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Alejandra Whitman: cuentos cortos.

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Selección de cuentos cortos de Alejandra Whitman, filósofa de la Universidad de La Salle (Bogotá).

Por: Alejandra Whitman / Democracia en la Red

La abuela Mohamed

Cuando era niña solía escuchar las conversaciones de mi abuela con sus amigas acerca de la vida, de Dios, del matrimonio y otras tantas veces de la muerte. Ella se llamaba Isabel Martínez de Gómez o Isabel la católica, para sus amigos de confianza, no porque fuera reina, sino porque era tan devota que de conocerla el Papa le daría una bula por su ejercicio tan extravagante y comprometido con la iglesia. Mi abuela era tan extravagante que se hacía llamar María Isabel Católica Apostólica y Romana, cuando solo era Isabel de Gómez, en semana santa solía ir a la capilla que quedaba cerca a la casa y rezaba 32 credos al mismo tiempo que hacia 32 nudos con una hoja de plátano, tan católica que rezaba el rosario 3 veces al día, y se quedaba hasta el final de las procesiones en fechas santas para colaborarle al cura a guardar los arreglos. Una mujer fiel a sus principios católicos hasta su divorcio con mi abuelo Alejandro Gómez, desde ese momento mi abuela dio un giro de 180 grados, ya no sería más Isabel de Gómez o la católica, pues se hizo llamar Cecilia Mohamed. El divorcio con mi abuelo la irrito tanto que término buscando su propia identidad en la lucha por los derechos de las mujeres, rechazando fehacientemente la oligarquía machista imperialista de la Iglesia y el Estado. Después de haberse convertido en una mujer temeraria, conoció a un hombre más joven y su lucha terminaría ahí, ya no sería Cecilia Mohamed, sino Cecilia de Otro, cualquiera que fuera, eso no importa.

Desplumando Gallinas

Un día en una de esas emocionantes clases de historia de la filosofía dice el profesor: “Los conceptos son los que dan sentido a las cosas” ¡Vaya! ¡Qué Claridad! Pensé. Por eso la idea de Dios tiene sentido, y si tiene sentido es porque se entiende, ahora comprendo a los creyentes, son creyentes porque entiende a Dios, y por ello Dios les da lo que ellos piden, dinero. Si es así con Dios, es así con todos los conceptos, pensé. Yo he creído y me he convencido de ser millonaria y aun así, materialmente me encuentro desprovista de ello. En ese orden, si soy creyente, esta vez no en Dios, sino en la idea de hacerme millonaria, que para efectos de peticiones es lo mismo, debería serlo y no lo soy, por lo que mi idea no le da sentido a la realidad, por el contrario hace que la realidad sea más difícil, no por la realidad en sí misma, sino por pensar que puede ser diferente. En tal sentido la idea de Dios tampoco debería hacer feliz al creyente, sin embargo, dura toda la vida pidiendo lo mismo y cada vez con más fervor, jamás he visto tanta paciencia en alguien, buenos si, en los pobres, que entre más oraciones profesan más ricos son, dicen ellos. Son como el hombre que se sienta a desplumar gallinas hasta desplumar la de los huevos de oro.

Mi encuentro con Dafoe 

Me encontraba en mi cuarto pretendiendo ver el Anti-Cristo de Lars Von Trier, tenía mis dudas de ver la película, ya que la mayoría de los autodenominados de izquierda populista troskysta y más allá, tienen como escritor de cabecera a Bukowski y como su director a Von Trier. No sé si sea casualidad, pero me ha pasado ya varias veces que al encuentro con un seudointelectual este presume de sus conocimientos del poeta  y de la contextura casi noúmenica de Von Trier. Esa presunción hizo que sintiera miedo, un miedo horrible al contagio de un saber culebrero ¡Oh Dioses! ¿Por qué nadie los entiende? Sin pensarlo un instante más  di play y la vi, cuando termine de verla pedí perdón  al director: “Perdonad Von Trier a esta mano de incomprendidos que no saben entenderte”. Después al acostarme tuve una pesadilla en la que Williem Dafoe me asaltaba, mientras me decía que debíamos derrocar la oligarquía y que todos los pobres seriamos ricos, al otro día me levante y me dije: Gracias Dafoe por asaltarme, jamás escucharé hasta luego comandante.

