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Diego Maradona: semblanza de una deidad de potrero.

5:22:00 a.m. Add Comment




Podría ser demasiado precipitado cambiar su célebre frase “la pelota no se mancha” por un escueto “la pelota nunca rodará igual”, pero este año nos sorprende de forma tan desagradable que no hay que negarnos a lanzarnos al vacío, más después de la herida profunda que ha dejado la partida del Diego, la deidad de potrero que ha cambiado por completo la retina y el corazón de quienes le debemos gratitud al deporte más ingrato del mundo.

Por: Felipe Pineda Ruiz / Democracia en la Red

"No me importa lo que haya hecho con su vida, pero cambió la mía”, con esta escueta frase el siempre crudo caricaturista rosarino Roberto Fontanarrosa definía a Diego Armando Maradona, recientemente fallecido de un paro respiratorio en la ciudad de Buenos Aires, a la edad de 60 años. Muchas conjeturas se tejieron durante décadas sobre el ídolo argentino, la mayoría relacionadas con los episodios más oscuros de su vida personal: su tóxico vínculo con su apoderado Guillermo Coppola y la “camorra” del sur de Italia, que devino en su adicción a la cocaína; sus constantes cambios de ánimo; su tortuosa relación con cierto sector del periodismo; sus continuas peleas con la cúpula de la FIFA, controlada por el brasileño Joao Havelange y el suizo Joseph Blatter en su época de jugador; su eterna pelea con el establishment mundial; su amistad personal con Evo Morales, Fidel Castro, Hugo Chávez, y Gabriel García Márquez, que le valió la etiqueta de “izquierdista”.

 

Al margen de estas tendenciosas vicisitudes, de las cuales se ocupa la gran prensa por estos días, a Maradona se le debe recordar por sus centenares de momentos de magia que brindó en la cancha, por las gambetas de sus comienzos en el club infantil “cebollitas” y en el modesto Argentinos Juniors, por los rivales dejados sin contemplaciones en el césped durante su paso por Boca Juniors, por callarle la boca a un puñado de jugadores veteranos que semanalmente lo ninguneaban en su primera etapa como futbolista (Gatti, Perfumo, Pasarella), por soportar los golpes más bajos, por parte de sus rivales, en el balompié “todovale” de los años ochenta europeo, por devolverle la fe a un modesto equipo del Sur de Italia (Nápoli), quien para esa época (1984) tenía por costumbre arrodillarse y sucumbir ante las poderosas escuadras del norte del país (Juventus, Milan, Inter).

 

Y es precisamente en esta ciudad, Nápoles, donde el mito de Maradona emergió para doblegar el ego de la Italia rica, la de las escuderías y fábricas automotrices, y lograr que los “Partenopeos” obtuvieran lo impensado hasta ese momento: dos scudettos de la Liga Italiana y una Copa de la UEFA, en una era dominada por la poderosa Juventus de la FIAT, Trapatoni, Platini, Boniek, y Laudrup; el Milan de los holandeses (Gullit, Rijkaard, Van Basten); y el Inter de los alemanes (Matheus, Brehme).

 

Y no es poca cosa: Maradona brilló en los años ochentas, una era aciaga para el espectáculo del fútbol mundial. La liga italiana no fue la excepción: el diez soportó casi en silencio los rigores del “cattenacio” y la inclemencia de sus adversarios, con la camiseta del Nápoli, ante la mirada cómplice de decenas de árbitros que permitían que los defensores molieran a patadas al Diego en cada cancha, en cada finta, en cada corrida. Sin embargo, aquello no impidió que los Taconi, los Zenga, los Galli, o los Illgner, y otros goleros con menos pergaminos, cayeran durante seis años rendidos a sus pies, humillados a pedir de boca cada domingo.

 

Mi primer mundial, de la mano del Diego.

 

En el ocaso de aquellos años de Maradona, por los estadios del Calcio, llegó la Copa del mundo de Italia 90. Todavía me acuerdo, vívidamente, como seguía aquella gesta global con ojos totalmente nuevos. Me quedaba atónito al ver cómo toda mi familia le hacía fuerza a todos los equipos que se cruzaron con la selección Argentina en esos siete juegos. Fue un campeonato de principio a fin mediocre, timorato, defensivo, saldado con el promedio de gol más bajo de toda la historia de los mundiales (2,2 por partido).

