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Dar ejemplo

3:47:00 p.m. Add Comment

Hay una obra de Oscar Wilde donde se dice que el principal deber de los pobres debería ser el de dar ejemplo.

Por: William Ospina / El Espectador

No sé si haya hoy en el mundo comunidades ejemplares, pero en cuanto a los Estados, los más poderosos y los más ricos son los que menos dan muestras de generosidad, de solidaridad y ni siquiera de inteligencia.

Es más: el fracaso de las cumbres del clima parece decirnos que no hay nada que esperar de ellos. Pero la humanidad no necesita que actúen con grandeza por ser los más ricos y los más poderosos, sino porque son los principales responsables de los males que amenazan al mundo.

Estados Unidos, China, Rusia e India son los mayores agentes de emisiones de gases de efecto invernadero, y son precisamente ellos los que esta semana no se han sumado al grupo de 84 Estados que se comprometen a reducir de forma drástica las emisiones en la próxima década.

Sólo el quinto bloque en emisiones, la Unión Europea, parece estar asumiendo ese compromiso. El inverosímil Donald Trump no se limita a incumplir sus deberes: ha iniciado los trámites para que el país más contaminante del mundo abandone el Acuerdo de París. Lo que no solo produce indignación sino escalofrío.

Nuestros países no tienen un aporte significativo en el calentamiento global, pero están siendo los primeros en padecer sus consecuencias. Es una situación singular: no somos los principales responsables, pero estamos asistiendo más nítidamente a la evidencia de los desastres del clima, y por eso tenemos el deber de reaccionar primero.

Uno de los grandes componentes de las manifestaciones populares en el planeta ahora, y de un modo destacado en la América Latina, es la preocupación por el clima. Hay otras demandas que parecen más urgentes, pero la emergencia ambiental es la que más pesa sobre la conciencia de los jóvenes, porque esta es la primera generación de la historia humana en sentir que le están arrebatando el futuro.

En el mundo ha habido guerras pavorosas, epidemias devastadoras, tiranías infames, terremotos, tsunamis, erupciones, pero nunca la evidencia al mismo tiempo de los científicos y de la simple experiencia de que marchamos hacia un colapso inaudito.

Los pueblos lo advierten y los sabios lo explican, pero los poderosos y los Estados no saben ni quieren tomar decisiones. Los poderes actuales dependen demasiado de la inercia del modelo que está destruyendo el equilibrio planetario, y la política prefiere optar por la búsqueda del crecimiento como único criterio de gobierno de las sociedades aunque a mediano plazo signifique la muerte de toda esperanza.

Por eso son los pobres los que tienen que dar ejemplo, por eso son los pueblos los que tienen que tomar la iniciativa y crear alternativas, por eso solo puede salvarnos lo que aún no existe, y por eso nunca fue tan importante el forcejeo entre los poderes estancados de gobiernos y Estados y la apasionada presión de las multitudes y de las calles.

Y por eso la democracia callejera no puede limitarse a protestar y exigir, aunque eso es tan necesario, sino que tiene que ser inventiva y creadora. Lo que está en cuestión no es solo una manera de gobernar sino una manera de vivir. La política tendrá que dejar de ser asunto de expertos y de administradores, la humanidad tendrá que aprender a dictar la política y a ejercerla.

Creo que los ministerios más importantes del futuro inmediato, que no existen aún en ninguna parte, son los ministerios del clima. Tendrán la tarea de sembrar en el mundo las selvas que necesitamos con urgencia: no apenas de detener la deforestación, sino de cubrir de bosques y de selvas el mundo.

Y ese oficio de sembradores será el que redima de su condición marginal a los jóvenes de nuestras sociedades, necesitados de ingresos y hoy abandonados en las fronteras del peligro. Pero sembrar bosques exige también expediciones por los territorios, grandes excursiones del conocimiento, de la biología y la botánica, de la geografía y la geología, restauración de cuencas y limpieza de ríos, recuperación de especies y reordenamiento de territorios.

Y todo ello exige a la vez siembra de valores, hondos rescates de la memoria, hazañas de la ciencia, revoluciones de la pedagogía y altas aventuras estéticas. En realidad un nuevo pacto de las generaciones jóvenes con la naturaleza, esa naturaleza que hoy hemos reducido a la condición de bodega de la industria y basurero de los enjambres urbanos. Y nada ayudará tanto a reinventar la seguridad y la convivencia como esta recuperación de la juventud para un proyecto de civilización.

