federalizada que sustraiga a la soberanía popular la política económica y el control sobre la economía, que imponga un Estado mínimo en las diversas y singulares naciones y, esto se tiende al olvidar, que impida la construcción de unos Estados Unidos de Europa, es decir, de un Estado europeo en sentido estricto.

La experiencia de Syriza enseña mucho. Caben, al menos, dos alternativas: realizar un conjunto de políticas que, de una u otra forma, sean funcionales a los parámetros prevalecientes en la Unión o salirse de la Unión y del euro en un proceso más o menos único. Cabría una tercera posición algo más compleja, a saber, realizar políticas que cuestionen el modelo neoliberal y que también, de una u otra forma, acaben enfrentándose con los poderes prevalecientes en la Unión, generando una dinámica social y política que organice a los sectores populares en defensa de un gobierno legítimo que realice un programa democrático al servicio de las mayorías, de las clases trabajadoras. La clave, el problema real para todos los países del sur de la UE es el mismo, la UE se configura como la última ratio, como un obstáculo de enormes dimensiones a cambios políticos, sociales y económicos que cuestionen el modelo neoliberal.

Nada explica mejor el tipo de integración europea que la UE define que cuando se la analiza desde la hipótesis de un gobierno que pretende defender los derechos sociales, la democratización de la economía y la soberanía popular. El europeísmo de las clases dominantes tiene aquí su fundamento real: garantizar que ningún gobierno pueda impugnar el capitalismo neoliberal y, sigue siendo fundamental, el Estado alemán como custodio, guardián de la Unión Europea. Para decirlo con algo más de precisión: en épocas anteriores el temor era a un golpe de estado militar organizado por las fuerzas armadas, bajo la supervisión de una OTAN dirigida por EEUU. Hoy el golpe de estado lo da el Banco Central europeo, lo organiza la Troika y lo concreta el Estado alemán, siempre, siempre teniendo a las clases dominantes de los propios Estados como aliados estratégicos. Alemania hace el trabajo sucio que ninguna burguesía del sur de la zona euro podría realizar por su cuenta y a cambio se le garantiza su predominio económico y su supremacía política.

Los objetivos de las fuerzas populares y democráticas del sur de la Unión tienen mucho que ver con los programas de los comités de liberación nacional y social de los movimientos de resistencia al nazi-fascismo europeo. Hay que reconstruir el Estado sobre nuevas bases, dotándole de poder para regular la economía, someter a los poderes financieros-empresariales parasitarios y asegurar políticas que garanticen el pleno empleo, la redistribución de la renta y los derechos sociales. Hay que refundar la democracia dando impulso de nuevo al poder constituyente del pueblo, con reformas constitucionales que refuercen el constitucionalismo social y que garanticen la efectividad de los derechos fundamentales, que impidan que haya poderes que se impongan a la soberanía popular democráticamente organizada. Una democracia, en resumen, de mujeres y hombres libres e iguales comprometidos con la justicia y con una relación armoniosa con la naturaleza.

El tiempo ganado, lo han subrayado con fuerza W. Streeck y en cierto sentido Colin Crouch, es el que sirve para evitar el choque entre la democracia tal como la conocimos y el capitalismo realmente existente. El capitalismo como problema aparece donde menos se lo espera, es decir, por el peso de sus propias contradicciones y por la enormidad de su triunfo. Se puede decir que el capitalismo ha agotado las bases sociales que lo hacían posible y que, ya sin enemigos, no tiene espejo donde mirarse ni mecanismos auto correctores que lo guíen. La paradoja es grande y de consecuencias estratégicas importantes. Lo fundamental no puede obviarse: el tema de nuestro tiempo, el centro de anudamiento del conflicto, es la contradicción cada vez más fuerte entre la democracia y el capitalismo. No ha sido la primera vez, pero bien puede ser la última.

Hay que retornar a la pregunta radical: ¿qué significa gobernar aquí y ahora? En nuestra tradición siempre se distinguió entre acceder al gobierno y conquistar el poder. El problema de hoy es, si se quiere, más grave, más difícil: los gobiernos tienen menos poder porque ya no dirigen Estados soberanos, el poder real reside en lo fundamental en la UE y esta tiene los mecanismos coercitivos para imponerle a cualquier Estado la realización de políticas económicas neoliberales. Para decirlo de otra forma, la única opción que da la Unión Europea es elegir la forma más adecuada para aplicar su recetario neoliberal, eso sí, siempre supervisada por la Comisión y bajo amenaza de sanciones.