 

Juego a juego fui testigo de los insultos de mis congéneres contra Argentina, apoyando rabiosamente a Camerún, Unión Soviética, y Rumania en la primera ronda. Luego, con más ahínco, los improperios se dirigieron hacia Maradona en los octavos de final, en aquel partido contra el Brasil de Sebastiao Lazaroni, el Brasil de la mayoría de colombianos amantes del hipócrita de Pelé. Varios tiros al palo, y la mala suerte Carioca, se consumaron en una sola jugada, con un solitario gol en el extratiempo. El Diego, después de una excepcional jugada en el medio campo, habilitaba a Caniggia para vencer a Tafarel, ante el asombro de tíos, primos, y hasta abuelos.

 

Lo mismo sucedió en los penales contra Yugoslavia e Italia, cuartos de final y semifinales respectivamente, en donde tímidamente uno que otro familiar hincha de Millonarios le hacía barra al portero de los “gauchos”, Goicoechea, más no a la albiceleste, celebrando cada tiro desde los 11 pasos atajado por el ex golero albiazul con cierta vergüenza.

 

Maradona jugó con el tobillo inflamado esos siete partidos, infiltrado para no sentir el dolor de las patadas propinadas por los múltiples rivales que enfrentaba, acumulando el record de fouls a un solo futbolista en un certamen (45 en total). La final no fue la excepción en lo que a marcajes bárbaros se refiere. Aquella derrota Argentina, dirigida por el árbitro mexicano Edgardo Codesal, recordado por condicionar a Maradona desde los himnos, fue un festín de patadas obscenamente escalonadas por los alemanes Kohler, Bremhe, Augenthaler y Buchwald, ávidos todos de venganza por lo sucedido en la final de México 86.

 

Los golpes sufridos durante los seis partidos restantes hicieron mella en el rendimiento de Maradona en ese partido, quien no pudo revalidar el título conseguido cuatro años atrás de la mano de Carlos Salvador Bilardo, quien relanzó su carrera y su rol dentro de la cancha.

 

1990 en adelante: el ocaso de la deidad llamada D10s.

 

Después de Italia 90 vino el declive para el dios del futbol: en 1991 dejó Nápoli, en un vuelo incógnito a media noche, después de haber dado positivo para cocaína en un rutinario control antidoping ante el Bari. En 1992, luego de la suspensión, aterrizaría en Sevilla para ser dirigido por Bilardo, su adorado tutor, en un fugaz paso cuyo resultado fueron 30 partidos y 7 goles. En 1993 vuelve a la Argentina para vestir, durante solo 8 partidos, la camiseta del Newells Old Boys de Rosario. En 1994 disputa el Mundial de Estados Unidos, el torneo del impresionante gol a Grecia en primera ronda, donde da positivo por cocaína después de aquella recordada contienda.

 

Podemos decir que los años posteriores de Maradona fueron absolutamente intrascendentes, en especial el periodo 2000-2018. Sin embargo, nadie hubiera podido imaginar que su reciente paso fugaz por la dirección técnica de Dorados de Sinaloa (2018-2019), equipo de segunda residente en la ciudad sede del cartel de drogas más grande de México, terminaría con un retiro voluntario que facilitaría su última llegada al banquillo técnico de un equipo.

 

La Plata, segunda urbe del Gran Buenos Aires, le abriría sus puertas para que Gimnasia, la segunda escuadra más connotada de la ciudad, después de Estudiantes, lo recibiera con bombos y platillos como su flamante DT. En “el lobo” Maradona logró convertir cada una de sus visitas por las canchas argentinas en una minigira de despedida no planeada, que se saldaría con homenajes en múltiples estadios del país. En el preciso momento que el ídolo de Villa Fiorillo había logrado relanzar su carrera, y alimentar el mito viviente, llega la devastadora noticia de su muerte el pasado 25 de noviembre, mismo día que partió el excéntrico delantero Galés del Manchester United George Best y el combativo líder de la revolución cubana Fidel Castro.