Claro que los vehículos eléctricos y el cambio de matriz energética son tareas urgentes de la humanidad y de sus gobiernos. Claro que las tareas son incontables. Que un cambio en los hábitos de consumo y abandonar la letanía industrial que sólo ofrece subordinación a las máquinas y sustitutos a la actividad humana es algo indispensable.

Pero tal vez nuestra primera tarea, hasta que obliguemos a los grandes poderes a entender la magnitud de lo que ocurre, y reaccionar, es tomar la iniciativa, aquí y ahora, y dar ejemplo.

Colombia: La fe perdida

8:24:00 a.m. Add Comment
No acaba de expresarse la voluntad popular en Cajamarca, rechazando una explotación aurífera que amenazaría las fuentes de agua, en una votación histórica que es ejemplo para el mundo, y ya un ministro colombiano está negando la validez de ese triunfo y declarando que la decisión ciudadana nada puede contra las decisiones del Gobierno.
Por: William Ospina / El Espectador
Y después preguntan por qué el pueblo colombiano cada vez cree menos en este modelo de democracia aparente que mantiene a las mayorías en la pobreza y en la exclusión, que nos ha regresado a la economía extractiva del siglo XVI, y que mantiene a unas élites corruptas trenzadas en una lucha sórdida por el Estado, por los puestos y los presupuestos.
La dirigencia colombiana y algunos de sus medios de comunicación suelen afirmar que la abstención, que es tradicional en las elecciones, y que en el reciente plebiscito sobre los acuerdos de La Habana superó el 60 por ciento, se debe a ignorancia, a indiferencia o a la irresponsabilidad de las mayorías.
Yo creo que es más bien la expresión de un profundo escepticismo del pueblo ante una democracia tramposa, que se acostumbró a negar la voluntad popular o a manipularla, e hizo que todo colombiano desconfíe profundamente de que en el marco de lo existente el país pueda cambiar algún día.
Colombia no es Suiza, donde la gente se abstiene de votar porque está satisfecha con lo que existe. Si algo sabemos es que aquí todo el mundo está insatisfecho, pero nadie cree que con este modelo electoral y administrativo sea posible cambiar las cosas.
En el mundo democrático los candidatos alternativos pueden abrirse camino, en Colombia los matan antes de que lleguen al poder, y cuando por algún accidente estadístico alcanzan el triunfo, siempre tienen recursos jurídicos para inhabilitarlos, recursos mediáticos para satanizarlos, recursos administrativos para maniatarlos e impedir que cumplan sus programas.
En todo el mundo después de las guerras civiles llega la reinserción, la reconciliación; hay una sociedad dispuesta a recibir a los guerreros que se desmovilizan, acogerlos en la civilidad y brindarles un espacio legal para sus luchas. En Colombia la aniquilación de los desmovilizados es una costumbre desde los tiempos en que Rafael Uribe Uribe fue asesinado ante el Capitolio tras haber perdido la guerra, y nadie olvida los nombres de Guadalupe Salcedo, de Dumar Aljure, de Carlos Pizarro Leóngómez…
En todo el mundo después de los conflictos se abre el espectro para que surjan nuevas fuerzas políticas; en Colombia los que han conducido la guerra se atornillan en el poder y persiguen toda idea alternativa.
La compra de votos, el acarreo de electores, la financiación ilegal de campañas, la calumnia, el rumor, y lo que recientemente se llama la mermelada, el uso indebido de dineros públicos para obtener el triunfo electoral, son prácticas comunes de nuestra democracia, bajo un poderoso y bien aceitado modelo de gamonalismo regional totalmente conectado con los poderes centrales.
¿Por qué tendría la gente que creer en un modelo donde ya se sabe desde siempre quiénes pueden ser elegidos y quiénes jamás tendrán derecho a serlo por su origen, por su pobreza o por su desacuerdo con el modelo? Si a mí me preguntaran cuáles son las razones por las cuales la inmensa mayoría de los colombianos no cree en este modelo político, y prefiere replegarse a la vida privada, a luchar por sí mismos y por los suyos sin esperar nada del Estado ni de la sociedad, yo enumeraría las cinco manchas inmensas de la democracia colombiana: aquí mataron a Jorge Eliécer Gaitán, la única esperanza grande del siglo XX en Colombia; aquí aniquilaron a los guerrilleros liberales que se acogieron a la amnistía del gobierno militar en 1957; aquí se repartieron el poder entre los dos partidos que habían hecho la violencia de los años cincuenta, prohibiendo toda propuesta política alternativa; aquí le robaron el triunfo en las elecciones a Rojas Pinilla en 1970; aquí exterminaron a todo un partido político en las calles en los años 80. No creo que se necesiten más razones para perder la fe.
El pueblo colombiano no es ignorante, ni indiferente ni irresponsable, lo que pasa es que es prudente, tiene memoria y es profundamente escéptico ante un modelo de democracia mentiroso, que mantiene a las mayorías lejos de toda oportunidad, que destruyó la incipiente industria de nuestros empresarios, que acabó con la pequeña agricultura y sólo dejó espacio para unos renglones de la gran agroindustria de exportación, que destruyó al campesinado, lo arrojó a las ciudades y ni siquiera tuvo un empleo que ofrecer a los desterrados en las urbes inhumanas que crecían.
Colombia es un inmenso desastre social donde los gobiernos se desentienden del sufrimiento del pueblo; sólo llegan a cuidar de la gente después de unas calamidades que nunca previenen, maquillan las cifras de empleo y procuran no tener en cuenta que la mitad de la población trabajadora languidece en la informalidad y en el rebusque.
Pero el gran poder que hace setenta años se sostenía por el apoyo ingenuo de la sociedad, ha ido socavando sus propios cimientos; el país perdió la fe en los políticos y en las instituciones, y todos sabemos que ahora del total de los que participan en elecciones ni siquiera un 20 por ciento son votos de opinión, de modo que hasta el voto termina siendo una forma del rebusque, un recurso de supervivencia.
Han convocado a la comunidad de Cajamarca a expresarse sobre si quiere o no que haya actividad minera en su región, en esas montañas cuya riqueza son el agua y la agricultura. Han autorizado la consulta, la han financiado: y cuando la comunidad se expresa abrumadoramente a favor del agua y de la agricultura, un ministro desvergonzado sale a negar la validez de la elección, la grandeza del triunfo ciudadano y la obligatoriedad de su decisión.
Uno no sabe si sentir indignación, o sólo asco.