Raúl Gómez Jattin y la desmesura poética

3:58:00 p.m. Add Comment

Veinte años después de su muerte, la poesía de Jattin sigue sintiéndose como algo cercano porque fue construida con la materia de la vida cotidiana. Más allá del estereotipo que se ha hecho del autor, siempre vale la pena volver a leerlo.

Por: Lina Alonso / Razón Pública

Poeta estigmatizado

Recordamos hoy al poeta cartagenero, a 20 años de su muerte, como un caso de esos autores que ha contado con la fortuna de tener una prolífica divulgación en la historia literaria colombiana al tiempo que un mezquino reconocimiento por parte de sus coetáneos.

Aparece con la guayabera, el cigarro escondido en el bigote, la mirada negra y espesa bajo la turbia maraña de unas cejas que no hacen más que acentuar la frente enorme que parece curvarse por el hachazo de luz que atraviesa el rostro: esa fue la primera imagen que tuve de Raúl Gómez Jattin (1945-1997) después de haber ojeado una postal de la Casa de Poesía Silva.

Es curioso que muchos poetas colombianos no quieren reconocer a Jattin en el panorama poético local por ver en él lo cliché de la bohemia, el rótulo insigne del poeta ebrio en el que se dibuja el sello de maldito. Otros igual de audaces se acercan a él y a su poesía bajo la consigna del autor “homosexual, loco y drogadicto”, como si esta fuera la esencia de encontrarse con su palabra, aun con pleno conocimiento de la labor de Jattin, una labor que trasciende cualquier etiqueta.

Jattin no le habló al destino con las manos rotas (Toma mi mano/acaríciala con cuidado/ está recién cortada) solo por crear una memorabilia insignificante de sobrenombres y actitudes (Porque a la riqueza miro de perfil/ mas no con odio). Dejemos los rótulos y hablemos de frente como él le habló a la carne del mundo mientras ofrendaba la suya.

Miremos la poesía de Jattin en lugar de la persona –o tal vez sea hablar de lo mismo, tal vez no exista distancia alguna- por permitirnos habitar en el ancho Sinú que carga cada ser humano entre historias, sombras y nombres.

Literatura rebosante

Podrían rastrearse más de una serie de registros, por más intimista que parezca, en su escritura. Por ejemplo, el erotismo en Jattin es tan fuerte, colérico e intempestivo, guardando distancias, como el de Jorge Gaitán Durán. Aunque en el poeta cartagenero el cuerpo padece una fecundidad casi infantil, el cuerpo es extensión del universo en tanto que en él vibra y resuena el deseo como el origen de todo el sufrimiento del hombre. Todo en él se desnuda como la primera mañana de la historia, a veces son desmesuradas esas ansias de aferrarse a su sexo para penetrar en todos los misterios del mundo. Y este afán se me hace estoico a la vez que pueril, como toda terquedad, pero irremediablemente libre de moral alguna, libre en su totalidad.

El tiempo y su orgánica derrota en el cuerpo y en la memoria colinda con sus límites y sus diferencias con la poesía de Héctor Rojas Erazo, pero en Jattin hay algo singular y eso lo podemos presenciar en un libro como Retratos o Tríptico cereteano donde los nombres cobran, como en una escena de ese teatro que tanto amó en sus años de estudiante en el Externado, una vida progresiva.

Los amigos y sus rostros febriles e intoxicados de juventud, los primeros amores, Cereté y su tacto canicular, Isabel ojos de pavo real, Carlos el parricida, la cocinera de sexo animal y casi que inhumano se dibujan en cada uno de sus poemas que van construyendo palabra a palabra un álbum, una biografía policromática de su pasado.