Hace muchos años, en pleno debate sobre el Programa Común francés, el economista S. Ch. Kolm decía que cuando la izquierda llegaba al gobierno siempre acababa teniendo que elegir entre perecer o traicionar; perecer, por su incapacidad de conducir una política económica solvente; traicionar, por renunciar a una parte sustancial de su programa, bien por inadecuación a lo existente o por la fuerza de los poderes dominantes. Pero en esta Unión Europea, la Grecia de Syriza parece ser diferente: traicionar y perecer. En la Unión Europea solo cabe una política y solo una, todo lo demás son ensoñaciones y distintos modos de engañarse.

El problema, pues, sigue siendo el poder. Un gobierno democrático debe acumular poder, crear y organizar poder frente a la Troika; debe tomar medidas inteligentes y audaces que le den más autonomía macroeconómica; definir un conjunto de propuestas sociales posibles, viables, dirigidas a incrementar el poder de los trabajadores y de los sindicatos; organizar una fiscalidad realmente progresiva y luchar contra el fraude y la elusión; intervenir sobre la pobreza con instrumentos eficaces y rápidos como la renta o el trabajo garantizado; crear las condiciones para un nuevo modelo de desarrollo social y ecológicamente sostenible. La clave es unir programa y constitución de sujetos políticos-sociales. La dialéctica sujeto-programa es fundamental. El conflicto debe ser el instrumento, el medio que permita organizar poderes sociales y el programa, el dispositivo que genere las condiciones de hegemonía. Programa-sujetos-poderes sociales que definen un proyecto nacional-popular capaz de disputarle el poder una oligarquía financiera-empresarial egoísta, parasitaria y sin proyecto de país.

4. Alianzas, programa, partido: “querer es poder”

No queda otra, hay que hacer las tres cosas a la vez, con una dificultad más: la aceleración del tiempo, de los tiempos políticos y electorales. Hoy Unidos Podemos representa la alianza electoral más amplia desde la II República –Podemos, Izquierda Unida, las Mareas gallegas y En Común-Podem– con 71 diputados y 21 senadores, una fuerza parlamentaria muy significativa dado nuestro desigual e injusto sistema electoral. ¿Qué hay detrás? Los dos grandes problemas de cuya resolución dependerán en gran medida los dilemas políticos del país, “cuestión social y de clase” y “cuestión nacional”, es decir, reivindicaciones sociales y nacionales para un nuevo proyecto de país, para un nuevo tipo de Estado y un nuevo modelo social más justo e igualitario. Todo ello, en medio de una crisis extremadamente seria del proyecto de la UE.

Las alianzas siempre son complejas, mucho más en nuestro caso cuando estas expresan fracturas nacionales que buscan la construcción de un nuevo Estado. La alternativa federal es una vieja aspiración siempre aplazada y obliga a reformas constitucionales extremadamente profundas. La definición del demos, la del sujeto constituyente, es problemática en sí y obligará a mediaciones políticas complicadas. Lo decisivo es la necesidad de un programa común que anude lo social y lo nacional en un nuevo proyecto de país que recupere la soberanía del Estado para realizar políticas que aseguren empleo digno, derechos sociales fundamentales para todas y todos y el desarrollo de nuestro débil Estado social. Cuando hablamos de programa, como antes ya se indicó, nos referimos a un conjunto de ideas-fuerza coherentemente articuladas, comprensibles para las mayorías, capaces de transformar el sentido común y convertirse en una creencia por la que se puede luchar y comprometerse.

“Querer es poder” es un viejo dicho popular castellano que quiere decir que cuando las personas se comprometen con ideas o proyectos, pueden cambiar la realidad. Lo fundamental es la acción colectiva, la organización, la creación de comunidad, de pertenencia, de identidad en torno a un nuevo proyecto colectivo. En nuestras sociedades hay siempre un déficit de subjetividad. La resignación y la pasividad lo arruinan todo. El mismo discurso sobre la corrupción es ambivalente. De un lado, llama a la indignación frente al control que los poderes fuertes ejercen sobre la política hasta corromperla; de otro lado, el fenómeno invita a la pasividad, al discurso de que todos son iguales, de que no hay salvación en la política y que cada uno debe ocuparse de lo suyo e intentar liberarse individualmente. Los poderes continúan en su vieja estrategia de volver a la democracia censitaria y expulsar a la gente de la política.