Este mundo nuestro

3:37:00 a.m. Add Comment
La verdadera riqueza de un país es su gente: nuestros gobernantes piensan que no, que la riqueza es el oro o el petróleo, y corren a buscar a quién regalárselos.
Por: William Ospina / El Espectador
Para entender cuán difícil es la situación que afronta el mundo basta ver el desalentador entusiasmo de los medios de comunicación hace unas semanas, cuando se reveló que los científicos habían descubierto tres planetas posiblemente habitables a 38 años luz de distancia.
Nadie puede creer seriamente que eso represente una esperanza para la especie humana, que está maltratando este planeta donde todo es propicio para la vida, y alterando el equilibrio original con una eficiencia suicida.
Es verdad que Stephen Hawking ha dicho que al ritmo de nuestro consumo y de nuestro desperdicio necesitaremos muy pronto dos planetas como este, pero esa afirmación sólo puede entenderse como una ironía. 38 años luz para una especie que tardaría meses en llegar a Marte, y tres planetas vagamente habitables para una especie que no ha sabido cuidar su irrepetible paraíso natural, o son burbujas de la desesperación o son bromas siniestras. Pero sobre todo revelan la patética incoherencia de nuestro modelo de civilización.
En este mismo planeta, una enredadera de hermosas flores naranja con un cáliz púrpura como un ojo negro en su centro, la Susan black eye, llevada por capricho de un país a otro, ha terminado siendo una plaga invasora de los bosques tropicales; un pez llevado a Cuba de aguas lejanas terminó siendo un depredador incontrolable; una rana utilizada para exterminar no sé qué bichos termina proliferando e invadiendo todo; un caracol de hermosa concha trasladado para controlar otras criaturas termina siendo un peligroso portador de bacterias, y aún así alentamos la loca ilusión de que podremos colonizar otros planetas y sobrevivir gracias a ellos.
“Un animal absurdo que necesita lógica” llamaba Antonio Machado al ser humano. Qué extraño es que con nuestro talento y nuestro conocimiento sobre todo se nos ocurran locuras. Estamos en trance de sustituir una dieta con 50 siglos de seguro por los presurosos engendros de la ingeniería genética, que tiene el derecho de experimentar con altos o altisonantes propósitos, pero que tendría que esperar siglos de experimentos antes de infligirnos sus golosinas. Y aún más indignantes que sus experimentos son sus argumentos: todo lo hacen gobernados por el desvelo humanitario, la abnegada lucha contra el hambre y la desnutrición, cuando sabemos que una parte considerable de los alimentos que se producen en el mundo son destruidos para mantener los precios, o resultan inaccesibles para los pobres, o son destinados a la producción de alimentos más caros como la carne vacuna, o a la producción de biocombustibles.
Envilecer la dieta, alejarla cada vez más de sus beneficios nutritivos y saludables, es una de las tendencias más visibles de la prisa industrial. Ya es posible ver la película que revela cómo un mercader no sólo se apoderó del invento de las hamburguesas McDonalds aprovechando que sus inventores carecían de avidez comercial, sino que diseñó el negocio para que el cliente consumiera el producto en el menor tiempo posible, haciendo estudiosamente incómodo el espacio de venta.
Toda la industria alimenticia está concebida para que los alimentos que consumimos tengan que haber sido alterados por el proceso, encarecidos por el diseño, el empaque y la publicidad, deformados por la receta y el posicionamiento, subordinados a su condición de mercancía y convertidos en enemigos del medio ambiente con su disparatada circulación por el mundo.
