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Guy Standing: “La renta básica universal sería maravillosamente liberadora”.

2:37:00 p.m. 2 Comments

El economista Guy Standing* (1948), doctorado en Cambridge, es uno de los padres teóricos de la renta básica universal, un sueldo para todo el mundo, tanto si tiene empleo como si no. Standing también ha teorizado mucho sobre el precariado, la nueva clase social que tan pronto tiene empleo como deja de tenerlo, sin coberturas ni vacaciones pagadas. 

Por: Andreu Barnils / Sin Permiso

Estos días, su idea de sueldo para todo el mundo ha tomado más empuje que nunca, y se ve como una posible solución a la crisis económica causada por la COVID-19. El último que se ha mostrado partidario de ella ha sido el papa de Roma. En Cataluña, es favorable el gobierno de Torra. Vilaweb entrevista telefónicamente al señor Guy Standing para hablar de la renta básica universal. Suave en las formas y radical en el fondo, Standing es contundente en las críticas a Gobiernos, sindicatos y políticos.

Usted es uno de los ideólogos de la renta básica universal. Dar un sueldo a todo el mundo, tanto si se tiene empleo como si no. Una idea radical que últimamente ha cogido mucha fuerza.

Estas últimas dos semanas se han puesto en contacto conmigo centenares de personas de todo el mundo. He visto a políticos de todo tipo. ¡Incluso hasta el papa se ha mostrado favorable! Es un cambio de posición radical el que se vea a la renta básica como respuesta a la pandemia. Existe un interés enorme. Finalmente, mucha gente normal y corriente se ha percatado de que debe aplicarse algo semejante a la renta básica. Y se ve como una necesidad. No se había hablado tanto de ella como ahora.

La gente puede preguntarse cómo se las pueden arreglar los Estados para pagar un sueldo a todo el mundo, tanto si se tiene empleo como si no.

Tenemos que verlo en tres fases: la del rescate, la de la resistencia y la del resurgimiento. Ahora estamos en la fase del rescate. Debemos dar una renta básica universal a todo el mundo. Es una emergencia. Y las autoridades pueden utilizar las políticas monetarias.

¿Políticas como las del Banco de Inglaterra, dinero creado por los Bancos Centrales que no habría que devolver?

Exacto. En la fase de rescate se podría pagar así. Pero sólo en la fase de rescate. No me gusta la idea de arrojar dinero desde un helicóptero, como modo de actuar. Por ello, deberíamos tener un fondo nacional de capital. Sacaríamos el dinero de ahí. Este fondo se nutriría de impuestos a la riqueza e impuestos a los daños ecológicos, a las actividades nocivas para la ecología. Empezaríamos con un impuesto al carbono y otros combustibles. Este impuesto, que, por definición, es regresivo (los pobres, en proporción, pagan más que los ricos), puede convertirse en progresivo y popular si reciclas el dinero que recaudas con él depositándolo en un fondo de capital nacional. Hace años que lo propongo. Con este dinero, das dividendos y rentas básicas. De hecho, este sistema se basaría en el modelo del sistema de pensiones noruego. Pero no sería necesario que los países tuvieran el petróleo que tienen los noruegos; se podría financiar estableciendo impuestos a actividades digitales, a los cruceros y a todas las demás actividades nocivas ecológicamente. Con este dinero, se podría financiar el fondo de capital. Ésta es la base de mi libro El saqueo de los bienes comunes. Sé que eso requiere tiempo. Pero si hemos de tener una renta básica universal, empecemos con políticas monetarias, sigamos con políticas fiscales y, a largo plazo, construyamos el fondo de capital nacional que nos permitirá financiarla. Todo lo que digo es perfectamente factible.

¿Cómo se explica que esta idea suya tenga ahora tantos partidarios?

Porque el sistema económico ya se encontraba en un embrollo terrible. Un sistema que yo llamo capitalismo rentista. Y los ocho gigantes de este sistema son cada vez mayores y más amenazadores: la desigualdad, la inseguridad, la deuda, el estrés, la precariedad, la automatización, el riesgo de extinción y el populismo neofascista debilitan al sistema enormemente. Y sólo ha hecho falta un desencadenante como esta pandemia para desatar una crisis económica de terribles dimensiones. La situación es muy frágil. Y, si los políticos no responden con firmeza, tendremos una crisis enorme, mucho peor que la de 2008 en Grecia o España. Podríamos llegar a un desempleo del 30%. No debemos pensárnoslo dos veces. Debo decir que me impresionaron las declaraciones del vicepresidente catalán, Pere Aragonès; parece entender que es necesaria una renta básica universal. En cambio, me preocupan los cautos políticos de Madrid, capaces de salir ahora con ayudas destinadas a los llamados pobres, en lugar de proponer una renta básica universal. Si actúan así, España tendrá muchos más problemas. Espero que tengan el coraje suficiente para implantar la renta básica universal.

¿Sabe de algún país que haya implantado el sueldo para todo el mundo durante la pandemia?

De momento, tenemos gestos de algunos Gobiernos. El de Hong Kong fue el primero, dando diez mil dólares hongkoneses a los ciudadanos. Los Estados Unidos, también. Pero sólo pagan una vez, y a la parte de la población que ha pagado unos determinados impuestos. Por lo tanto, son sólo gestos. Y necesitamos cambios estructurales. Tenemos que percatarnos de que debemos dar a todo el mundo una renta básica como derecho universal. Por ejemplo, todos los residentes legales en España deberían tener cada mes un modesto ingreso. Así sabrían que, si todo lo demás les va mal, al menos tienen ese dinero para pagar comida y alquiler. Para mí, este principio es obvio. Y veo que cada vez más gente lo cree. Por ello, creo que, después de esta pandemia, ya no querremos recular hacia un capitalismo de mercado, que hace que millones de personas se hallen inseguras económicamente. Querremos reconstruir las sociedades sobre unas bases más sólidas. Diría que, de entrada, los políticos no serán lo suficientemente valientes como para implantar la renta básica, pero, tarde o temprano, se verán empujados a hacerlo.

Italia y el Estado español son dos de los peores lugares en esta pandemia. ¿Por qué? ¿Cómo ve las acciones del Gobierno español?

Creo que han sido débiles. A menudo digo que los políticos tienen huesos de espagueti. No lideran nada, si no les obligas. Los Gobiernos que tenemos en Italia, en los Estados Unidos, en Gran Bretaña son muy débiles y populistas. Y, en parte, al menos en parte, es culpa nuestra, de los progresistas, porque no hemos articulado ningún discurso para definir la situación. Y, por lo tanto, hemos perdido el apoyo del precariado. Y parte del precariado ha votado a populistas como Salvini, Trump o Johnson, que han adoptado una vía plutocrática, y ahora los millonarios ganan mucho más dinero que antes y recortan en ayudas para los pobres. En el caso italiano, el Movimiento Cinco Estrellas habría podido ser un movimiento progresista. En España, Podemos habría podido ser el movimiento progresista del precariado. Pero ambos han perdido fuelle, han querido ser burgueses y respetables. Han dejado de ser la vanguardia de la transformación. Ahora podemos decir que o son un movimiento transformador o, por favor, que abandonen el escenario. Que se vayan y dejen que lideren otros.

Recuerdo una frase de su última entrevista en Vilaweb: el precariado ve a los sindicatos como parte del sistema.

Se han acomodado. Y no me gusta decirlo, pero son parte del problema. Y no me gusta decirlo porque creo en la acción colectiva. Soy de izquierdas, de la izquierda verde. Mire a Gran Bretaña: los sindicatos encabezaron las presiones para introducir subvenciones regresivas a los salarios, en lugar de la renta básica. Y en esto se han alineado con el Gobierno de Johnson. Y se felicitan por ello. ¡Es un desastre! No han cambiado ni parece que sean capaces de hacerlo. Y es una pena, porque necesitamos entidades colectivas. El precariado necesita organizaciones con programas transformadores. Pero creo que los jóvenes y el precariado se fortalecerán, como resultado de esta pandemia. De entrada, se enfadarán. La rabia es necesaria. Y se transformará en un movimiento progresista, y en una protesta progresista que tomará las calles y que se manifestará. Y que se traducirá en un movimiento político que entrará en el Gobierno y actuará desde él. Y si Podemos y otros grupos no contribuyen a ello, que se vayan.