 

Podría ser demasiado precipitado cambiar su célebre frase “la pelota no se mancha” por un escueto “la pelota nunca rodará igual”, pero este año nos sorprende de forma tan desagradable que no hay que negarnos a lanzarnos al vacío, más después de la herida profunda que ha dejado la partida del Diego, la deidad de potrero que ha cambiado por completo la retina y el corazón de quienes le debemos gratitud al deporte más ingrato del mundo.

 



[1] Publicista, investigador Fundación Democracia Hoy. Analista político. Director del Laboratorio de Innovación Política Somos Ciudadanos.

Narrativas en disputa: comunicación política en tiempos de Covid19.

7:09:00 a.m. 1 Comment

En suma, la pandemia de la Covid-19 ha servido para que la comunicación política alternativa consolide una plataforma de reflexión y acción que contrarreste el inmovilismo, y permita que perspectivas teóricas contrahegemónicas emerjan para disputarle el sentido común al modelo cultural y económico dominante
Por: Felipe Pineda Ruiz[1]  
El desenfreno de nuestros días no se vive únicamente en las interminables rutinas modernas, caracterizadas por jornadas más prolongadas, y desplazamientos cada vez más largos hacia los lugares de trabajo.
La comunicación, el transporte y, quien lo creyera, los virus, también se han contagiado de ese azaroso vértigo de nuestra atareada modernidad.
El Síndrome Respiratorio Agudo Grave (Sars-Cov-2), más conocido como Corona Virus, Covid-19 (de ahora en adelante),  apareció en la ciudad de Wuhan (China), a finales del año 2019, siendo la primera epidemia expandida en cuestión de días en toda la historia. Mientras sus predecesoras peste negra (siglo XVIII), cólera (siglo XIX) y gripe española (XX) llegaron a otros continentes en largos y lentos viajes por barco, la Covid-19 se expandió en horas, por todas las latitudes del planeta vía aeropuertos.
La Covid-19, es la primera pandemia vivida por los seres humanos a nivel global en la era digital, pues el Sars, el H1N1, y la gripe aviar no lograron alcanzar dicha magnitud.
Esta coyuntura de la epidemia ha servido para enfrentar a dos narrativas antagónicas, desde el terreno de la comunicación política: la del statu quo por un lado, y la de partidos y movimientos anti hegemónicos por el otro.
Dicha disputa por el relato, le ha servido al poder global para asimilar la actual coyuntura a una mediada por la guerra, en donde las metáforas bélicas pululan y emergen como respuestas discursivas desde los Estados, no solo para prepararlos institucionalmente para la crisis, sino para blindar y acorazar psicológicamente a sus conciudadanos. Palabras como lucha, combate, batalla, y términos nuevos como aplanar la curva, paciente cero, y estado de alarma hacen parte del marco discursivo con el cual diferentes Gobiernos se enfrentan a un enemigo invisible al que resulta difícil de atacar. 
Dicho marco discursivo belicista es acompañado de una narrativa estatista basada, según el argentino Cristian Secul, al estudiar el caso argentino, en 4 pilares:  Estado, solidaridad, unidad y ética. Para el autor, estos 4 ejes están configurados como un "basamento trascendental (de cuidado, de resguardo, de contención), donde la función solidaria opera desde la integralidad y es la piedra fundamental de “la lucha contra el hambre en la Argentina”; la unidad es la clave para alcanzar el renombrado “Pacto Social” o “Contrato Social” que consolide el cierre de la grieta (al menos, en términos de relato de enemistad); y, por último, la ética es la pasarela que permite alcanzar la justicia y la capacidad fraterna en las acciones” [2]
A pesar del despliegue mediático e institucional, las limitaciones de los discursos militaristas y estatistas de la pandemia han quedado en evidencia ante la inadecuada gestión de la crisis, y ante la imposibilidad de responder a las preguntas ¿qué hacer si la “guerra” se prolonga? ¿Que respuestas estructurales pueden ofrecer más allá del influjo ideológico-comunicativo? ¿cómo hablarle de lucha y combate a los enfermos si las unidades de cuidados intensivos son insuficientes y mal dotadas?