Puede ser tan rebosante de una misma literatura, en el sentido referencial, como la de cualquier poeta que alce su pluma para recordar a esos fantasmas que pueblan los libros, la historia y las noches. Está por ejemplo Sherezada y su secreta herejía, ese callado hostigamiento que la eleva sobre las palabras más allá de la muerte, están los personajes que componen su libro Hijos del tiempo, entre ellos Penélope y Odiseo, Li Po, o Kafka.

La poesía de Jattin es violenta, es violenta porque se niega, es obstinada por esa constante reflexión del poeta que ironiza su infancia, sus locuras, sus desmanes mientras se excusa y se justifica en la escritura solo para afirmar “no hagas caso de los poetas, amor mío”, que es como afirmar su proceder en pos de su lógica privada mientras un país agonizante en la violencia e interminables guerras incontables se debate por instaurar morales de turno, por erigir modelos de control y restringir toda libertad espiritual en el marco de purificar toda la sangre derramada

La orfandad de la historia es en su poesía una suerte de designio: “Más allá de este instante que pasó y que no vuelve/ estoy oculto yo en el fluir de un tiempo /que me lleva muy lejos y que ahora presiento. Más allá de este verso que me mata en secreto”. Jattin es hijo de esas grandes ceibas, es hijo de su sombra tupida de aves y de canciones que recuerdan todas las andanzas magistrales o no de su vida, porque lo natural en él también resuena, el cielo es otra cabeza del poeta, los ríos son las venas fatigadas de él. En eso recuerda mucho a Antonio Machado, lo recuerda por posicionar al poeta como continuidad de mundo y del paisaje.

Fruto de su desmesurada violencia, la locura no es escándalo, estilo o elogio, es el orden singular, es su razón privada, su eje de rotación, no un rótulo, mucho menos una consecuencia. Sería fácil decir que fue la muerte de su padre, que fueron sus pulsiones zoofilicas, que fue el abandono de su madre o las drogas lo que lo llevaron a la locura, pero no. Esa vesania no fue adrede ni resultado de nada, era el punto final de su poesía.

Vida y muerte en la calle

Ya sea por su muerte incierta y emblemática, por su vida descoyuntada, errática y etílica, ya sea por su sola poesía y su legado literario, el nombre de Jattin ha contado con la fortuna de no perecer bajo el manto lotófago con el que se arropa el país.

La poesía de Jattin es de esas que uno se encuentra todos días en la calle, es de esas a la que uno le estrecha la mano o que fácilmente se siente cercana en cualquier momento por estar escrita sobre el crisol imperecedero de la miseria, del abandono, de la soledad con la que todos los días las horas nos enfrentan en la cíclica batalla del tiempo.

Encontrarse con las palabras de Jattin es entender el desamparo al que se pueden ver un montón de condenados día a día en los andenes, en las clínicas, en el desamor o cualquier desencuentro con el designio de la fortuna y es que la voz del poeta, en su vastísima autoreferencialidad elimina las fronteras de una sola interpretación. Entre muchas cosas más, Jattin es un poeta al que siempre se vale volver.

“Cuando llegó tu carta rumorosa como el viento/había lanzado todos los libros a la calle/ y como no estaba el mío me tiré yo mismo a la intemperie”. Así se lanzó Raúl Gómez Jattin a la vida, a las palabras y a la misma poesía: completamente desnudo y desprendido como una bestia que ha recibido con encono todo el rechazo del mundo, creando a su vez una región abierta y transparente hasta sus últimas consecuencias. “Intento ser sincero con lo enfermo que estoy/ y entrar en el maleficio de tu cuerpo /como un río que teme al mar pero siempre muere en él”.

Reseña de "Neruda, el príncipe de los poetas".

5:01:00 a.m. Add Comment

Reseña del libro de Mario Amorós: Neruda, el príncipe de los poetas (Barcelona, Ediciones B, 2015).

Por: Salvador López Arnal / El Viejo Topo.