Partido, programa y alianzas deben de ser rescatadas en su originalidad como una propuesta democrático-plebeya que busca unir, organizar, dar sentido y pertenencia a un nuevo bloque histórico-cultural en torno a un proyecto de liberación político-social. Ahora, como siempre, un proyecto claro, diáfano, inteligible, comprensible, ejercido, defendido colectivamente y, es vital, de ejemplaridad pública. La virtud republicana consistió siempre en la defensa de una ética pública que no nos considera ángeles en un mundo imperfecto, sino hombres y mujeres libres que creen que la política tiene un fundamento moral, incompatible con la corrupción, con el uso privado de los bienes públicos, con privilegios económicos y sociales que nada tienen que ver con el ejercicio de un servicio comunitario. En definitiva, recoger la mejor tradición del movimiento democrático-socialista que incorporaba a la vida pública a los humillados y explotados, que les daba voz y derechos y que tendía a socializar la vida pública. La clave siempre fue un fuerte compromiso político y de clase; organizarse y actuar colectivamente; hacer política a la grande para cambiar el mundo de base, para construir una sociedad justa, igualitaria, liberada de la explotación y del dominio.

El partido Podemos lo tiene muy difícil. Tiene que construirse en medio de una alianza que vertebre y organice; definir las estructura organizativa entre elecciones e inventando cuadros y direcciones en combates políticos muy duros y a veces dramáticos. Ser partido sin caer en el partidismo estrecho y vacío, construirse desde abajo sin separarse de votantes y aliados; hacerse en el conflicto social sin sectarismos y abrirse a nuevos espacios más difíciles y complejos. Hay tres problemas que requieren atención inmediata: a) los círculos (organización de base), su funcionamiento y su inserción en el territorio, con la mirada puesta en unas elecciones municipales que serán decisivas; b) la formación rápida y sistemática de centenares de cuadros políticos y gestores de lo público; y c) la consolidación de un equipo dirigente solvente, capaz, plural y unido.

5. Epílogo. La esperanza como problema

Nada hay de arbitrario en la esperanza. Es construcción desde lo real y concreto. Se genera esperanza desde la luchas de cada día, desde los fracasos, desde las pequeñas victorias y desde el quehacer cotidiano. En el fondo, darle sentido a la vida y luchar para que esta lo tenga. Somos el único animal que debe encontrar sentido a vivir y luchar por él. Nuestra crisis es de civilización y el peligro acecha. El nudo que engarza crisis ecológica-social, decadencia económica y la guerra debe ser cortado. No podemos creer, como Hölderlin, que “donde hay peligro crece lo que nos salva”. No, solo nos redimirá una acción consciente, esperanzada que combine grandes verdades materiales que dignifiquen la vida de las personas con verdades espirituales que den sentido a lo que hacemos. Comunidad, pertenencia, como patria de cada día y acción colectiva por un mundo habitable y justo. Pietro Barcellona nos lo dijo una y otra vez: el mayor defecto de los intelectuales es siempre el elitismo y el desprecio a la gente normal y corriente.


Atentos: ¿unidad por fin en Podemos?

12:18:00 p.m. Add Comment

Aún no se conocen los próximos pasos de Errejón pero al final de la ‘hoja de ruta’ se puede intuir la batalla final, casi seguro antes de las próximas generales. Sin darse cuenta, quizás Iglesias ha cometido su error definitivo