Es allí donde ambos discursos para afrontar la pandemia, tanto el militarista como el estatista, han encontrado una válvula de escape: recurrir a los Estados de sitio y/o excepción para derrotar al enemigo interno, en este caso el Covid19. Acuñado en 2007, por la periodista Naomi Klein, en su libro con el mismo nombre, la "doctrina del shock” emerge como la salida calculada y drástica del poder económico y político mundial para las guerras, crisis y catástrofes emergentes. 
Probado en las dictaduras del cono sur, en la lucha contra el terrorismo contra Al Qaeda, en el huracán Katrina, en la crisis económica norteamericana (2008) y Europea (2011-2015), y en nuestra versión local en la lucha contra las Farc, este mecanismo ha dotado de herramientas al poder global para decretar medidas económicas y sociales contra las mayorías en tiempos excepcionales, valiéndose del miedo inducido a las poblaciones desde los medios masivos de comunicación. [3]
En esta coyuntura, esa noción del shock, de la conmoción, se expresa mediante la limitación de las libertades individuales y económicas de las personas, traducida en cuarentenas prolongadas, paquetes de medidas económicas excepcionales, transferencia de multimillonarios presupuestos estatales al sector financiero global, militarización de las calles, penas de muerte inducidas en las cárceles y poderes plenipotenciarios a las fuerzas armadas de los estados para cometer todo tipo de arbitrariedades. 
Sin embargo, a diferencia de otros periodos marcados por la guerra, la epidemia, y las hambrunas, las sociedades cambiaron al igual que la comunicación: del rígido verticalismo que la dominaba hasta mediados de los años 90, en donde las cadenas nacionales, los canales de noticias por cable y los periódicos oficialistas dominaban el grueso de la comunicación, y transmitían solamente los mensajes gubernamentales, pasamos a la era digital regida por internet, en donde millones de personas pasaron de ser consumidores de información a productores y consumidores de la misma (prosumidores[4]). Este fenómeno explotó principalmente al fragor del auge de las “.com” a finales de los años 90 y principios del 2000 (web 1.0). Posteriormente aparecieron las redes sociales, Facebook, twitter, hi5, myspace, para hacer que dicha interacción se volviera todavía más dinámica y veloz.     
La irrupción de las redes sociales logró que el activismo y la comunicación en redes se tradujera en la organización horizontal de plantones y manifestaciones políticas multitudinarias a lo largo del planeta. Casos paradigmáticos como la primavera árabe, Occupy Wall Street (EE.UU), y los indignados en España, convirtieron la comunicación digital en movimientos políticos a lo largo y ancho del planeta. De ese proceso, de ascenso movilizatorio y de reconstrucción de sentido, aparecieron partidos como 5 Estrellas (Italia), Syriza (Grecia), Podemos (España) y los Socialistas Demócratas de América, ala adherida al Partido Demócrata liderada por Bernie Sanders.
Y han sido precisamente las redes sociales las que cambiaron la correlación de fuerzas en esta coyuntura actual, dominada por la Covid-19. En los epicentros de las democracias occidentales, y en sus periferias, cada vez es más difícil ocultar las cifras, los muertos, las negligencias y los actos de corrupción. La velocidad fluye más rápido que la censura misma, las redes se han encargado de evidenciar las grietas de los estados de bienestar, así como el hambre y la pobreza estructural, en decenas de países.
Dicha pobreza endémica, que la Covid-19 desveló, ha desentrañado el fracaso del modelo económico hegemónico global en sí, poniendo en evidencia los límites del neoliberalismo. La crisis, a su vez, ha servido para poner en el eje central del debate la desigualdad imperante y para convertir en colectivo, y multitudinario, el sufrimiento individualizado de ese “sálvese quien pueda” que fragmenta los lazos de fraternidad y cooperación. Los cacerolazos en diferentes lugares del mundo, y la solidaridad entre vecinos, restablecen el tejido social perdido por décadas en tiempo presente.
Asimismo, la dinámica de las redes, y de la multiplicidad de medios de comunicación contrahegemónicos y alternativos moderados -The Guardian, Washington Post, Publico.es, The Telegraph, La Silla Vacía, por citar algunos ejemplos- ha sido la que ha permitido poner en evidencia la verborragia discursiva y la incapacidad del populismo de derechas -Trump, Orban, Añez, Bolsonaro-, del populismo de izquierdas -López Obrador, Ortega, Maduro-, y del neoliberalismo de centro -Macron, Duque, Merkel, Piñera- para dar soluciones concretas a las prioridades de la epidemia -reducir el número de infectados, aumentar la capacidad instalada de los hospitales, dotar a las UCI de ventiladores-.