¿Qué señales ve en el establishment estos días que le den esperanza?

Creo que el establishment está asustado. Y eso me da esperanza. Tienen que estarlo. Me gusta. Hace dos semanas, un hombre llamado Jim O’Neill, Lord Jim O’Neill, que había sido presidente de Goldman Sachs, muy hostil a la renta básica y demás ideas, de repente escribió un artículo en que decía que había cambiado su forma de pensar y que ahora apoyaba la renta básica. ¿Por qué un hombre como él hace una cosa así? Pues porque no ve claro que el sistema económico pueda subsistir. Y quiere que subsista. Creo que, cuando tengamos legitimada la renta básica, la gente normal y corriente se empoderará económicamente. Y no se detendrá ahí. Hará más reivindicaciones. Y será muy interesante ver cómo el establishment entra en pánico. Y tiene que entrar, porque no pueden volver a las medidas de austeridad de 2008. Hemos visto sus resultados en España, en Grecia. Ellos saben que fracasaron. Nosotros sabemos que fracasaron. La gente normal, quienes no son economistas ni sociólogos, lo sabe: el resultado fueron diez años de miseria. Diez años de debilitamiento de los sistemas sanitarios. Y eso ha hecho que la pandemia sea aun peor. La gente ahora no se conformará.

Personalmente, ¿cómo vive el confinamiento?

Hace cuatro semanas que estoy en Suiza. Normalmente, estaría en Italia, donde vivo, en un molino de agua. Pero el confinamiento me cogió aquí, y aquí me he quedado. Veo claramente su efecto en la conciencia de la gente. Somos más conscientes de la necesidad de pensar en la familia, en la comunidad y en los pequeños detalles. Nuestra conciencia tendrá un cambio profundo. Y nuestra valoración del hecho local, también. Si sobrevivimos, a la larga habrá sido potencialmente beneficioso. Pero la experiencia actual es dolorosa, porque sabemos que la crisis es sistémica. Y los políticos y financieros son tan responsable de ella como cualquier otro. Creo que todo ello nos llevará a dedicar más tiempo a cuidar a los seres queridos y a nuestras comunidades. Y que la renta básica lo facilitará. Este instrumento construiría otro tipo de sociedad. La renta básica universal sería maravillosamente liberadora.

* Guy Standing es profesor titular e investigador en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Uno de sus últimos libros es "La renta básica" (Pasado y Presente). El epílogo de este libro, escrito por David Casassas y Daniel Raventós, puede descargarse aquí: http://www.sinpermiso.info/textos/la-viabilidad-de-la-renta-basica-en-el-reino-de-espana

Luigi Ferrajoli: “Los países de la UE van cada uno por su lado defendiendo una soberanía insensata”

6:00:00 p.m. Add Comment

El jurista italiano defiende una Constitución de la Tierra como la única manera realista de afrontar los problemas que, como las pandemias o el cambio climático, desbordan las fronteras.

Por: Braulio García Jaén / El País

Confinado en su casa de Roma, el filósofo y jurista italiano Luigi Ferrajoli piensa en la forma que tendrá el mundo cuando pase la pandemia. El cambio climático, las armas nucleares, el hambre, la falta de medicamentos, el drama de los migrantes y, ahora, la crisis del coronavirus evidencian un desajuste entre la realidad del mundo y la forma jurídica y política con la que tratamos de gobernarnos. Los problemas globales no están en las agendas nacionales. Pero de su solución “depende la supervivencia de la humanidad”, afirma Ferrajoli (Florencia, 79 años), exmagistrado y uno de los referentes de la Filosofía del Derecho del último medio siglo europeo.

El 21 de febrero, víspera del primer contagio local contabilizado en Italia, el autor de Constitucionalismo más allá del estado (Trotta, 2018) y Manifiesto por la igualdad (Trotta, 2019) defendió en la histórica biblioteca Vallicelliana de la capital una Constitución de la Tierra ante unas 200 personas. La pandemia –con su “terrible balance diario de muertos”— hace aún más visible y urgente la carencia de instituciones globales adecuadas, dice en esta entrevista por correo electrónico. Respecto a la Unión Europea, su optimismo estratégico no excluye la crítica frontal: “Si la UE se respetara a sí misma podría haber hecho mucho más”, dice. Sus respuestas las ha traducido, como casi toda su obra en español, el exmagistrado del Tribunal Supremo Perfecto Andrés Ibáñez.

PREGUNTA: Usted reclamó recientemente un “constitucionalismo planetario”. ¿En qué consiste y cómo se articula?

RESPUESTA. Son problemas globales que no forman parte de la agenda política de los Gobiernos nacionales y de cuya solución, solo posible a escala global, depende la supervivencia de la humanidad: el salvamento del planeta del cambio climático, los peligros de conflictos nucleares, el crecimiento de la pobreza y la muerte de millones de personas cada año por la falta de alimentación básica y de fármacos esenciales, el drama de los centenares de miles de migrantes y, ahora, la tragedia de esta pandemia. 

De esta banal constatación, nació hace un año la idea de dar vida a un movimiento político —cuya primera asamblea tuvo lugar en Roma el 21 de febrero— dirigida a promover una Constitución de la Tierra, que instituya una esfera pública internacional a la altura de los desafíos globales y, en particular, funciones e instituciones supranacionales de garantía de los derechos humanos y de la paz.

P. ¿Y por qué es oportuno reclamar ese constitucionalismo planetario en una situación de emergencia como la del coronavirus?

R. Porque espero que, precisamente, esta emergencia del coronavirus provoque un despertar de la razón, generando la plena consciencia de nuestra fragilidad y de nuestra interdependencia global. Esta emergencia tiene un rasgo que la diferencia de las demás. A causa de su terrible balance diario de muertos en todo el mundo, hace aún más visible e intolerable que cualquier otra emergencia la falta de adecuadas instituciones globales de garantía, que tendrían que haberse introducido en actuación de esa embrionaria constitución mundial formada por las diversas cartas internacionales de los derechos humanos. 

Por eso, hace más urgente y más compartida que cualquier otra catástrofe la necesidad de un constitucionalismo planetario que colme semejante laguna, mediante la creación, no tanto de instituciones de gobierno, que está bien que sigan confiadas sobre todo a los Estados, sino de funciones e instituciones globales de garantía de los derechos humanos.

P. ¿Qué papel puede jugar Europa, desde el punto de vista jurídico, en esta crisis?

R. La Unión Europea debería haberse hecho cargo de la crisis desde el principio. El propio Tratado sobre el Funcionamiento de la Unión lo prevé: su artículo 168, tras afirmar que “la Unión garantizará un alto nivel de salud humana”, establece que “los Estados miembros, en colaboración con la Comisión, coordinarán entre sí sus políticas” y que “el Parlamento Europeo y el Consejo podrán adoptar medidas de fomento destinadas a proteger y mejorar la salud humana y, en particular, a luchar contra las pandemias transfronterizas”. 

El artículo 222, titulado Cláusula de solidaridad, establece que “la Unión y los Estados miembros actuarán conjuntamente y con espíritu de solidaridad cuando un Estado miembro sea víctima de una catástrofe natural”.

P. Y, desde el punto de vista político, ¿estamos asistiendo a un retorno a la soberanía nacional en Europa?

R. Francamente, espero que no. Como ya he dicho, emergencias globales como la del coronavirus deben afrontarse en la medida de lo posible a escala supranacional, no solo en garantía de la igualdad en derechos de todos los ciudadanos europeos, sino también de su eficacia, que depende en buena parte de la coherencia y homogeneidad de las medidas. 

Pero sucede que los 27 países miembros van cada uno por su lado, con diferentes estrategias, en la demagógica defensa de una insensata soberanía nacional. El resultado es que bastará que uno de ellos adopte en uso de su “soberanía” medidas inadecuadas, para generar el riesgo de contagio en los demás.