Por: Emmanuel Rodriguez / CTXT

“Se abre una nueva fase. Acepto el cambio de responsabilidades”. Salpimentada con la correspondiente pompa de la política de Estado, Íñigo Errejón aceptaba este sábado su nuevo destino. Deja de ser portavoz parlamentario de Podemos y cabeza de la Secretaría Política del partido, para ser un humilde servidor en su futuro cargo de “barón regional”. Tras su derrota en las votaciones de Vistalegre II, el reparto parece claro: para Errejón, Madrid; para Iglesias, la gran política, la política del Estado.
Cabía sospechar de la existencia de (suponemos) difíciles y espinosas negociaciones. Sobre la mesa estaba la voluntad de Pablo Iglesias de infligir algún castigo sobre quien aspiraba a derrotarlo; y la necesidad de Íñigo de conservar al menos la mayor parte de su aparato burocrático, tan minuciosa y laboriosamente construido. El silencio nos indicaba que algo importante se estaba hablando. En ambos bandos se asistió a una semana de práctica ausencia de hostilidades. Pero también de análisis. En el centro de la disputa, estaba el centenar largo de liberados que Errejón controla dentro de la plantilla del Podemos estatal, y de los que el segundo de a bordo pedía conservar, al menos, la mitad. Se trata de palabras mayores. Mejor dejar los debates políticos para quien los quiera o se sirva de ellos. 
Y por fin, el acuerdo. Como era de esperar este no atañe a la orientación política del partido; de hecho, está por ver que se pueda superar la actual fase de confusión e impás. (Cuando “ganar” es la única idea fuerza, y no se gana, queda poco que decir). Inevitablemente, el acuerdo es un acuerdo sobre el aparato. Y este ha consistido en darle una vía de salida a Errejón: “Quédate con Madrid; ahí seguro que podrás colocar a los tuyos”. 
En apariencia, es una victoria de Iglesias, que condena a Errejón a ocuparse de un asunto menor, un “territorio”. Un lugar que, por mucha centralidad que tenga, es el único en donde parece imposible afianzar el gobierno de una sola facción del partido. En el “pantanal madrileño” habitan el suficiente número de depredadores como para que los de Errejón nunca puedan llegar a ser la  especie dominante. Efectivamente, Iglesias ha confiado en que anticapitalistas, municipalistas, activistas de movimiento, todos ellos poco o nada inclinados a Errejón, mantengan a raya a los suyos. Aparentemente una jugada inteligente, pero quizás sólo aparentemente. 
Con Madrid, Errejón recibe lo que fue su primera aspiración cuando se inició la carrera armamentística por el control del partido. Si recuerdan fue en Madrid donde se abrió la crisis de Podemos tras la dimisión de varios consejeros, en connivencia con el antiguo secretario de Organización, Sergio Pascual. La operación suscitó posteriormente la intervención de Iglesias, el cese de Pascual y en el plazo de unos meses la convocatoria de una asamblea ciudadana regional, en la que el candidato de Iglesias, Ramón Espinar, venció a la candidata de Errejón, Rita Maestre. 
Quizás algunos todavía confíen en que este compromiso es realmente una solución para el partido, que por fin se llega a un acuerdo, aunque sea tan trapacero. Mucho más probable, sin embargo, es que sea sólo el preludio de nuevas batallas. A Errejón se le ha concedido no un “territorio”, sino algo verdaderamente grande: va a afianzar su posición en el feudo que consideraba su trampolín inicial para la toma del partido. Aún desconocemos lo que serán sus próximos pasos, pero seguramente estos se materializarán en distintas operaciones dirigidas a ampliar su influencia tanto por abajo (la toma del consejo municipal de la mano de Rita Maestre), como por arriba (los pactos territoriales con otros Podemos autonómicos). Al final de la “hoja de ruta” se puede intuir la batalla final, casi seguro antes de las próximas generales. Sin darse cuenta, quizás Iglesias ha cometido su error definitivo. Mucho más razonable parecía conservar a su segundo cerca de él (secretaría y portavocía incluidas), al tiempo que destruía su  “aparato”.  Al fin y al cabo, lo que parece claro es que Iglesias va a asumir los marcos de la moderación y el pacto con el PSOE que pertenecían a Errejón, y que sin duda maneja mucho mejor que él.
Aunque es evidente que esto tiene poco o nada de democracia, y en absoluto de nueva política. Aquí sólo hay poder y reparto, tal y como los medios de comunicación explotan a su antojo. Conviene avisar de cómo será el procedimiento en este partido “donde decide la gente”. En pocos días o semanas se publicará una nueva consulta al puesto de secretario autonómico. La candidatura de Errejón será apoyada por Iglesias y Espinar dará su aval en posición de reverencia. A los críticos (anticapitalistas principalmente) se les planteará entonces el dilema de presentar un candidato alternativo, lo que a la postre legitima el plebiscito pero organiza la crítica; o denunciar la consulta como el paripé que es.
Sin duda estarán sometidos al chantaje que emitirá sin descanso la máquina ideológica podemita: el interés de la unidad y el “plebiscito” como norma de democracia. Contra esta última habrá que decir, en cambio, que estamos ante una consulta decidida únicamente en interés del reparto entre las dos principales facciones del partido (Errejón-Iglesias), diseñada a pocos meses de la asamblea madrileña donde se eligió a otro secretario general y en la que no habrá debate público, y si lo hay se hará sobre la base de una asimetría total de medios (unos van a las televisiones, otros no). No es una consulta democrática, sino un plebiscito. Sea como sea, para aquellos comprometidos con el “cambio”, la cuestión de fondo parece que ya no está en Podemos.
En las condiciones de aguda degeneración política, y ante el estruendo de las carcajadas que en los consejos de grandes empresas y las direcciones de los otros partidos causa el a veces grotesco espectáculo de los morados, cabe plantearse, ya sin tapujos, si Podemos es o no una herramienta política útil. En la respuesta hay que incluir dos elementos. El primero es que tenemos Podemos para rato: este no va a desaparecer aunque sólo sea por la inercia que tiene todo aparato ligado a las instituciones del Estado. Pero si no se va más allá de Podemos, lo que incluye generar nuevas herramientas institucionales y electorales, seguiremos atrapados en la alternativa de votar a los groupies de Juego de tronos o no ir a votar.