De la página 553 del libro que comentamos:

“Mientras el dolor y las lágrimas ahogaban a Joan Jara, Virginia Vidal se acercó para abrazarla. Le preguntó por sus hijas, Manuela y Amanda, y por el ensañamiento de los militares con el creador de “Manifiesto” y “Plegaria del labrador”. “Si hubiera viso su cuerpo tan hermoso… Una sola masa negra, morada, machacada, desgarrada… Me costó hallarlo entre tanto cadáver” Fue en aquella improvisada manifestación cuando tomó conciencia de que jamás se sentiría abandonada. “Era muy poderoso el sentido de identidad colectiva frente a una tragedia colectiva y muy fuerte la sensación de un pueblo moralmente herido que sigue lacado”.

Tampoco Matilde Urrutia pudo olvidar nunca esos mementos tan emocionantes. “Aquella miradas en que se mezclan el dolor y la rebeldía. Cada uno de ellos siente el horror ante la suerte infligida a tantos amigos y parientes: apresados, escondidos, agonizando en las torturas. Y en ese momento de oscuridad asfixiante, como un grito de liberación se escucha: “¡Compañero Pablo Neruda, presente, ahora y siempre!” Este grito me trae un rayo de luz, de esperanza, este es un pueblo vivo…”

Si las palabras que acabo de copiar no les dicen nada, esta biografía del gran poeta chileno no es su libro. Si, como el mismo poeta escribiera, sienten estas palabras en su corazón, este gran trabajo historiográfico les está destinado. Está pensado para ustedes. No se lo pierdan.

No les debe asustar el número de páginas ni las más de 1.660 notas a pie de páginas ni las 20 páginas de bibliografía. Esta biografía de Neruda, que ha necesitado la consulta de unos 20 archivos (los de Estocolmo y Moscú incluidis) se lee como las buena novelas, como los buenos ensayos, como los libros inolvidables: quedamos atrapados en sus páginas y salimos con un rico caudal de ganancias. Intelectuales y emotivas.

No estoy puntualmente al día de las numerosas y ricas aportaciones sobre la vida y la obra del poeta de “Residencia en la tierra”, de este gran autor universal, de este enorme, querido y admirado intelectual comprometido con todas las causas justas de la tierra, más allá de algunas posiciones que pueden parecernos erróneas desde nuestra perspectiva actual pero que mantienen toda su racionalidad e integridad ubicadas en su tiempo y coordenadas. Sin poder asegurarlo, dudo que haya algún artículo, algún texto, alguna entrevista necesaria, algún estudio importante, algún archivo que se haya escapado a la inquiera y penetrante mirada, al impresionante trabajo de este joven historiador ya imprescindible siempre con el Chile socialista, comunista y resistente en su corazón..

No es por supuesto la primera vez que Mario Amorós nos acerca de la cultura y la política chilenas. Hay libros imprescindibles en sus anteriores aproximaciones. Son muchos los ensayos que figuran en su haber. Pero me atrevo a sugerir que este Neruda, el príncipe de los poetas, como lo fuera su anterior biografía sobre Allende, es uno de los libros más sentidos, más vividos, de los más sufridos incluso.

Sobre esto último, sobre el sufrimiento del autor (que todos compartimos 42 años después) basta hacer referencia a los capítulos dedicados al golpe fascista de 1973 y a la muerte de Neruda 12 días después. No aptos para menores ni para almas sensibles… pero, por favor, no se los pierdan. La rabia, la justificada rabia, como escribiera otro gran poeta, muy amigo de Neruda, Rafael Alberti, correrá por sus venas y arterias. Ni una sola se librará de la influencia. ¡Cómo fue posible tanto error, tanta muerte!

Hay, además, una insistencia justificada en torno a un nudo que fue central de la vida, del compromiso poliético de Pablo Neruda: lo que para él significó la II República española y la guerra civil, y la figura, inconmensurable, del poeta asesinado, de su amigo Federico García Lorca. Y, por supuesto, Miguel Hernández.