P. ¿Qué consecuencias puede tener eso para el futuro de la Unión Europea?

R. Depende de las respuestas que sean capaces de dar las instituciones europeas. La Comisión Europea —que tiene, entre sus componentes, un comisario para la salud, otro para la cohesión y otro más para la gestión de las crisis— todavía está a tiempo de coordinar las estrategias de los distintos países de la Unión, en actuación de los artículos del Tratado a los que me he referido. Si no lo hace, dará otra prueba de su ineptitud, como institución capaz de imponer sacrificios solo en garantía de la estabilidad presupuestaria, pero no de la salud y la vida de los ciudadanos.

P. Las diferentes versiones del estado de alarma, de emergencia o —más densamente— estado de excepción, ¿en qué medida son compatibles con la democracia?

R. La democracia no admite excepciones. Es por lo que considero un mérito de la Constitución italiana que no prevea estados de alarma, de emergencia o de excepción lo que, sin embargo, no le ha impedido disponer igualmente las limitaciones a la libertad de circulación y de reunión necesarias para frenar el contagio. En Europa tenemos disciplinas heterogéneas, compatibles con la democracia si no se cometen abusos. En España, el artículo 116 de la Constitución prevé «los estados de alarma, de excepción y de sitio» bajo el control parlamentario y conforme a la Ley Orgánica 4/1981.

P. ¿Y cómo debe o puede responder la UE, políticamente, ante este desafío?

R. Desempeñando el papel de coordinación y adoptando las medidas homogéneas de las que he hablado. Pero una Unión Europea que se respetase a sí misma podría hacer mucho más. Podría tomar, a escala global, la iniciativa de proponer la transformación de la actual Organización Mundial de la Salud en una efectiva institución global de garantía de esta, dotada de los medios y poderes necesarios para tal fin. 

No solo para gestionar de manera racional las pandemias, sino también para llevar a los países pobres los 460 fármacos esenciales que, desde la Conferencia de Alma Ata de 1978, ella misma estableció que deberían ser accesibles a todos, y cuya falta provoca cada año ocho millones de muertos. 

No solo. Junto a este fragmento de constitucionalismo planetario, la Unión Europea, a partir de la terrible lección del coronavirus, podría promover la creación de otras instituciones globales de garantía. Por ejemplo, un demanio [dominio público] planetario para la tutela de bienes comunes como el agua, el aire, los grandes glaciares y las grandes forestas; la prohibición de las armas convencionales a cuya difusión se deben, cada año, centenares de miles de homicidios y, más aún, de las armas nucleares; el monopolio de la fuerza militar en manos de la ONU; un fisco global capaz de financiar los derechos sociales a la educación, la salud y la alimentación básica, proclamados en tantas cartas internacionales. Parecen hipótesis utópicas. En cambio, son las únicas respuestas racionales y realistas a los grandes desafíos de los que depende el futuro de la humanidad.

Alain Touraine: “Esta crisis va a empujar hacia arriba a los cuidadores”

5:38:00 p.m. Add Comment

Alain Touraine (Hermanville-sur-Mer, 1925) es uno de los últimos supervivientes de una generación brillante que marcó las ciencias sociales y el pensamiento occidental desde mediados del siglo XX hasta el inicio del XXI. Como sociólogo, su campo de estudio ha abarcado desde las fábricas que en la posguerra levantaron el país a la sociedad postindustrial, y desde los movimientos sociales a la crisis de la modernidad. 

Por: Marc Bassets / El País 

Con sus intervenciones en el debate público —en Francia, pero también en otros países europeos como España y en América Latina—, Touraine se convirtió en un referente de lo que en su país llaman la segunda izquierda —de carácter socialdemócrata y netamente antitotalitaria—. El sociólogo, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010, conversó con Ideas por teléfono desde su confinamiento en París.

PREGUNTA. Estamos en guerra, dicen Emmanuel Macron, Pedro Sánchez, Donald Trump. ¿Es correcto?

RESPUESTA. Técnicamente la guerra enfrenta a un ejército A que invade el territorio del país B. Hacen falta al menos dos y ocurre entre humanos. Aquí, en cambio, lo que vemos es lo humano contra lo no humano. No critico el empleo de la palabra guerra pero sería una guerra sin combatientes. No hay un estratega: el virus no es un jefe de Gobierno. Y, del lado de lo humano, creo que vivimos en un mundo sin actores.

P.¿Sin actores?

R. Nunca había visto un presidente de Estados Unidos tan raro como Donald Trump, tan poco presidencial, un personaje tan fuera de las normas y fuera de su papel. Y no es casualidad: Estados Unidos ha abandonado el papel de líder mundial. Hoy ya no hay nada. Y en Europa, si se fija en los países más poderosos, nadie responde. No hay nadie en lo alto de la tabla.

P. ¿Y abajo?

R. No existe un movimiento populista, lo que hay es un derrumbe de lo que, en la sociedad industrial, creaba un sentido: el movimiento obrero. Es decir, hoy no hay ni actores sociales, ni políticos, ni mundiales ni nacionales ni de clase. Por eso, lo que ocurre es todo lo contrario de una guerra, con una máquina biológica de un lado y, del otro, personas y grupos sin ideas, sin dirección, sin programa, sin estrategia, sin lenguaje. Es el silencio.

P. ¿Recuerda un momento similar en su vida?

R. Quizá existió la misma sensación durante la crisis del 29, yo había nacido un poco antes: todo desaparecía y no había nadie, ni en la izquierda ni en los Gobiernos. Pero es verdad que el vacío fue rápidamente llenado por el señor Hitler. Lo que más me impresiona ahora, en tanto que sociólogo o historiador del presente, es que hacía mucho tiempo que no sentía un tal vacío. Hay una ausencia de actores, de sentido, de ideas, de interés incluso: la única preferencia del virus es hacia los viejos. Tampoco hay remedio ni vacuna. No tenemos armas, vamos con las manos desnudas, estamos encerrados solos y aislados, abandonados. No hay que estar en contacto y hay que encerrarse en casa. ¡Esto no es la guerra!

P. Usted tenía 14 años en 1940, al inicio de la verdadera guerra, la Segunda Guerra Mundial. ¿Le recuerda a aquel momento?

R. No. En aquel momento, para un chico francés de mi edad en aquella época, no había nada más banal que una guerra franco-alemana. Aquello ya se había jugado varias veces. La ocupación, después, sí marcó toda mi juventud. Ahora es otra cosa: estamos en el vacío, reducidos a la nada. No hablamos, no debemos movernos, ni comprender.

P. ¿Cómo hemos llegado aquí?

R. Hemos vivido dos buenos siglos en la sociedad industrial, en un mundo dominado por Occidente durante unos 500 años. Hoy hemos creído, y fue el caso en los últimos 50 años, que vivíamos en un mundo americano. Ahora quizá viviremos en un mundo chino, pero tampoco estoy en absoluto seguro. América se hunde y China está en una situación contradictoria, que no puede durar eternamente: quiere practicar el totalitarismo maoísta para gestionar el sistema mundial capitalista. Nos encontramos en ningún lugar, en una transición brutal que no ha sido preparada ni pensada.

P. ¿Habla de hoy mismo, en pleno confinamiento, o de nuestra época en general?

R. De ambos. Pero me gustaría dar el punto de vista de alguien encerrado. Yo mismo me encuentro en ningún lugar, puesto que no tengo derecho a salir a la calle.

P. ¿Le angustia esta situación?

R. No, porque mi vida consiste en estar en casa trabajando. Me siento, de alguna manera, protegido en las mismas condiciones que todos los días.

P. ¿Dónde está Europa?

R. ¿Usted ha escuchado muchos mensajes europeos estos días? Yo no. Soy muy europeísta, probablemente demasiado. La marcha de Reino Unido no es poca cosa. El ascenso de los iliberales como Matteo Salvini en Italia tampoco. Esta epidemia tiene lugar en un periodo en el que no sabemos ni cómo ni por qué. Es demasiado pronto para saber qué hacer económicamente, y políticamente no se nos pide otra cosa que quedarnos encerrados en casa. Estamos en el no-sentido, y creo que mucha gente se volverá loca por la ausencia de sentido.