Podemos no se debe ahogar en las aguas de la paradoja política

12:45:00 p.m. Add Comment
Fotos: Marina Gallardo Izquierdo
En el fondo, la tristeza después de Vistalegre II, esa que se podía leer en algunas de las caras de los asistentes, la misma que retrata la enfermedad que está sufriendo Podemos en estos momentos, no es propiamente la del debate ideológico, sino por el contrario, su incapacidad por siquiera afrontar la paradoja de la política

Por: Sebastian Peñuela Camacho* / Democracia en la Red



Madrid, España 13 febrero.


Afirmar que los libros de historia hablarán de Podemos no significa, por ningún motivo, una frase vacía. A pesar de ello, hoy por hoy, son todavía pocos quienes han estudiado de fondo a este partido político español que, por sus antecedentes y el contexto en el que surge, se presenta en la actualidad como uno de los faros de esperanza ante el confuso y oscuro momento en el que nos encontramos. Son ampliamente conocidas sus hazañas, esas de cómo en apenas dos años, un grupo de profesores universitarios y activistas sociales, lograron pasar de la calle a las instituciones con una mochila cargada de ilusiones y anhelo por una verdadera democracia. El mundo mira constantemente a Podemos, lo reconoce como un partido distinto -quizás como el posible horizonte hacia el que deben ir los nuevos proyectos contrahegemónicos- es en definitiva ese ejemplo vivo de cómo hacer política lejos de la vieja política y de cómo sobrevivir sin ser financiado por los bancos. Podemos tiene sus soportales en el apoyo y la cooperación de su militancia, aquella que se reúne semana tras semana en los distintos círculos políticos que se establecieron en los barrios de las ciudades españolas tras el 15 M, y que el pasado fin de semana llenaron las graderías del II Congreso de Podemos (Vistalegre II) con una asistencia de aproximadamente 10.000 personas.

Sus militantes, provenientes desde los distintos rincones de España –que para transportarse hasta Madrid se organizaron y autogestionaron en los temas referidos al alojamiento y transporte- asistían a un congreso que, días atrás, se anunciaba como la antesala de una verdadera batalla campal. La fraternidad por la cual se reconocía a Podemos, esa misma en donde se pregonaba que los líderes no son por ningún motivo el centro del partido y que las diferencias eran precisamente el abono que hacía crecer la primavera podemita, se fracturó en Vistalegre II. Los abrazos que quedaron en la foto final del evento político, son ahora el reflejo de una triste realidad, y a su vez, el verdadero reto que les exige la historia: sobrevivir a las paradojas que apagan la llama de la esperanza. Como si se corriese contra un muro, las hazañas de Podemos, la mística que giraba en torno al partido morado que representaba la feminización de la política y las aspiraciones por la localización y la descentralización del poder, se estrelló ante el muro de la realidad: el debate se terminó por zanjar con un fortalecimiento de la figura de Secretario General, una diversidad aún más limitada, y unos resultados para el consejo ciudadano (el órgano central del partido), donde de los diez más votados para componer dicho órgano, apenas dos fueron mujeres.