No obstante, el populismo de derechas ha intentado utilizar la coyuntura como caldo de cultivo para exacerbar múltiples nacionalismos y poner en el centro la noción del enemigo interno y externo. Tal como lo señala Slavoj Zizek en reciente artículo “La actual expansión de la epidemia de coronavirus ha detonado las epidemias de virus ideológicos que estaban latentes en nuestras sociedades: noticias falsas, teorías conspirativas paranoicas y explosiones de racismo”.[5]
Como respuesta, la ciudadanía crítica en diferentes lugares del planeta ha logrado viralizar en tiempo real el desprecio de Trump y Bolsonaro por la ciencia y por los efectos de la Covid-19. Millones de personas han podido ver, comentar y compartir en redes el video de Trump cambiando su tono con respecto a la pandemia[6], y el de Bolsonaro refiriéndose a ella despectivamente como una “simple gripa”[7]
De igual forma la comunicación digital, tan viral como el Covid19, ha permitido que la acción presencial de las veedurías, ongs, colectivos, sectores políticos de oposición, y grupos de presión, se realice desde las redes sociales. Como resultado, los organismos de control estatales han canalizado parte de esas denuncias de corrupción para hacer seguimiento y hacer alertas tempranas[8]. En el caso colombiano no hubiera sido posible evidenciar como diferentes gobiernos locales en el país están incurriendo en sobrecostos en las ayudas a poblaciones vulnerables, ni desvelar como están realizando gastos suntuosos en campañas de comunicación, análisis de medios, publicidad institucional, y pancartas y cartillas, rubros lejanos de las prioridades que exige la pandemia. Muchos de esos contratos han podido ser revertidos gracias a la presión ciudadana.
De otra parte esta coyuntura ha servido también para que la biopolítica, o relación entre la vida biológica y la intervención política, gane protagonismo. En “Biopolítica y Coronavirus”, el filósofo italiano Roberto Esposito señala como ese proceso dual de medicalización de la política y politización de la medicina vuelve a tomar lugar a raíz del Covid19 cuando afirma que "la política, desvaneciendo sus coordenadas ideológicas, ha acentuado cada vez más un carácter protector contra riesgos reales e imaginarios, persiguiendo temores que a menudo se produce a sí misma. Por otro lado, la práctica médica, a pesar de su autonomía científica, no puede dejar de tener en cuenta las condiciones contextuales dentro de las cuales opera. Por ejemplo, las consecuencias económicas y políticas que determinan las medidas sugeridas”[9]
Este proceso dual también ha afectado a la comunicación: así como los tecnócratas, políticos, intelectuales y economistas han tenido que aprender sobre la pandemia, los médicos han tenido que adaptar su forma de comunicar los tecnicismos de su área para hacerlos legibles e interpretables para las personas del común. Sin embargo, la comunicación científica también ha sido contagiada por esa inmediatez viral de las redes, al verse afectada por la publicación exprés de documentos no revisados en repositorios, ni por pares. Esta rapidez ha traído como consecuencia la proliferación de cadenas de whats app con estudios falsos sobre la pandemia o preprints difundidos sin comprobación alguna.
En suma, la pandemia de la Covid-19 ha servido para que la comunicación política alternativa consolide una plataforma de reflexión y acción que contrarreste el inmovilismo, y permita que perspectivas teóricas contrahegemónicas emerjan para disputarle el sentido común al modelo cultural y económico dominante mediante la formación política en redes sociales, pedagogía que tiene como objetivos: 1) reinstalar las nociones de solidaridad y colectividad, destruidas por 40 años de neoliberalismo; 2) señalar los peligros del libre mercado y su papel en la socavación de los Estados de Bienestar y los Estados Sociales de Derecho en las democracias occidentales, y 3) exigir modelos y organismos de cooperación que trasciendan las fronteras nacionales. 