P. ¿Habrá un regreso del nacionalismo y el populismo?

R. Pero esto ya estaba aquí. Ahora hay dos decisiones fundamentales para Europa. Primero, la liberación por medio de las mujeres. Es decir, el derrumbamiento de la razón en el centro de la personalidad y la recomposición de los afectos en torno a la razón y la comunicación, una sociedad del care [en inglés, cuidados]. Y segundo, la acogida de los migrantes, que considero un problema de peso. Nuestros países europeo se definen hoy por su actitud ante los migrantes.

P. ¿El virus no lo cambia todo? Las consecuencias económicas, nuevas costumbres sociales con más distancia, otras prioridades…

R. No lo creo. Habrá otras catástrofes. Me extrañaría mucho que en los diez años que vienen no hubiese catástrofes ecológicas importantes, y los diez últimos años se han perdido. Atención, las epidemias no lo son todo. Y creo que entramos en un nuevo tipo sociedad: una sociedad de servicios, como decían los economistas, pero de servicios entre humanos. Esta crisis empujará hacia arriba la categoría de los cuidadores: no pueden seguir estando mal pagados. Al mismo tiempo, con estas crisis hay posibilidades de que un choque económico produzca reacciones que llamo de tipo fascista. Pero no me gustaría hablar demasiado del futuro, prefiero centrarme en el presente.

P. Hoy nos gobierna el virus.

R. No el virus, sino nuestra impotencia para combatirlo, pero se acabará encontrando una vacuna.

Entrevista a Naomi Klein: Como la élite mundial tratará de beneficiarse de la pandemia.

5:33:00 p.m. Add Comment

La escritora, periodista y activista canadiense en esta entrevista analiza los efectos del COVID-19 en el sistema capitalista y las repercusiones a nivel socio-político.

Por: Marie Solis / www.zintv.org 

El coronavirus es oficialmente una pandemia mundial que hasta ahora ha infectado diez veces mas personas que el SARS de 2003. En EE.UU., escuelas, universidades, museos y teatros, cierran sus puertas; y pronto, ciudades enteras, harán lo mismo. Los expertos advierten de que algunas personas, sospechosas de estar infectadas por el virus en EE.UU: prosiguen su rutina cotidiana. Porque su empleo no les permite bajas pagadas dadas las deficiencias del sistema privatizado de salud norteamericano.

La mayoría de entre nosotros (NT.: para los ciudadanos norteamericanos) no saben qué hacer ni a quién escuchar. El presidente Donald Trump ha rechazado las recomendaciones de los centros de control y de prevención de enfermedades; y estos mensaje contradictorios han reducido nuestro margen de maniobra para atenuar los daños causados por este virus tremendamente contagioso.

Son las condiciones perfectas para que los gobiernos y la élite mundial desplieguen programas políticos, que de otra forma, encontrarían gran oposición si no estuviéramos todos tan desorientados. Esta cadena de acontecimientos no es exclusiva de la crisis creada por el coronavirus; es el proyecto que los políticos y los gobiernos persiguen desde hace décadas, conocido con el nombre de “doctrina del shock”, término inventado por la activista y autora Naomi Klein en un libro del mismo nombre de 2007.

La historia es una crónica de “shocks”: los de las guerras, las catástrofes naturales y las crisis económicas, y de sus consecuencias. Estas consecuencias se caracterizan por el “capitalismo catástrofe”; mediante “soluciones” calculadas y de libre mercado para las crisis que estallan y exacerban las desigualdades existentes.

Según Klein, asistimos ya a un capitalismo catastrófico en el terreno nacional; para responder al coronacirus, Trump ha propuesto un plan de estímulo de 700 millardos de dólares que incluye reducción de cargas sociales (que devastarán la seguridad social) y proporcionará una ayuda a las industrias faltas de oportunidades de negocio causadas por la pandemia: “No lo hacen porque crean que es el medio más eficaz para paliar el sufrimiento causado por la pandemia; formulan tales ideas porque ven una oportunidad para desplegarlas”, ha declarado Klein.

VICE ha preguntado a Klein sobre la forma como el “shock” del coronavirus cede su lugar en la cadena de acontecimientos que describió hace ya más de diez años en La doctrina del shock.

VICE: Empezemos por lo esencial. ¿Qué es el capitalismo de catástrofe? ¿Cuál es su relación con la “doctrina del shock”?

La forma como defino el “capitalismo catástofe” es muy simple: describe la manera como las industrias privadas emergen para beneficiarse directamente de las crisis a gran escala. La especulación sobre las catástrofes y la guerra no es un concepto nuevo, pero se ha profundizado claramente con la administración Bush a partir del 11 de setiembre, cuando el gobierno declaró este tipo de crisis de seguridad sin plazo, y simultáneamente la privatizó y externalizó; esto incluyó el Estado de seguridad nacional en la privatización, así como la invasión y ocupación (privatizada) de Irak y Afganistán.

La “doctrina del shock” es la estrategia política que consiste en emplear las crisis a gran escala para hacer avanzar políticas que profundicen sistemáticamente las desigualdades, enriqueciendo a las élites y debilitando a los demás. En tiempos de crisis, la gente tiende a concentrarse en las urgencias cotidianas para sobrevivir como sea y tiende a contar sobre todo con los que están el poder. En épocas de crisis, desviamos un poco la mirada, lejos del juego real.

VICE: ¿De dónde viene esta estrategia política? ¿Cómo trazar su historia en la política norteamericana?

La estrategia de la doctrina del shock fue una respuesta de Milton Friedman al programa del New Deal. Este economista neoliberal creía que todo estaba equivocado con el New Deal en Estado Unidos: para responder a la Gran Depresión y al Dust Bowl (NdeT: Tormenta de polvo) un gobierno mucho más activo surgió en el país, que se propuso resolver directamente la crisis económica en la época creando empleos públicos y ofreciendo ayudas directas.

Si Vd. es un economista del libre mercado, comprenderá que cuando los mercados quiebran, hay preparado un cambio progresivo que es mucho más orgánico que el tipo de políticas de desregulación que favorecen a las grandes empresas. La doctrina del shock se desarrolló como un medio de evitar que las crisis cedan el lugar a momentos orgánicos en los que surjan políticas progresistas. Las élites políticas y económicas entienden que los momentos de crisis son la ocasión para hacer avanzar su lista de deseos de políticas impopulares que polarizan aún más la riqueza en este país y en todo el mundo.

VICE: Actualmente estamos confrontados con múltiples crisis: una pandemia, falta de infraestructuras para resolverla y hundimiento de la bolsa. ¿Podría explicarnos como cada uno de estos elementos se inscribe en el esquema que Vd. ha descrito en la Doctrina del shock?

El shock en realidad es el mismo virus. Se le ha tratado de manera que maximice la confusión y minimice la protección. No creo que sea una conspiración; es justo la forma como el gobierno norteamericano y Trump han gestionado, completamente mal, esta crisis. Hasta ahora Trump ha tratado esta situación, no como una crisis de salud pública, sino como una crisis de percepción y un problema potencial para su reelección.

Es el peor de los escenarios, máxime si se tiene en cuenta el hecho de que Estados Unidos no dispone de un programa nacional de salud y que la protección de la que se benefician los trabajadores es muy mala: por ejemplo, la ley no establece prestaciones por enfermedad. Esta combinación de fuerzas ha provocado un choque máximo. Va a explotarse para salvar industrias que están en el núcleo de las crisis más extremas a las que hemos de enfrentarnos, como la crisis climática: la industria aérea, la petrolera y gasística, la de los cruceros, y quieren consolidar todo esto.

VICE: ¿Cómo hemos visto esto antes?