¿Poeta asesinado? ¿Fue también Neruda asesinado? Amorós, como historiador prudente y documentado, nos muestra el panorama actual de la cuestión en el epílogo (“El último enigma. ¿Fue asesinado Neruda?”, pp. 559-562), sin precipitarse en el juicio. Soy yo quien habla ahora basándome en sus informaciones y análisis: no es, pensar en el asesinato, una hipótesis descabellada. Tendremos nuevas noticias e informaciones científicas e históricas a lo largo de 2016. Sea como fuere, no hay ninguna duda que el golpe criminal de aquel 11 de septiembre que nunca olvidaremos aceleró su muerte, una muerte que por supuesto pudo ser provocada y diseñada. Las hienas, las humanas, no tienen límites en sus ingominias.

Se podrá apuntar, críticamente, que apenas hay en esta biografía comentarios literarios sobre la obra poética, teatral y novelística-biográfica del autor (recordemos aquel libro que tanto nos impresionó de jóvenes, Confieso que he vivido). Sería injusto expresarnos en tales términos. No ha sido esa la finalidad del autor. Pero en todo caso, Amorós, aquí y allá, tiene el suficiente buen criterio para regalarnos siempre afirmaciones contextuales e internas a las obras comentadas de interés y en remitirnos a documentados comentarios literarios sobre la importancia poética-artística de las obras comentadas. No hay ausencia, pues, en este ámbito no central de esta aproximación biográfica, histórica y política.

En síntesis: no se lo pierdan. Y, por favor, practiquen el boca a boca. Todo lo que puedan. Díganselo a amigos y compañeras. Muchos, es un honor decirlo, nos hicimos comunistas leyendo a Pablo Neruda, leyendo incluso un poemario triste pero que sigue siendo inolvidable: Residencia en la tierra. Y con los Veinte poemas de amor por supuesto.

Lectura Digital vs. Lectura Impresa.

7:14:00 a.m. Add Comment

El anunciado apocalipsis de los libros no termina de suceder. Las obras impresas, contra todo pronóstico, aún resisten el asedio digital. Entre la maraña de folios y bytes, este autor rescata tres libros recientes para comprender, o por lo menos vislumbrar, la evolución del libro –y la lectura– en tiempos de internet.

Por: Julio Paredes* / Arcadia.

Con una creciente producción de artículos, libros, blogs, sitios web, links, etcétera, que ocupan millones de folios impresos y, claro, miles de millones de bytes, los asuntos digitales llevan más de medio siglo como tema central de investigaciones y de reflexiones múltiples, encontradas y muchas veces contradictorias, que se han nutrido desde la perspectiva de disciplinas o ecosistemas dispares como la informática y las humanidades, hasta la gestión de la editorial comercial, pasando por los análisis del discurso político, las veleidades íntimas de las celebridades o algún otro tipo de desasosiego que se pueda sintetizar en un tuit.

Desde la más amplia panorámica de lo que entendemos hoy por el mundo digital, un gran porcentaje de todo ese acopio masivo de datos resulta intraducible o imposible de abarcar, y, por lo tanto, no pareciera existir aún ningún acuerdo unificado sobre el verdadero valor de la información (sagrada, profana, íntima, clandestina, especializada) que por el simple hecho de existir adquiere de inmediato la suficiente realidad para migrar a la nube; para navegar por internet independientemente de si, al otro lado de la pantalla, exista alguien que la consulte, la lea, aprenda o se conmueva. 

Para este instante, y como sucede dentro de todo universo que tiende al caos, uno podría aventurar que la trama digital ha sido desde sus comienzos refractaria a las conclusiones y las verdades absolutas; a pesar de la también creciente invasión de expertos improvisados que guardan la receta para transitar sin afanes por el jardín de la realidad virtual o, en el otro extremo, los gurús apocalípticos que ven en internet un alimento para la desidia adolescente. Tal vez por eso aún no resulta tan sencillo para un lector, más o menos curioso, identificar los límites verdaderos que separan una reflexión juiciosa, depurada en el tiempo, de una simple opinión personal, aleatoria, anecdótica, impulsada por la misma facilidad engañosa que acompaña la entrada, online, a este universo. 