No se trata sólo de arenques pescados en el Báltico, empacados en China y consumidos en América Latina, sino hasta de las sencillas hojuelas de Kellogs, hechas con arroz de Tailandia y de Egipto, maíz argentino, trigo de España, azúcar de Estados Unidos y leche en polvo de la Unión Europea, pero a las que hay que añadir los procesos de fabricación y empaque y el transporte para convertirlas en campeonas de las emisiones de CO2 a la atmósfera.
Un mundo en el que se ha vuelto rentable envilecer el agua para vender agua embotellada, rentables el ruido y el stress para vender leches antiácidas, rentable la alarma noticiosa para vender ansiolíticos y antidepresivos, y rentable la falta de una salud pública preventiva para vender como medicina sólo el milagro farmacéutico y el milagro quirúrgico, parece haber exaltado como sus dioses sólo a la insensatez y a la locura.
Hoy estamos en condiciones de derivar la energía que consumimos de la más limpia de las fuentes, el sol, que podrá darnos luz nocturna, calefacción invernal y hasta telepatía los próximos diez millones de años, pero los mercaderes del petróleo quieren mantenernos encadenados al CO2 y clausurar la historia en unas décadas. El petróleo, que es hoy nuestro verdugo y la Helena de todas las guerras de Troya, podría volver a ser un provechoso aliado gastado gota a gota en cosas útiles, pero los ciegos mercaderes quieren que lo gastemos aprisa en la tarea suicida de llegar pronto a ninguna parte.
Sin embargo, ni siquiera el petróleo es tan malo como los políticos. Se hacen elegir por los ciudadanos pero trabajan para las corporaciones. Sordos al clamor de los pueblos que sólo piden empleo, salud preventiva, educación generosa, protección del trabajo, seguridad familiar e inversión social en tranquilidad y convivencia, sólo escuchan los cantos de sirena del lobby empresarial, y tienen cada vez los bolsillos más grandes con el manejo de los recursos públicos.
Ahora quieren hacernos creer que la corrupción es un problema policivo que resolverán los tribunales y las cárceles, pero lo corrupto es el modelo político, y hace corruptos por acción o por complicidad a todos los que participan de la actual deformación plutocrática de la democracia. La política dejó de ser una vocación de servicio a la comunidad y de altos sueños colectivos para convertirse en un negocio vulgar de calumnias, zancadillas y robos.
Se habla mucho en Colombia de sacar las armas de la política, y es urgente hacerlo, pero en todo el mundo es urgente algo más difícil: sacar el dinero de la política, y eso no lo hacen los jueces, eso sólo lo puede hacer la vigilancia ciudadana y una democracia ecológica local que cambie el poder de los negocios centralizados por el poder de hacer las cosas y de proteger el equilibrio irrigando recursos a la comunidad.
La verdadera riqueza de un país es su gente: nuestros gobernantes piensan que no, que la riqueza es el oro o el petróleo, y corren a buscar a quién regalárselos. Necesitan buenos amigos afuera para sus financiadores, por eso extinguen la agricultura y cierran la industria, nos devuelven a la economía extractiva del siglo XVI, y quieren vender los árboles, el suelo, las montañas, las entrañas de la tierra. Entonces los campesinos, cerrada la posibilidad de una agricultura contemporánea, aliada con el conocimiento, tienen que optar por producir el único bien agrícola que les han dejado, y el único que tiene un mercado creciente: las plantas sagradas prohibidas.
Ya no es necesario demostrar que la apertura económica nos dejó en manos de los cultivos ilícitos. Ahora, cuando Trump ha empezado a decir que “los Estados Unidos primero”, pronto le oiremos decir a nuestra dirigencia que “Colombia primero”. Y eso no significará que van a impulsar la agricultura, ni a abrir la industria, ni a crear empleo, sino que están pensando en cómo salvar sus negocios.