En La doctrina del shock hablo de lo que pasó después del huracán Katrina. Grupos de expertos de Washington como la Heritage Foundation se reunieron creando una lista de soluciones “pro libre mercado” para el Katrina. Podemos estar seguros de que ahora se hará el mismo tipo de reuniones. De hecho, la persona que presidió el grupo Katrina fue Mike Pence (NT: la persona que preside ahora el dossier Coronavirus). En 2008, ese movimiento se tradujo en el salvamento de los bancos, cuando los países les entregaron cheques en blanco, que finalmente se elevaron a varios millardos de dólares; pero el coste real de esta situación tomó la forma de amplios programas de austeridad económica (reducciones ulteriores de servicios sociales). Así que no se trata tan solo de lo que pase ahora, sino también de la forma como lo pagarán en el futuro, cuando se presente la factura de todo lo que se debe.

VICE: Si nuestros gobernantes y la élite mundial van a beneficiarse de esta crisis para sus propios fines, ¿qué puede hacer la gente para apoyarse mutuamente?

“Voy a cuidar de mí y de los míos, podemos adquirir la mejor póliza de seguro privado de enfermedad, y si Vd. no la tiene, probablemente es su error, no es mi problema”: he aquí lo que una economía de vencedor mete en nuestros cerebros. Lo que revela en un momento de crisis como ahora, es nuestra interrelación de unos con otros. Comprobamos en tiempo real, que estamos mucho más interconectados de lo que nuestro brutal sistema económico nos permite creer.

Podemos pensar que estaremos seguros si obtenemos buenos cuidados médicos, pero si la persona que prepara o suministra nuestros alimentos, o que envuelve las cajas, no tiene acceso a cuidados médicos y no puede permitirse los análisis, y aún menos quedarse en casa porque no tiene prestación por enfermedad, no estaremos seguros. Si no nos cuidamos unos a otros, ninguno estará seguro. Estamos atrapados.

Las diferentes formas de organizar la sociedad favorecen o refuerzan diferentes partes de nosotros mismos. Si está en un sistema que, como sabe, no cuida de la gente, y no distribuye los recursos de manera justa, entonces nuestro impulso por la acumulación estará en riesgo. Piense esto y reflexione en cómo. En vez de empecinarse en pensar en cómo pueden cuidarse a sí mismos y a su familia; Vd. puede cambiar y reflexionar sobre la forma de compartir con sus vecinos y ayudar a las personas más vulnerables.

El mito de los emprendedores y la “atomización de la clase trabajadora”

5:09:00 a.m. Add Comment

Entrevista con José Manuel Martínez, autor del libro ‘La Burbuja del emprendimiento y la atomización de la clase trabajadora' (Decordel,2018).

Por: Sara Montero / Cuarto Poder 

Se llama José Manuel Martínez y es emprendedor, un emprendedor muy diferente a Mark Zuckerberg o Amancio Ortega. No montó una empresa para hacerse rico, sino para tener un medio de vida después de ser despedido de su trabajo en 2012. Este experimentado autónomo ha decidido escribir el libro ‘La Burbuja del emprendimiento y la atomización de la clase trabajadora’, una reflexión de 114 páginas sobre su propia experiencia que ha sido publicada por la editorial Decordel, que él mismo acaba de fundar con unos amigos. Pretende desmitificar esa figura del hombre valiente, hecho así mismo, que trabaja 24 horas al día y cuya aspiración es contratar a trabajadores y enriquecerse ajustando los recursos al máximo. 

Martínez ha rebasado los 40, fundó su propia empresa hace seis años y se mueve por el mundo digital. Sin embargo, no se identifica con ese término tan manido que los gobiernos han usado de forma desmedida durante la crisis para aligerar las listas del paro. Después de años de experiencia se ha sentado a escribir. No es un ensayo sesudo, ni un estudio de la cuestión, sino una reflexión personal. En el libro sostiene que la figura del “emprendedor” ha sido utilizada para precarizar las condiciones de la clase trabajadora  (y para dividirla) más que para estimular la creación de empresas.

“En España se utiliza como ejemplo a Amancio Ortega […] obviando las sombras que le acompañan en el camino recorrido desde sus inicios en Ferrol hasta su dominio de la moda de bajo coste: fabricación con mano de obra esclava, evasión de impuestos, etc.”, reflexiona en el libro. Son matices importantes porque están fuera del alcance del pequeño empresario, que monta un negocio con los ahorros de sus familias y amigos. Tampoco todo el mundo tiene dinero para fracasar antes de triunfar.

Por eso, ha decidido escribir este breve libro desmitificando esa figura del emprendedor hecho así mismo, que trabaja 24 horas al día y cuya aspiración es contratar a otros trabajadores y hacerse rico pagando sueldos de miseria. “Hay una clase política obsesionada con el apoyo a los emprendedores y con este concepto de emprendimiento. Por eso pusieron la tarifa plana de 50 euros y permitieron capitalizar la prestación de desempleo“, apunta. En muchas ocasiones, el resultado no es el esperado: en un año, los antaño emprendedores han agotado su dinero y son devueltos al estancado mercado laboral, pero sin colchón económico. En los últimos años comienzan a surgir historias de emprendedores que se arruinaron persiguiendo ese camino heroico. 

Esta propuesta de los poderes públicos no habría tenido tanto éxito sin la ayuda de los medios de comunicación. Martínez se queja de la “burbuja mediática” que ha protagonizado este tema en los últimos años, pero advierte de que se publicaba mucha información, pero poco “útil” y aparecen las confusiones. Este empresario ejemplifica con una charla que ofreció en la universidad, donde vio que ese espíritu emprendedor se estaba distorsionando: “Ahora los chicos más jóvenes creen que pueden hacerse ricos diseñando aplicaciones, sin adquirir conocimientos ni experiencia”. Las cifras que incluye en el libro ponen los pies en la tierra: “9 de cada 10 startups no superan los tres años de vida”.

Aunque pueda parecer confuso y caótico que Martínez meta en el mismo saco a pequeños empresarios y falsos autónomos, él lo justifica englobando todo el fenómeno con un final común: la obsesión con la salida individual. “Ensalzan el emprendimiento de ciertas personas para proponer otros modelos de trabajo distintos al asalariado y que el sentimiento de culpa les lleve a los desempleados a decir ‘si yo no trabajo es porque no quiero, porque puedo coger una bici’”, explica.

El hombre hecho así mismo: una trampa
Martínez no reniega del emprendimiento, pero sí de ese discurso tramposo donde el autónomo que trabaja todo el día es el ejemplo del éxito y el asalariado una persona acomodada y sin ambición. “Se presume de que el emprendedor nunca se pone malo y trabaja 24 horas al día. Para mí eso es una desgracia”, explica el autor, que más que una virtud, califica esta exigencia como un “defecto del sistema”.

Según Martínez, al neoliberalismo le interesa crear ese relato, donde el emprendedor es un superhéroe que ni descansa ni enferma, y un mercado donde no haya organización y sí un montón de individuos ofreciendo servicios y compitiendo sin ninguna conciencia común. Ahí es donde el autor hace una comparación que no comparían los marxistas más ortodoxos: “La desactivación de los mitos no tiene mayor intención que la de equiparar al emprendedor con el resto de trabajadores. Una vez quitadas las capas que envuelven al individuo, lo que queda es la clase social a la que pertenece“. 

Esta idea se va formando a través de un discurso que el autor define como el “orgullo del sufrimiento”, que los políticos potencian cuando hacen declaraciones diciendo que no se van de vacaciones, como Pablo Casado o Cristina Cifuentes. El mensaje que lanzan que renunciar a los derechos en favor del trabajo es meritorio. Este discurso cala entre los propios asalariados. Por un lado, se desprestigia al trabajador que cumple con lo pactado y se ciñe a su horario laboral, a través de frases como “se le cae el boli cuando llega su hora”. 

Angelica Lozano: a estas alturas, ¿qué futuro tiene la consulta anticorrupción?

8:10:00 a.m. Add Comment

Angélica Lozano, vicepresidenta de la mesa directiva del Senado, habla de detalles de la consulta.

Por: Maria Isabel Rueda / El Tiempo

¿Siguen temerosos de que el Gobierno se les vaya a bajar de la consulta anticorrupción?