Fotos: Marina Gallardo Izquierdo

Del “no nos representan” al “si se puede”:

Podemos fue una necesidad histórica. En un contexto de crisis económica y política, que se refleja cada vez más en la definitiva ruptura de los tradicionales sistemas de partidos y el desmantelamiento de la burbuja del Estado de bienestar, en España se encendió un fuego de esperanza con lo que se terminó por denominar el 15 M. Este movimiento social, espontaneo y producto de la inherente rebeldía ante un futuro oscuro e incierto, tuvo como una de sus principales consignas la necesidad de comenzar a repensar el limitado sistema democrático instaurado hasta el momento. De ahí aquellos memorables carteles que adornaron la mítica Plaza de Sol y las principales plazas de España, reafirmándole a la casta política que: “no nos representan”; “me gustas democracia, pero estás como ausente”; “no somos antisistema, el sistema es antinosotros”; “nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. La Plaza de Sol, durante unos meses y posteriormente en los círculos barriales que se crearon en las distintas localidades de las principales ciudades españolas, se comenzaron volver la expresión viva de lo que es, por esencia, la democracia. Podemos surge en ese contexto, porque supo atender al llamado de la historia y, en definitiva, porque se atrevió a emprender la difícil tarea de conquistar el espacio de las instituciones, entendiendo a éstas como un mecanismo fundamental para el cambio social.

En apenas tres años desde su fundación, Podemos pasó por los tiempos de las hazañas electorales, aquellas donde, a pesar de su juventud, irrumpió en las instituciones europeas con una importante representación, fracturó el sistema político español y llegó a al Parlamento de España como tercera fuerza política, rozándole los talones al histórico Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Haciendo uso de los círculos surgidos tras el 15 M y alimentado por una mística que los hacía ver ante la gente como un partido distinto, Podemos buscó afirmarse como la verdadera y única opción política para el cambio. Tal y como lo reconocen la mayoría de las partes que lo componen, y como también lo hacen sus distintos aliados electorales en las regiones de España, Podemos logró estas hazañas porque se volvió una verdadera maquinaria de guerra electoral. El nacimiento de una figura carismática y rebelde como Pablo Iglesias, acompañado por un impecable equipo encabezado por su amigo y compañero de luchas, Iñigo Errejón, fueron elementos decisivos para el rápido crecimiento electoral que tuvo Podemos en apenas tres años. En sus mítines de campaña coexistían los distintos movimientos sociales que puede haber en la actualidad –desde los anticapitalistas, pasando por los ecologistas y LGTBI, hasta llegar al histórico movimiento feminista- siempre trabajando unidos y planteando en la agenda política los temas olvidados por la “vieja política”. El joven partido se leía como un espacio de fraternidad, democrático, donde las diferencias podían convivir gracias a ese común objetivo, ese que precisamente los hizo nacer: devolver las instituciones a la gente.


Fotos: Marina Gallardo Izquierdo
De la fraternidad a la pelea del “y tú más”:

Los días previos a Vistalegre II, estuvieron marcados por un duro debate entre las distintas posturas que convivían en este joven partido. Posturas que, como un fiel relejo del momento histórico, representan el más actual de los debates en el ámbito de la teoría política. Por un lado, estaba Pablo Iglesias, Secretario General del partido y ex candidato presidencial, que planteaba a un Podemos devuelta a la lucha antagónica entre la izquierda y la derecha y, en definitiva, como un partido netamente de oposición ante el débil gobierno de Mariano Rajoy (la tesis del bloque social de Antonio Gramsci). Por ello, a pesar de estar en las instituciones, frente al triunvirato que está componiendo el PSOE, el partido de derechas Ciudadanos, y el Partido Popular de Mariano Rajoy, la tesis pablista propone volver a cavar trincheras en la movilización social, volviéndose así Podemos un altavoz parlamentario de la lucha social. De esta forma, se renuncia a la media social –aquellos que todavía no votan a Podemos- en búsqueda de reafirmar y asegurar a los que ya están –los militantes de calle que principalmente componen al partido-, en otras palabras, una apuesta por la radicalización del discurso desde la perspectiva de la izquierda y el reconocimiento de las históricas luchas sociales.  