Notas: 

[1] Felipe Pineda Ruiz, Investigador social de la Fundación Democracia Hoy y el Centro de Estudios Sindicales y Populares (Cesipor), publicista, director del Laboratorio de Innovación Política Somos Ciudadanos.
[2] Secul Giusti, Cristian Eduardo. Un escenario en suspenso. Repositorio institucional de la Universidad Nacional de La Plata, facultad de periodismo y comunicación social, marzo 27 de 2020. Fuente: http://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/92258  
[3] Solis, Marie. Coronavirus Is the Perfect Disaster for “Disaster Capitalism”. Vice Magazine, marzo 13 de 2020.

[4] El término Prosumidor fue acuñado por el norteamericano Alvin Toffler en 1981, quien lo incorporó a su libro “la tercera ola”. Este concepto designa a un individuo que siendo consumidor realiza actividades de productor. En el caso actual un usuario de redes sociales se convierte en prosumidor cuando crea contenidos y luego los comparte en alguna plataforma digital.

[5] Zizek, Slavoj. Coronavirus is ‘Kill Bill’-esque blow to capitalism and could lead to reinvention of communism. Website Russia Today, febrero 27 de 2020. Fuente: https://www.rt.com/op-ed/481831-coronavirus-kill-bill-capitalism-communism/
[6] Guardian News. (2020, marzo 18). Coronavirus: how Donald Trump has changed his tune [Archivo de video]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=NezEbDx4B9A
[7]  El Mundo. (2020, marzo 25). Bolsonaro compara el coronavirus con un 'costipadillo' y llama a volver a la normalidad. [Archivo de video]. Recuperado de:  https://www.youtube.com/watch?v=3eilC0rjgns
[8] Contraloría General de la Nación. Boletines de prensa del año 2020.
[9] Esposito, Roberto. I partiti e il virus: la biopolitica al potere. Website La Reppublica, febrero 28 de 2020. Fuente: https://www.filco.es/biopolitica-y-coronavirus/

El tal Paro Nacional sí existe

9:52:00 a.m. Add Comment


Hay días, que en términos de revolución social y cultural, resultan más fecundos que años y décadas enteras. Las tres semanas que completa el Paro Nacional sacaron del letargo y la apatía a la ciudadanía silenciosa, poniendo en evidencia un malestar social que rebasó las expectativas de los más pesimistas. 

Por: Felipe Pineda Ruiz* / Democracia en la Red

El proceso de paz, y el fin del conflicto armado en Colombia, permitieron que la multiplicidad de inconformidades no resueltas por el Estado colombiano, afloraran mediante la movilización social. Sin embargo el marco institucional nacional, y la mezquindad del establecimiento colombiano, aún no permite que dichas demandas sean canalizadas y atendidas.

La lucha por una educación gratuita y de calidad, y de una política de bienestar al servicio de los derechos de las personas, y no en función de los negocios de los grandes grupos económicos, encontró en este paro nacional el mejor escenario para convertir esos miles de dramas, individualizados por la lógica neoliberal, en un clamor general. El dolor particular, por la ausencia de un Estado protector, se ha convertido gracias a las marchas en colectivo y multitudinario.

De los marchantes en general hay bastante por decir: muchos son jóvenes trabajadores, con contratos de prestación de servicios, que acceden a la educación superior mediante créditos con el sector bancario o a través de su versión usurera oficialista, el Icetex. Otros son personas para los cuales el mercado laboral no ofrece vacantes debido a su edad, su nivel académico o su condición social. Un porcentaje considerable lo conforma una clase media urbana, de alta escolaridad, pacifista, afectada por el modelo económico, que rechaza el militarismo y el asesinato de líderes sociales en las regiones.

En la mayoría de manifestantes persiste el escepticismo con la clase política, y la minoría económica que manda sobre ella y, probablemente, con el modelo de democracia representativa de papel que sigue intentando erguirse, y legitimarse, bajo la falsa premisa de “somos la democracia más estable de Suramérica”.

Y es que lo interesante de este paro nacional radica en que después de muchas décadas la rebelión de la Colombia rural y semiurbana, silenciada por las balas de la violencia armada, coincide con la indignación de las personas del común en las ciudades principales. El miedo parece estar cambiando de bando al lograr que la indignación pivoteé de las periferias del país hacia los epicentros en forma de protestas urbanas pacíficas, creativas, y diversas.