Es muy grave que se genere confusión por señales contradictorias del Gobierno y del partido de gobierno. Ellos fueron los que exigieron que se hiciera después de segunda vuelta. Ya están impresos 17 millones de tarjetones. Es un esfuerzo monumental que lleva 19 meses en curso. No es un capricho que se nos ocurrió. Fue el producto de la impotencia y del dolor ante el hecho de que el Congreso, mediante abuso de poder, hundió reiteradamente, ocho veces, estos proyectos de ley. 

Ustedes están renunciando al mecanismo de meter los proyectos directamente en el Congreso, al que inevitablemente volverán a llegar, ganen o no…

En el plan A, el escenario natural era el Congreso. Pero hundidos ocho veces esos proyectos, nos fuimos al plan B, que es la consulta. 

Pero el plan B los hace inevitablemente volver al plan A…

El escenario natural se agotó. Dijimos: ¿Qué otro camino queda? Uno inexplorado: la consulta. ¿Por qué escogimos consulta y no referendo? Porque el referendo es un proyecto de ley. No valía la pena coger por ahí. En cambio, nadie ha impulsado una consulta, que puede ser el camino más difícil.

¿Y los resultados de la consulta obligan al Congreso a proceder?

Por eso lo escogimos. Pero tiene el umbral más alto de todos los mecanismos: 33 por ciento. ‘Juemadre’, eso es mucho. 

¿Por qué la consulta se hará el 26 de agosto?

Fue una exigencia del Centro Democrático. Dijo: “Vamos a apoyarla, a hacer campaña por el Sí, pero si es después de segunda vuelta”. Dijimos: “Listo, a nosotras no nos importa (la fecha). Lo importante es que será absolutamente vinculante para el Congreso”.

¿En qué sentido?

Esto, aprobado en las urnas, le da al Congreso un año de plazo para incorporarlo en la ley. Si el Congreso es sinuoso, si no hace la vuelta, si mama gallo, si no lo aprueba, el Presidente queda facultado para decretar las medidas. No se le puede tomar el pelo al mandato popular. 

El Gobierno, en su primer día, presentó tres de las preguntas de la consulta como proyecto de ley. ¿Eso les parece bien? 

Bienvenido. Es que esa es nuestra agenda y nuestra lucha. 

Con la mano en el corazón: bajarles el sueldo a los congresistas puede ser popular, pero ¿usted realmente cree que va a acabar con la corrupción?

Es un punto de equidad. Nos pagan 40,9 salarios mínimos, y el 52 por ciento de los colombianos ganan menos de un mínimo. En cambio, en Holanda, un congresista gana 6.000 euros, y el salario mínimo es de 1.500. Una diferencia de cuatro o cinco veces. Se trata de disminuir la brecha.

¿Y propondrán lo mismo para los magistrados de las altas cortes, que ganan lo mismo?

Sí, porque no se les puede bajar a unos y no a los otros. Eso no soluciona la desigualdad, pero hay que aterrizar del curubito a los servidores públicos. 

Quiero pasar a preguntarle por el papel de los ‘verdes’ en este gobierno. ¿Se van a declarar partido de oposición?

Ya lo hicimos el 20 de julio, con una declaración que se llama ‘Oposición constructiva y autónoma’. 

¿Qué quiere decir autónoma?

Está el Polo, están los decentes, están las Farc. Tenemos, por supuesto, entendimiento con ellos, ni más faltaba, pero cada loro en su estaca. Eso quiere decir autónoma.

¿Son los ‘verdes’ con el Polo y con Fajardo, es decir, la coalición?

Es solo Alianza Verde. ¿Y por qué la llamamos oposición constructiva? Porque esa es nuestra actitud. Presidente Duque, cuenta con el partido Verde para toda la agenda que coincida. Me gusta un poco de gente del gabinete, y lo digo sin miedo y sin mezquindad. Y ‘constructiva’ porque formularemos críticas argumentadas a todo lo que no nos guste. Pero autónoma. 

¿O sea que el Gobierno no verá a los ‘verdes’ haciendo maromas para hundir los proyectos?

Nunca. Al gobierno pasado le hicimos oposición crítica, durísima, y nuestro apoyo fue gratis en lo que compartimos y nos gustó. Nuestra actitud no es boicotear. Primero está el país. 

¿Cómo ve usted el intento del Gobierno de armar nuevas mayorías sin ‘mermelada’?

Me encanta. Ese es nuestro sueño. Pero, ¿sabes cuándo se va a saber si funciona? Cuando toque pasar los proyectos difíciles. Quiero ver esas mayorías apoyando ‘al gratín’ la reforma pensional, la reforma tributaria. En ese momento sabremos. Existe la necesidad de institucionalizar la ‘antimermelada’. 

Duque ha dicho que quiere relaciones institucionales con los partidos. ¿Pero usted cree que están en el mismo plan, por ejemplo, Cambio Radical, ‘la U’, los conservadores, los liberales?

Por eso le digo: una cosa es la teoría y otra, la práctica. Cuando lleguen los proyectos, le contesto. Pero no creo que la gente cambie tan rápido. Es que el daño de la ‘mermelada’, que es el nombre cálido para el arrodillamiento del Congreso al Ejecutivo, es enorme. Pero sí le digo: en los pasillos están bravos…

¿Bravos con el Gobierno por falta de ‘mermelada’?

Por ahí sueltan cosas… Dicen que están bravos hasta los del Centro Democrático. Dicen que no les dejaron nada. O sea, para que yo tenga como cinco amigos en el gabinete… Mientras tanto, mucha gente de esas barras bravas del uribismo no se siente representada. Nosotros valoramos eso, por lo que el presidente Duque y su gobierno contarán con nuestro argumento y nuestro voto leal. Leal quiere decir: si esto es bueno, asumimos costo y postura pública sin miedo.

¿O sea que ustedes están dispuestos a asumir postura valiente en temas impopularísimos, como la reforma pensional, la reforma tributaria y la reforma de la salud?

Imagínese que el jefe de mi bancada es el hombre más pro-fiscal, que se llama Antanas Mockus. Cuando Santos en campaña juró en mármol que no subiría impuestos, Mockus dijo que sí lo haría. Nuestro partido no tiene ningún ánimo de obstrucción. Tenemos vocación de poder, que se gana con legitimidad y con credibilidad.

Somos oposición constructiva (no como la ciega, que hace invivible a la Nación); defenderemos el acuerdo de paz y su implementación. Pero en la intención del Gobierno de modificarlo no contará con el Verde. Tampoco en reformas regresivas en materia social. 

¿Y cómo serán las relaciones con los demás partidos de oposición?

Le repito: cada loro en su estaca. Con aprecio y reconocimiento a la historia de los demás grupos de oposición. Yo estoy descubriendo a los señores de las Farc. Toda la vida fui anti-Farc visceral, del alma. Y ahora que son senadores los estoy descubriendo, con buena impresión. Es un orgullo estar con Aída Avella sentada en el Senado. Reconozco el valor de sus luchas, de su agenda. Con María Fernanda Cabal tengo muy buena relación. Nos la llevamos muy bien. Es muy chistosa a veces.

Aprecio profundamente al profesor Mockus. ¿No cree que ustedes lo están utilizando un poco abusivamente, teniendo en cuenta que es un hombre frágil? Lo ponen de cabeza de lista, trataron de usarlo para quebrar la presidencia de Macías, propician su bajada de calzones…

No. Los más sorprendidos con su decisión de aspirar al Senado fuimos nosotros. A él nadie fue a buscarlo. Antanas llamó al partido. Para mí es un maestro, un ejemplo de vida absoluto, y está totalmente lúcido, aunque tenga unas limitaciones físicas. Entonces sí pido como un poquito de respeto por quienes creen que es un caballito discapacitado. Él genera la fuerza suave. Para la fuerza bruta estamos otros… Ese es un chiste que le hago yo a él. 

¿Podría preguntarle cuáles serán los planes de su compañera Claudia López, si piensa competir por la alcaldía de Bogotá? 