Ellos

5:56:00 a.m. Add Comment

Han tenido por 150 años el país en sus manos, y somos el cuarto país más desigual del planeta, después de Suráfrica, Haití y Honduras.

Por: William Ospina / El Espectador

Tuvimos agricultura: la eliminaron, y ahora hasta el maíz lo importamos. Tuvimos industria: la cerraron, y ahora Colombia tiene que importarlo todo. ¿Pero con qué compramos si no producimos?

Han aceptado de los poderes multinacionales la orden de reducir nuestra actividad a la economía extractiva, como en el siglo XVI; ahora, cuando ya las riquezas guardadas en la tierra hay que extraerlas fracturando los montes, destruyendo los suelos y envenenando las aguas.

Ellos son los que deciden, son los que mandan, son los que supuestamente saben; ellos son los que odian, y día tras día nos dicen a quién hay que odiar para que ellos puedan ser eternos.

Hace setenta años utilizan la guerra para algo que no es mejorar el país. ¿Hoy qué pueden mostrar? Estamos sin agricultura, sin industria, sin trabajo, con una educación que no entiende lo que lee, con una salud de limosna, sin seguridad, sin futuro, en manos de una dirigencia que gasta todos los recursos en reelegirse, y que tiene el presupuesto lleno de venas rotas de corrupción por las que se va nuestra sangre.

En ambos bandos hoy enfrentados militan los viejos apellidos del poder: los Santos y los Lleras, los Holguín y los Caro, los Uribe y los Pastrana, los Mosquera y los López. Qué fácil les resulta hacer la guerra: para la guerra no necesitan plebiscitos, ni convocar acuerdos, ni diseñar presupuestos a pesar de ser tan costosa; pero qué difícil les resulta hacer la paz, ahí sí resultan llenos de titubeos y de escrúpulos constitucionales.

Para hacer la guerra nunca requieren filigranas jurídicas: para hacer la paz todo es un laberinto sin luces. La paz que salva vidas les despierta infinitos desacuerdos, la guerra que consume gente pobre la declaran con una facilidad asombrosa.

El 2 de octubre las mayorías se negaron a creerles a las ilusiones del Sí y a las confusiones del No. Santos pudo haber logrado una mayoría abrumadora: pero su desconfianza de la gente hizo que la comunidad nunca fuera convocada más que a ser testigo lejano y aplaudir los acuerdos. Pero la paz es de la gente y sólo puede construirse con la gente. Las ilusiones llenas de secretos se terminan en lágrimas.

En Colombia sólo un 20 por ciento está incluido, está formalizado. Leer los acuerdos de La Habana, que vuelven a formular como promesas un montón de cosas que ya están consagradas en la Constitución, sólo sirve para comprobar que lo que hay escrito en la Constitución no se cumple. Todos sabemos a qué grados de ineficiencia puede llegar aquí la protección de los derechos y la justicia. Pero en cambio hay que ver a los políticos atravesando incisos, oponiendo la máquina de una legalidad que siempre fue tramposa, cuando se trata de impedir que algo cambie.