Un desafío adicional para el lector está en cómo identificar y llegar a uno o más títulos donde sus autores no solo aborden los temas ya centrales y decantados en esta discusión profusa y dispareja, como es el caso del futuro del libro, el hipertexto, los nuevos significados de la lectura y la escritura, el papel de los dispositivos inteligentes o de las redes sociales en la difusión de contenidos, el acceso libre y autónomo a los resultados de la investigación científica –entre muchos otros–, sino que propongan un giro inesperado que ayuden a nutrir sus intuiciones espontáneas y agreguen valor a la reflexión, iluminándola gracias a un análisis lúcido y revelador.

Roberto Casati, filósofo italiano, director del cnrs (Centre National de la Recherche Scientifique) en París, consigue, sin duda, en los cinco capítulos que le dan forma aElogio del papel, contra el colonialismo digital (Ariel, 2015), plantear con una claridad meridiana una de las tesis más complejas a la hora de asimilar el poder de las tecnologías: hasta dónde se acepta y se negocia su influencia en las decisiones fundamentales que cada uno de nosotros debe tomar como individuo, ciudadano, investigador, maestro o lector contemporáneo. 

Con la necesaria aclaración inicial de no escribir bajo el dictado de las convicciones de un ludista anacrónico, un recalcitrante destructor de máquinas, Casati propone acercarse al tema digital desde una zona intermedia. Es decir, aceptar sin pudores innecesarios que la tecnología es una herramienta útil, ineludible para resolver y adelantar muchísimas prácticas académicas, por ejemplo, pero sin perder de vista que, también, detrás de la utopía digital, disimulada bajo los espejismos de la comodidad, la facilidad y el avance tecnológico, hay una apuesta ideológica que banaliza y desvirtúa varias de las actividades humanas centrales que, a lo largo de la historia, han permitido formar individuos con un juicio crítico, libre y autónomo. Gracias a esta lectura equilibrada de lo digital, Casati desmonta algunos mitos establecidos como el de “los nativos digitales”, el multitasking o los algoritmos que dictan un perfil de lector, entre otros.

Habría, para Casati, cuatro límites, cuatro entidades casi ontológicas, innegociables a la hora de contrarrestar la invasión directa de la tecnología en la toma de decisiones: la sustitución del maestro de carne y hueso por el maestro electrónico en el salón de clase; la resistencia a las falsas verdades que, por ser masivas, manipuladas por la anónima sociedad de la red, o por el hecho de venir en un dispositivo de moda, se consideran incontestables; la objeción al voto electrónico, derecho individual que debe permanecer blindado ante cualquier injerencia virtual anónima y, por último, la lectura en profundidad, no fragmentada por una atención desperdigada que, a posteriori, incide en una memoria apenas episódica. Una lectura que nos permite el libro en papel, y que ningún dispositivo de última generación (smartphone o ereader) ha podido desbancar.

Pero si el tema de la lectura en profundidad es uno de los paradigmas más recurrentes a la hora de revisar la bibliografía sobre los dilemas digitales, ¿qué sucede cuando el lector se pregunta sobre la escritura más allá del papel impreso? ¿Cuándo los contenidos ya no solo son leídos sino han sido pensados y escritos para y en el ámbito digital? ¿Cuándo el contenido digital se ha convertido en el marco teórico, el tema y el resultado de la investigación académica contemporánea en disciplinas donde, para agudizar aún más el paradigma, permanece viva y sin resolver la polémica misma sobre el sentido y el significado de la investigación, de su medición y calificación, como sucede hoy en día con las humanidades, las ciencias sociales o las ciencias humanas, según quien la plantee?