Ella necesita parar, para dedicarse a terminar su tesis doctoral. Ella es becaria Fullbright y de la Universidad de Northwestern. Ella termina lo que empieza, no deja tiradas las cosas. Yo sí (risas). Necesariamente saldrá del escenario un tiempo, para concentrarse, y ya le echó el ojo a un par de fincas por aquí en Cundinamarca, para escribir. Ya decidirá…

¿Pero ahí no habrá un problema con Navarro, quien clarísimamente aspirará? 

No hay ningún problema. Antonio manifestó que él es precandidato. Maravilloso. Está recorriendo cuanta localidad… Yo le digo que está gorreando porque desayuna y almuerza por todo lado. Él es un hombre genial. Si Claudia u otra persona quiere ser precandidato, el partido definirá las reglas. Y si no hay otra persona que quiera competir, con seguridad Antonio será nuestro candidato.

En estas poquitas horas que lleva el gobierno posesionado, ¿qué suerte le augura?

El martes llegué con felicidad a la plaza de Bolívar. Cuando empecé a oír a Macías pensé: “Qué patético, está invitando al país a un barranco”. Veía a los presidentes invitados como incómodos...

Eso debió ser por el frío...

Todos estábamos congelados, yo quería ir a quitarle la cobijita que le trajeron a Macri para las piernas. Pero sentí mucha tristeza porque creo que en Colombia cabemos todos: Ordóñez y yo cabemos. Lo que oí fue visceral, rabioso, y me hace pensar que el país sigue en la trampa de las broncas, de las rencillas y dolores viejos, que superan la política. Ya son unos dolores personales. Llegué por la noche a mi casa, no solo congelada y morada, sino triste. 

¿Y usted es de los que piensan que, de pronto, es un doble juego deliberado?

Pues, sí. El Centro Democrático me había dicho a través de Paloma Valencia, a quien quiero y aprecio, que iban a apoyar la consulta. Por eso me dolió oírla decir que ahora no van a hacer campaña por la consulta. 

Convencí a Rodrigo Lara y a Luis Fernando Velasco para hacer un video en YouTube. Del Centro Democrático, a alguien a quien se lo solicité me dijo que lo dejara consultar el libreto con las directivas del partido. Y cuando estoy allá en primera fila, viendo a Macías, pienso: “Si este chino tiene que mostrar el libreto de YouTube, ¿a nadie se le ocurrió mirar el discurso de Macías?”… Por eso creo imposible que eso no estuviera muy acordado. Si el Gobierno arranca con doble mensaje, boicoteando la consulta, recibiremos tal mensaje como que así nos tratarán a los de la oposición.

Entrevista a Bhaskar Sunkara, editor de "Jacobin Magazine"

7:56:00 a.m. Add Comment

"Apuntar alto. Trascender la crítica para proponer en positivo. No caer en atajos. Conseguir victorias. Ensanchar las bases. Apuntar más alto." Es la receta de Bhaskar Sunkara, el joven editor de la revista Jacobin y miembro del floreciente partido Democratic Socialist of America. 


Sunkara apuesta por el socialismo democrático, que busca construir sobre las bases de la socialdemocracia, a la vez que trascenderla, por motivos prácticos y éticos: aquel sistema era frágil, por somerterse a los dictados del capital; pero era también injusto, por no eliminar la explotación del motor económico de la sociedad. El editor concluye que “la política de izquierdas es, en su esencia, muy sencilla. Y es tan sencilla ahora que está Trump como antes de Trump, y lo seguirá siendo después de Trump. Se basa en unir a toda esa gente, en unir a los muchos contra los pocos. La diferencia entre nosotros y nuestro tipo de política y la política de derechas es que nuestros ‘muchos’ son en realidad una amplia mayoría trabajadora del mundo, y nuestros ‘pocos’ son solo un pequeño grupo de gente que se beneficia de su explotación”.

Reflexionando sobre cómo llegamos hasta aquí, ¿de dónde diría que surgió Trump?

Trump es en gran medida el resultado de un golpe de suerte. Si repitiésemos las elecciones cien veces, noventa y seis, noventa y siete de esas cien veces las hubiera ganado Hillary Clinton. Se ha abierto un espacio, no solo en los EEUU, sino por todo el mundo capitalista avanzado, para la derecha populista, que responde a una crisis real del centro neoliberal. Así que había una marejada minoritaria para Trump, pero se le abrió la puerta por las peculiaridades de nuestras leyes electorales, y por la manera inepta que tuvo Hillary Clinton de llevar su campaña. Creo que Trump fue, al menos en parte, un desafortunado accidente.

Ha sido muy crítico con la reacción de la izquierda liberal a la elección de Trump, y las líneas maestras de la llamada ‘resistance’. ¿Cuáles son esas líneas maestras y en qué fallan, o se quedan cortas?

La gente de la resistencia liberal a Trump dice: “Esto no es normal, es algo muy inusual”. Su énfasis en la legalidad y en tratar de derrocarlo mediante un juicio político en el Congreso, o en los tribunales de justicia, y todo el énfasis que ponen en Rusia y el papel que pudiera haber tenido en las elecciones han despolitizado por completo el movimiento contra Trump. Se trataba de algo muy sencillo: Trump está causando daño, Trump tiene una agenda que genera gran rechazo, pretende ser el gran defensor de la gente pero sus políticas en realidad sirven a los intereses de un pequeño segmento de la población. Estas son las cosas con las que podríamos fustigarle. 

En sanidad, por ejemplo. En un tiempo en el que más estadounidenses que nunca, más de un 60%, quiere un sistema sanitario verdaderamente universal, Trump quiere recortar el exiguo papel que tiene el Estado en la sanidad en este país. Hay un sinfín de contextos en los que se ve que los que nos oponemos al presidente tenemos una clara ventaja política, pero esa ventaja se despilfarra. En lugar de eso, hablamos sobre Rusia y todas esas otras cosas.

Hay también una crítica que pasa por la condescendencia de una élite liberal que proyecta en la población su pretendida superioridad moral.

Lo viejo muere, pero lo nuevo no nacerá de los discursos de los Globos de Oro. Con eso quiero decir que este tipo de resistencia liderada por los famosos, en vez de decir: “Estos son tus intereses, esta es tu pelea, participa y lidérala”, ha sido, en el mejor de los casos, una especie de caridad desde arriba. Y en el peor de los casos, la peor condescendencia para con la gente corriente.

Y, sin embargo, hay algo en lo que parece reinar un implacable consenso en la política estadounidense, entre liberales y conservadores: la necesidad de preservar el Imperio, y fortificar la presencia de tropas estadounidenses en el exterior. 

El Imperio estadounidense tiene que ver ante todo con el consenso del capitalismo global. Se empeña en mantener la estabilidad del capitalismo global, incluso cuando eso no vaya en los intereses inmediatos a corto plazo de la sección concreta del capital global en Estados Unidos. Ese ha sido el papel que viene jugando EEUU desde la Segunda Guerra Mundial, de modo que los dos partidos, nuestras clases dominantes, están completamente imbricadas en ello. Trump fue de hecho el único que parecía como mínimo poner en duda ese consenso, diciendo que quería desmantelar la OTAN, la arquitectura del libre comercio… Pero, en la práctica, no ha hecho nada de eso. La clase trabajadora estadounidense ha estado sorprendentemente en contra, de una manera sostenida, de las guerras recientes de las últimas décadas, empezando por Vietnam. No creo que el Imperio estadounidense sea un obstáculo dentro de los EEUU para que surjan movimientos de clase obrera. Sí creo que es un obstáculo para el desarrollo de movimientos de izquierda y progresistas en otras partes del mundo.

Hay un discurso, bastante implantado, que achaca el ascenso político de Trump a una reacción de la “clase trabajadora blanca”, que se sentía olvidada por las élites políticas. 