La politización de las ciudades empieza a robustecerse con más fuerza que nunca. La amplificación de la dimensión política y el desacuerdo encuentra, en esta coyuntura del paro, un caldo de cultivo que pone en peligro la hegemonía del sentido común en poder de las tradicionales élites.

La nueva forma de la protesta urbana, creativa y propositiva, empieza a acabar con el miedo, y a desestimar las frases vacías del Establecimiento criollo para contenerlo: el “yo no marcho, yo trabajo” parecen no encontrar el suficiente eco para inmovilizar el maremágnum social.

La banalización e infantilización del paro por parte del Gobierno, en lugar de extinguirlo, lo alimenta. El poder en su conjunto pareciese tener por objetivo tratar a los marchantes como niños de colegio a los que acudientes, docentes, y directivos, les dan una lacónica orden: “rebeldes desadaptados”, "ya marcharon, ya los escuchamos (el recreo), es momento de volver a trabajar (estudiar).

El marco comunicativo que el Gobierno intenta crear es el de una indignación que en conjunto es difusa y no tiene objetivos ni raíces visibles. Presentar a los marchantes desde los medios como “desadaptados”, con una desazón no entendible, no es azaroso sino más bien deliberado.

El Paro también ha servido para evidenciar hasta que punto llega el servilismo y la funcionalidad del Gobierno Duque a los intereses de las élites –en el caso colombiano el Consejo Gremial, los organismos multilaterales internacionales, los terratenientes, el sector financiero-. En “No tengo tiempo, Geografías de la precariedad”, Jorge Moruno describe de forma acertada dicho adaptación de la siguiente manera: “Cuando hablan de adaptarse a la realidad quieren decir adaptarse a las necesidades que demanda la sociedad. Cuando nombran a la sociedad  se refieren al mercado, cuando dicen mercado hablan de los intereses de los inversores”[1].

Aunque la fuerza del paro tomó por sorpresa a muchos, el descontento de amplias capas de la población urbana no es espontánea: es una indignación alimentada por un modelo económico rentista y neoliberal en etapa de declive. Después de un periodo próspero para las finanzas estatales, alimentado por los altos precios del petróleo en el mercado internacional (2005-2014), la economía colombiana ha entrado en un periodo de contracción.

La firma de más de una decena de Tratados de Libre Comercio ha terminado por desequilibrar la balanza comercial del país frente a sus socios comerciales globales, destruyendo el aparato industrial y productivo nacional, haciendo cada vez más dependiente a Colombia de las importaciones. Según el Dane, entre agosto de 2018 y agosto de 2019, el déficit de la balanza comercial se duplicó al pasar de 691,7 a 1426,6 millones de dólares[2]. No es coincidencia que por estos días a la ANDI, otrora mandamás de los industriales criollos, ahora la llamen la “Asociación Nacional de Importadores”. 

En reciente artículo, el investigador cubano Hedelberto López Blanch recuerda qué tanto ha aumentado la dependencia económica del país frente a los capitales internacionales. Según “Datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) (..) de 2012 a 2018 la deuda externa estatal se duplicó del 12,5 % al 25,2 % y la deuda externa privada del 8,8% al 18,6 %. Las dos suman en total el 44 % del PIB, 24 % más que hace seis años”[3].

A pesar de lo masivo de las protestas, la amplitud de peticiones, condensadas en los 13 puntos que exige el Comando Nacional de Paro, son difíciles de alcanzar. Ni la correlación de fuerzas, ni la sensatez, indica que puntos como la negociación con el ELN, y el cumplimiento de la consulta anticorrupción y los acuerdos con las Farc, sean del resorte de este paro.

Las demandas de los ciudadanos que libremente salieron a las calles, en su mayoría, son de orden económico y urbano: cumplimiento de los acuerdos de los paros estudiantil y agrario; garantías democráticas para la protesta social; no a la Ley de Financiamiento y al holding financiero estatal; fin de la mercantilización del sistema de salud y pensiones, con un no rotundo a la reforma pensional y una Reforma Laboral progresiva que conduzca paulatinamente a la disminución de la tercerización laboral.

Aunque el rechazo a la corrupción del Congreso es uno de los aspectos medulares de la indignación, es improbable que los “enmermelados” congresistas voten a favor de la reducción de sus prebendas.