Quién hasta hace unos meses era su mano derecha, Iñigo Errejón, encabezó la corriente que se enfrentaba a Iglesias y su entorno, planteando que la única forma para que Podemos se pueda convertir en una verdadera fuerza de gobierno, pasa por superar el debate de antaño entre izquierda y derecha. Esto es entender al momento político como una lucha entre los de abajo –los damnificados de la crisis política- contra los de arriba -los poderosos que han generado la crisis- y que exige, en consecuencia, plantear la lucha desde la transversalidad social (esta es la tesis de “construcción de pueblo como actor político” expuesta por los teóricos posmarxistas Ernesto Laclau y Chantal Mouffe). De esta forma, de acuerdo a Errejón, para que Podemos pueda ser un partido ganador, debe éste hacer una combinación entre la tesis populista -basada en la construcción de una mayoría social sin etiquetas y que define su identidad a partir de la distinción entre el “nosotros” y “ellos”, “los de abajo” y “los de arriba”- y la reinterpretación de Podemos como un partido, ya no que asuste y de miedo, sino que es funcional porque defiende y construye a un pueblo, también, a partir del trabajo en las instituciones.

Como una importante minoría dentro del partido, el movimiento de los anticapitalistas también hizo sus aportaciones al debate ideológico. Provenientes de los distintos movimientos sociales, todos de mayor trayectoria política que el mismo Podemos, trajo al debate político la importancia de una verdadera feminización de la política. Manteniendo un discurso claro y coherente, los distintos representantes del movimiento anticapitalista, que a diferencia de las corrientes que dirigen Iglesias y Errejón, lograron crear un discurso que superara la mística entorno al personalismo político. Sus documentos políticos abogaron por profundizar la relación antagónica con los partidos del bipartidismo español, el Partido Popular y el PSOE, abogar por un Podemos radicalmente democrático, vinculando de nuevo a la sociedad civil, y siendo este el generador una nueva gran movilización social por el cambio. 

El debate que en sus inicios era fraterno, terminó por volverse un verdadero campo de batalla de acusación entre las distintas corrientes políticas que conforman a Podemos. Sin ser claro para el público externo, incluso para quienes son sus votantes pero que no hacen parte activa de los círculos políticos, el conflicto ideológico escaló a tal punto de volverse ya un debate personalista y de lucha de poder. O incluso, pudiese ser que todo fue a la inversa: el personalismo y la lucha por el poder terminó por profundizar las diferencias ideológicas. Todo llegó a un punto radical, y no en el sentido democrático, donde algunos tildaron a sus propios compañeros y compañeras de partido como traidores y falsos; parecía que incluso ya no fuesen del mismo partido.


Fotos: Marina Gallardo Izquierdo
De una asamblea ciudadana a un congreso por el poder:

La tensión entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, aquellos que eran compañeros de lucha social y amigos de antaño, devoró el congreso de Podemos. Se polarizó el debate durante las semanas de votación y el resultado terminó por ser la clara representación de esto. En los días previos a la asamblea ciudadana, Pablo Iglesias, puso su cargo a disposición, e incluso su escaño en el Parlamento, si sus documentos políticos no eran los ganadores ¿Las diferencias ideológicas eran tan radicales como para no poder asumir y representar a las ideas de los otros? Más aún, ¿esto no es precisamente en lo que consiste la construcción de un movimiento democrático? Lo que si queda claro es que, con la aplastante victoria de Iglesias, y la precaria representación de los anticapitalistas debido al sistema electoral diseñado por el nuevo número dos de Iglesias, Pablo Echenique, la pluralidad cada vez se hacía un horizonte más lejano; los anticapitalistas, pese a sacar un 13% de la votación quedaron con apenas un 3% de representación en el consejo ciudadano. En definitiva, el Podemos previo de la asamblea de Vistalegre I, es completamente distinto al Podemos que ha quedado tras Vistalegre II.

Estar en una de las sesiones organizadas por los círculos de Podemos y asistir a Vistalegre II en las graderías, alejado de las cámaras de televisión y el foco mediático de los líderes políticos, es la óptima posición que permite ver que, como siempre, es al final la “gente invisible” quienes dan las verdaderas lecciones en política. En el encuentro feminista que se celebró en el multicultural barrio madrileño de Lavapiés el martes 7 de febrero, de acuerdo a lo expuesto por los mismos militantes, contrario a los demás actos de campaña previos a Vistalegre II el encuentro feminista había logrado convocar una cantidad de gente que precisamente había estado ausente en los demás eventos. Asistió una gran diversidad de público que se componía por mujeres y hombres de todas las edades y estilos. El evento que había sido organizado por la única lista que iba unida hacia Vistalegre II –una confluencia únicamente para los documentos sobre feminismo, compuesta por la corriente de Iglesias y la de los anticapitalistas- terminó por volverse una interesante expresión dialógica. La gente tuvo la capacidad de escuchar a sus lideresas, pero también de preguntarles y cuestionarles, de dialogar y compartir unos minutos cuando ya el evento se había acabado. Fue un espacio para el diálogo, para el reconocimiento, pero que, por las mismas tensiones que ya se habían creado como producto del enfrentamiento entre los dos líderes de Podemos, no fue ajeno a la batalla de dardos que estaba viviendo el partido en esos momentos.