En El desorden digital. Guía para historiadores y humanistas (Siglo XXI, 2013), Anaclet Pons propone una inmersión exhaustiva en el análisis de los cambios estructurales, desafiantes y, por qué no decir, dramáticos, que han experimentado las humanidades en su reciente aproximación al universo digital. Gracias a su experiencia como historiador, catedrático, promotor editorial y traductor, Pons reflexiona sobre el nuevo sentido de una disciplina como la historia, territorio donde, hasta hace relativamente poco, las tecnologías perturbaban y el ambiente del trabajo académico permanecía inmune o alejado de influencias que no fueran tangibles o terrestres, como las bibliografías en papel y el santuario del archivo. 

Pons agudiza la reflexión sobre lo que le ha sucedido al historiador contemporáneo (principalmente en los ámbitos académicos anglosajones y europeos) cuando descubre que el universo de lo digital, dentro de su misma disciplina, se convierte en un tema urgente de investigación; pues esta irrupción, ya inevitable, obliga a cambiar radicalmente la manera primordial, simbólica, de concebir y llevar a cabo sus tareas de investigador. Evidentemente, si los nuevos ecosistemas le disparan al investigador datos abrumadores sobre la producción promedio anual académica (250 millones de artículos en revistas, por ejemplo), las prácticas de recopilar, estudiar, leer, citar información necesitan cambiar de naturaleza. 

Entendido como una guía en ocho capítulos, El desorden digital tiene, en efecto, la virtud de ofrecer no solo una bibliografía completísima sino un recuento ágil y panorámico de asuntos centrales como la lectura en los espacios académicos, la escritura grupal y anónima en ecosistemas como Wikipedia, o el verdadero valor del desarrollo tecnológico de los dispositivos para la investigación de contenidos científicos interactivos, y, a modo de colofón, el origen de concepciones como Digital Humanities o Public History, herramientas útiles y apremiantes para un medio académico donde la discusión apenas comienza.

No cabe duda de que para acercarse a una comprensión de los efectos causados por los modelos digitales, de las consecuencias de la transformación mental y física que conlleva esta migración, resulta necesario también un relato de los inicios y la evolución histórica de este tránsito. El tema ha sido argumento central de muchísimas investigaciones, publicadas y difundidas de una manera casi paralela a los descubrimientos en estos más de 50 años. En La cuarta revoluciónSeis lecciones sobre el futuro del libro (Ed. Uniandes-Eduvim, 2015) Gino Roncaglia, doctor en Filosofía y catedrático de informática aplicada a las humanidades de la Universidad de Tuscia, fundador de Liber Liber, asociación promotora del Proyecto Manuzio, ofrece al lector no especializado una esclarecedora travesía por esa especie de selva oscura que es el asunto del e-book y los nuevos soportes de lectura. 

En una línea de reflexión que vincula los análisis de Roberto Casati y Anaclet Pons, y lo aproxima a teóricos fundamentales como Roger Chartier, Robert Darnton o Anthony Grafton, Roncaglia examina la evolución de la idea del libro entendido, desde su invención, como un producto cultural que descifra el mundo, es decir, el objeto que nos permite leerlo y escribirlo, hasta llegar a convertirse con la revolución gutenberguiana en la interfaz perfecta, insuperable, para soportar cualquier contenido. Sin embargo, con el avance de la innovación tecnológica, con el perfeccionamiento de los soportes de lectura, surge una nueva revolución, que replantea la pregunta sobre las transformaciones de la textualidad. Quizás parte del enigma digital lo identifique el lector en una paradoja que revela Roncaglia: la búsqueda infatigable del soporte electrónico por acercarse, migrar y parecerse cada vez más a un libro impreso en papel. 

Al final, aún desconocemos la verdadera y visible naturaleza de la lectura y los lectores digitales, si es que en realidad algo así pueda existir. Por ahora, nada ha superado aún el hecho misterioso de una biblioteca impresa que, gracias a la acción secreta de sus propios fantasmas, se puede apoderar de los espacios íntimos y tangibles de una casa. 


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Escritor y editor de la editorial de la Universidad de los Andes