De otra parte, y a diferencia de oleadas de movilización ciudadana, como los indignados del 15M en España, la primavera árabe, o lo sucedido recientemente en Chile, la cooptación del proceso, por parte de sectores políticos, amenaza con desalentar a amplios sectores desvinculados de la partitocracia y de lo que algunos peyorativamente denominan la “burocracia sindical”.

El Comando Nacional de Paro (CNP), aunque voluntarioso en su tarea unificadora, no logra vincular a todos los sectores expresados en este maremágnum social. En suma, la dimensión, tamaño, y pluralidad del Paro Nacional, desbordaron al CNP.

El paro, y el impulso social detrás de él, no solo rebasó al CNP sino también a los partidos políticos de oposición. Tras 17 años de ascenso a nivel nacional, y regional, de las fuerzas políticas denominadas “alternativas”, periodo 2002-2019, este amorfo conglomerado político se reencuentra con la posibilidad, gracias al Paro Nacional, de restablecer lazos con el entramado social del sector cultural, las juntas de acción comunal, las asociaciones de vecinos, los asalariados precarios tercerizados, las tribus urbanas, las organizaciones ambientalistas, animalistas, afro, y feministas, por fuera de escenarios ligados a la política electoral.

Lo anterior suscita la verdadera disyuntiva de cara al futuro ¿cómo consolidar la autonomía de los movimientos sociales frente a los partidos y la clase política “alternativa”? La pregunta cobra vigencia porque, de lograr el bloque alternativo una victoria en las elecciones presidenciales de 2022, es menester no repetir el error de los progresismos latinoamericanos en el Gobierno, en lo que  se denominó la “década ganada”[4]: dichos Gobiernos perdieron fuerza y legitimidad al cooptar a los líderes de los movimientos sociales e institucionalizar sus luchas desde el Estado rompiendo con el tejido social construido durante décadas.

Todavía es incierto el futuro del Paro Nacional y su desenlace. Sin embargo, a pesar de la obstinación del Gobierno Duque por desestimar la fuerza, y deslegitimar las demandas ciudadanas, una cosa sí es cierta: el tal paro nacional, parafraseando al ex presidente Santos, “sí existe”.

* Felipe Pineda Ruiz, publicista, investigador social, colaborador de la Fundación Democracia Hoy. Director del laboratorio de iniciativas sociales y políticas Somos Ciudadanos. Editor de www.democraciaenlared.com 



[1] Moruno, Jorge. (2018). No tengo tiempo, Geografías de la precariedad, p. 107. Madrid, España: Ediciones Akal, S.A.
[2] En agosto se duplicó el déficit de la balanza comercial. Periódico El Tiempo (web), octubre 19 de 2019. Fuente: https://www.eltiempo.com/economia/sectores/deficit-de-la-balanza-comercial-de-colombia-en-agosto-del-2019-424464
[3] López Blanch, Hedelberto. Rebelión contra el neoliberalismo en Colombia. Portal www.rebelion.org, diciembre 7 de 2019. Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=263252

[4] El concepto de “década ganada” fue acuñado, como impronta comunicativa por la administración de Cristina Fernández de Kirchner, al completar sus primeros 10 años de gobierno en Argentina. Posteriormente Rafael Correa, Evo Morales, y otros presidentes progresistas, lo incluyeron en su relicario discursivo.



Notas
[1] Moruno, Jorge. (2018). No tengo tiempo, Geografías de la precariedad, p. 107. Madrid, España: Ediciones Akal, S.A.
[2] En agosto se duplicó el déficit de la balanza comercial. Periódico El Tiempo (web), octubre 19 de 2019. Fuente: https://www.eltiempo.com/economia/sectores/deficit-de-la-balanza-comercial-de-colombia-en-agosto-del-2019-424464
[3] López Blanch, Hedelberto. Rebelión contra el neoliberalismo en Colombia. Portal www.rebelion.org, diciembre 7 de 2019. Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=263252

[4] El concepto de “década ganada” fue acuñado, como impronta comunicativa por la administración de Cristina Fernández de Kirchner, al completar sus primeros 10 años de gobierno en Argentina. Posteriormente Rafael Correa, Evo Morales, y otros presidentes progresistas, lo incluyeron en su relicario discursivo.