Debemos formar organizaciones políticas de mayorías amplias. Y eso pasa por tejer una envoltura que recoja todas estas luchas basadas en la identidad, que es una identidad común de gente trabajadora en EEUU, que lo pasa mal para salir adelante, y que tiene un interés común en trabajar conjuntamente para lograr ciertas demandas sociales universales. Me niego a creer que la llamada ‘clase trabajadora blanca’ o los trabajadores blancos sean tan privilegiados que no se beneficiarían de todas estas reformas. Sean los que sean, sus privilegios son relativos en comparación con los beneficios que tendrían si compartieran un Estados Unidos siquiera socialdemócrata y pudieran tener acceso a cuestiones como la sanidad básica, la nutrición, y demás. En un momento en que la izquierda está obsesionada en poner unas formas de explotación por delante de otras, creo firmemente que tenemos que desarrollar un proyecto universal de base amplia.

¿En qué medida proporciona la socialdemocracia las herramientas adecuadas para encarar las grandes crisis de nuestra época, desde el cambio climático a la desigualdad?

Lo mejor que hemos logrado realmente como sociedad fue algo parecido a la socialdemocracia escandinava. Fueron sociedades ampliamente igualitarias, justas, que al menos proporcionaron lo básico a sus ciudadanos sin asfixiar a la sociedad civil y demás. Estas mejoras, estas reformas, eran muy frágiles, porque seguían produciéndose en el contexto de una sociedad que dependía del control privado de la inversión y requería condiciones de explotación capitalista para florecer. Todo lo que esto significa es que las empresas tenían que prosperar para que los trabajadores recibieran una porción de su éxito. Y entonces, claro está, llegó la crisis de la tasa de beneficio. ¿Y qué iba a hacer el capital? Había dos opciones: o se apretaba el acelerador y se avanzaba hacia algo más radical, o había que volver marcha atrás y hacer una reestructuración. El neoliberalismo no es solo una cuestión ideológica, sino que tenía su raíz en algo real. Esa es una de las razones principales por las que debemos avanzar más allá de la socialdemocracia, hacia el socialismo democrático. La socialdemocracia no fue suficiente para alcanzar el objetivo de una sociedad democrática. El capitalismo se basa en obligar a las personas en virtud de su pobreza, en virtud de la falta de recursos propios para vivir como productores libres, a tener que ser explotados y dominados para poder sobrevivir. Esa es la esencia del capitalismo. No pasa por la compra y la venta de cosas, porque los mercados existieron antes del capitalismo. Tenemos que pensar más seriamente en una sociedad en la que los trabajadores puedan controlar y coordinar la producción, a un nivel más profundo del que lo hicieron en las sociedades socialdemócratas.

En los últimos años han surgido en Europa y EEUU una serie de movimientos progresistas que han logrado importantes avances en lo electoral, tanto a nivel municipal como nacional, con figuras como Jeremy Corbyn o Bernie Sanders. ¿Qué futuro augura a dichos movimientos?

Digamos que, en lo que respecta a la nueva oleada de municipalismo, estos son lugares que pueden ser oportunidades políticas. Pero, ¿qué hacemos con esas oportunidades? ¿Nos dedicamos solo a gobernar a nivel local? En un tiempo en el que la izquierda no tiene base social, debemos trabajar con eso, pero el objetivo final debe ser formar sindicatos y partidos que pelen a nivel estatal. El Estado-Nación sigue siendo el único lugar en el que podemos ejercer la soberanía democrática. Creo que la clave de esta nueva oleada de líderes populistas como Jeremy Corbin, como Bernie Sanders, es el hecho de que son capaces de articular de manera sencilla esperanzas y sueños a la gente, y no solo pesadillas defensivas. Es un mensaje muy sencillo: “Trabajas duro, haces todo lo que tienes que hacer, intentas abrirte camino, y sigues quedándote atrás. No es culpa tuya”. El capitalismo sigue siendo un sistema que crea una gran clase trabajadora que tiene intereses abstractos diferenciados. El objetivo de los partidos políticos de izquierda es agregar esos intereses en algún tipo de programa para el cambio real. La izquierda socialista de EEUU debe relacionarse con movimientos como Black Lives Matter, con movimientos que tienen que ver con la justicia climática, etcétera. No tiene alternativa. Los movimientos contra el racismo podrían, por ejemplo, oscilar en una dirección que sea puramente simbólica, que no se combine con algo que amenace al capital, o se pueden polarizar de manera que resulten muy amenazadores para las estructuras de poder existentes si se enfrentan de manera real a cuestiones de redistribución, de clase y otras cuestiones más amplias.

Ha escrito bastante sobre la importancia para un movimiento incipiente de lograr victorias y elegir batallas que pueda ganar. ¿Dónde sitúa esas importantes pugnas estratégicas en el EEUU de 2018?

Teniendo en cuenta que somos la economía más potente del mundo, con la clase capitalista más poderosa, y que también tenemos cientos de millones de trabajadores en este país, no tenemos un movimiento obrero. En la historia del capitalismo, es algo sin precedentes. Se empieza a ver el surgimiento de la izquierda. No será posible que sigamos construyendo una oposición sin lograr victorias reales. Y en las condiciones actuales del capitalismo, la clase dominante no está demasiado dispuesta a hacer concesiones. Así que creo que la expansión de la sanidad universal es un posible baluarte. Estamos hablando de una sexta parte de la economía. Si pudiéramos desmercantilizar un sexto de la economía y sentar un precedente para la participación amplia del Estado en la sanidad, y de la sanidad como derecho social, creo que estaríamos en una gran disposición para ejecutar demandas más profundas. Nuestro problema con el liberalismo no son los valores liberales, ni que genere sociedades débiles, ni decadentes, ni ninguna de las otras críticas que le hace la derecha al liberalismo. Nuestra objeción con el liberalismo es que no cumple las promesas de igualdad, de tolerancia...

Hay quienes ven artefactos ideológicos como el ‘sueño americano’ o la fijación con el concepto de libertad barreras para el crecimiento de la izquierda. Usted, en cambio, hace la lectura opuesta…

La clase obrera estadounidense ha sido derrotada de manera histórica en la batalla política y la económica. No es que esté desorientada, es que ha sido derrotada, y en el contexto de la derrota se buscan otras vías para salir adelante. A la gente se le ha enseñado a esperar ciertas cosas de la vida, del progreso, de la movilidad social. Ahora que esas expectativas entran en conflicto con la realidad, empiezan a abrirse ciertas oportunidades políticas. En ese caso, el sueño americano puede ser una bendición para nosotros, por sus promesas rotas. La pregunta es: ¿Qué significa la libertad en este contexto? Creo que es una espada de doble filo en lo relativo a la libertad en el contexto estadounidense. Por un lado, es la libertad de estar libre de explotación y poder labrarse su propio camino, alcanzar su potencial. Todo eso es muy positivo. Y luego está la libertad de explotar a otra gente y de ganar a expensa de los demás. Creo que debemos encontrar la manera de articular una forma de aspiración, una forma de esperanza, a la hora de generar acceso a servicios para que la gente pueda alcanzar su verdadero potencial y hacer lo que quiera, siendo libre del trabajo, de la burocracia y de todas las cosas de las que tiene motivo de ser escéptica.

¿Qué tipo de discurso y política será necesario articular para derrotar, no ya a Trump, sino al ‘trumpismo’?

La estabilidad es la regla en el capitalismo; no la excepción. Creo que los marxistas han pasado demasiado tiempo centrándose e insistiendo demasiado en las contradicciones del capitalismo y no han querido ver un sistema que en realidad ha sido capaz de amortiguar todos los desafíos que se le planteaban. Tenemos que avanzar cuanto antes, de lo contrario no seremos nosotros sino la extrema derecha la que aprovechará este período de inestabilidad. La mayoría de la gente mira a su alrededor y, aunque se encuentre en una situación difícil, sabe que este no es el peor de los mundos posibles. Vivimos en un Estado semi-autoritario, pero también en una democracia capitalista, con un alto grado de riqueza y prosperidad. Nuestro objetivo debe ser decir que lo que tenemos no es suficiente, que es producto de un proceso social de creación de riqueza y que todo el mundo debe recoger sus beneficios. Tiene que estar basado en un mensaje positivo, no el habitual de la izquierda, excesivamente negativo y centrando en las pesadillas de las que quiere proteger a la gente.