Por otro lado, más allá de los enérgicos y extraordinarios discursos escuchados en Vistalegre II –todo ello en el marco de un montaje impecable, con pantallas y un pianista incluido que tocaba para avisar que ya se había acabado el turno de palabra- la plaza de Vistalegre terminó por escenificar a la perfección la verdadera crisis de Podemos. Su gente viajo desde distintos lugares del país, asistiendo con una gran sonrisa y llevando a cuestas las banderas de sus círculos políticos, para ver como los anillos de seguridad los separaban de los líderes que algunos, quizás, esperaban conocer. El público se formaba en las graderías, alrededor de una platea donde únicamente estaba la prensa y las personas de altos cargos dentro del partido. Líderes sentados a espaldas de su gente, parándose cuando era debido y mirándolos únicamente en los momentos en los que querían hacer resonar una consigna. Pese a ello, la energía y la emotividad de la gente, esa ilusión de querer hacer parte de la historia, hicieron de las graderías una verdadera fiesta. Fue allí donde se dio la primera lección por parte de los militantes: tanto errejonistas, como pablistas, anticapitalistas y demás corrientes que componen Podemos, se alzaban para gritar UNIDAD. Fue tantas veces repetido este grito, irrumpiendo incluso por momentos los que los mismos líderes proponían, que terminó por volverse el verdadero mensaje de Vistalegre II. Algo habrá escuchado Pablo Iglesias ya que, de su discurso de victoria, el principal mensaje que dejó fue reconocer la necesidad de que haya mayor humildad y la importancia de construir la unidad en Podemos.


Fotos: Marina Gallardo Izquierdo
De las paradojas… a las paradojas:

Ya a la salida del congreso, después de presentados los resultados y reafirmados los personalismos, una militante le comenta a un señor: “que no se vuelva a equivocar Pablo, que unidad lo que significa es pluralidad, y humildad se debe referir más a reconocer la necesidad del otro”. Esos mismos libros de historia, donde el nombre y la historia de Podemos ya está escrita, también hacen referencia a las palabras de esa militante. Podemos se estrelló contra un muro y se ahoga en una de las eternas paradojas de la política: cómo construir un partido político, tomarse a las instituciones, y mantener a su vez una democracia radical.

La unidad no significa uniformidad, la humildad no se refiere a ser más noble, democracia no es limitarse al proceso de elección de un secretario general. Una democracia radical no consiste en aquello que otro militante de Podemos murmuraba ya en la salida: “esto se está volviendo como decidir entre o-todo-o-nada” ¿Cómo solventar la tensión entre un partido que quiere ser más democrático y el voraz juego electoral que requiere una férrea maquinaria de votos? ¿Cómo darle voces a la pluralidad, manteniendo siempre la unidad? ¿Cómo feminizar un partido cuando, de diez personas, la militancia solamente elige a dos mujeres? Más aún, ¿cómo interpretar la nueva política y plantear una democracia radical a partir de la idea de un secretario general? La cada vez más lejana tranversalidad del 15 M, expresión viva de una democracia radical, se está perdiendo en las paradojas de los oscuros y contradictorios pasillos del sistema político y el juego por el poder.

En el fondo, la tristeza después de Vistalegre II, esa que se podía leer en algunas de las caras de los asistentes, la misma que retrata la enfermedad que está sufriendo Podemos en estos momentos, no es propiamente la del debate ideológico, sino por el contrario, su incapacidad por siquiera afrontar la paradoja de la política. El remedio quizás si empieza por lo que dictaba Iglesias en su discurso, teniendo en cuenta los matices señalados por aquella militante de gradería, pero no hay que olvidar que apenas es un primer paso. El juego entre el todo o nada, entre Iñigo o Pablo, es lo que enferma a Podemos. Mientras ello no sea superado, lo más seguro es que Podemos siga ahogándose en las aguas de la paradoja política y termine por estrellarse con un apresurado punto final en los libros de historia.

* Sebastian Peñuela Camacho, Ciencias Políticas de la Pontificia Universidad Javeriana.