Lo que en el fondo quieren impedir es que Colombia se sienta dueña de sí misma. Nunca se había visto una situación más incomprensible: la guerrilla quiere dejar de hacer la guerra, y los dueños del país no se ponen de acuerdo para aceptarlo.

Si queremos saber dónde están los responsables de la guerra, los que más se beneficiaron de ella, basta ver quiénes son los que hoy forcejean por imponerse en los acuerdos, porque todos manejan una agenda secreta, un libreto que no puede decirse.

Colombia tiene la mitad de su territorio en el segundo día de la creación. Lo que se está decidiendo es si esas riquezas serán manejadas por la vieja casta centralista o por la nueva casta facciosa, para deleite de las multinacionales frente a las cuales ellos no tienen ningún desacuerdo. Ambas saben besar al poder mundial en la boca, pero les cuesta unirse, a no ser que nos vean unidos. Quizá en ese momento se darán un abrazo instintivo.

Hace 68 años murió Jorge Eliécer Gaitán. Fue la última vez que el pueblo colombiano tuvo una esperanza. Con estas largas guerras han logrado tres cosas: que tuviéramos miedo de tener esperanzas, que aprendiéramos a odiarnos y a recelar los unos de los otros, y que ya no nos creyéramos capaces de reemplazarlos, para construir de verdad la grandeza de este país. Sin la tutela de las castas guerreras, del santanderismo leguleyo, del fanatismo que no ve la religión como un ejemplo de moral para la convivencia sino como una escuela de intolerancia.

La historia nos está enviando un mensaje: “Olvídense de Santos y de Uribe, olvídense de esa clase política que en tantas décadas no ha sido capaz de arreglar el país, que al contrario ha abusado de su confianza y de su esperanza, esa clase política que ahora forcejea, cuando podríamos estar a las puertas de la reconciliación, mirándose con odio, contagiando ese odio, preocupada sólo por saber quién se va a quedar con el tesoro”.

¿Seguiremos sentados y cruzados de brazos esperando el país que van a diseñar para nosotros? ¿Suplicando la paz que sólo los que no hemos hecho la guerra podemos hacer? ¿Por qué no nos atrevemos a ser algo por nosotros mismos: la voz de un pueblo alegre, pacífico, laborioso, creador, cansado de guerras, de exclusión y de corrupción? Ese pueblo que nunca decidió, pero que siempre supo hacer músicas y relatos, carnavales, recetas, proezas del deporte sin ayuda de nadie, conocimiento de la selva y del río, esas gentes pobres que a golpe de necesidad fueron las que abrieron este país al mundo.

Rompamos los barrotes del miedo. Que comience la fiesta de la democracia. Que dictemos por fin una ley que se cumpla, una ley que sea válida para todos y que no caiga con su peso sólo sobre los débiles y los humildes. Porque ya es hora de decir que no se trata sólo de que el ciudadano respete la ley, sino sobre todo de que la ley respete al ciudadano.

No más impuestos para la corrupción: un orden social verdadero para la paz, para la convivencia, para el abrazo de la sociedad, para el diálogo creador con un mundo en peligro.

La paz no se hace para los políticos y para la guerrilla: se hace para el país.

Seamos más que ellos. Hagámoslo nosotros.

El país invisible

9:56:00 a.m. Add Comment

La afirmación más frecuente, y más falsa, de la jornada histórica del 2 de octubre, en labios de políticos y periodistas, fue que medio país estaba por el sí, y medio país, y un poco más, estaba por el no.

Por: William Ospina / Rebelión

Pero esa ceguera es una de las causas de la guerra y de todas las violencias que padecemos. Sumados los seis millones largos que rechazan los acuerdos y los seis millones que los aprueban, no se hace un país. Colombia no son 12 millones de personas: queda por saber lo que piensan los 20 millones de ciudadanos que no votaron y los 18 que no pueden votar.

La anémica democracia colombiana muestra ostentosa sus 12 millones de votos, los ganadores muestran triunfales sus seis millones, proclamando: “esto ha dicho Colombia”, y todos se esfuerzan por ignorar esos 20 millones de ciudadanos que resultaron inmunes a la esperanza, a la propaganda, al soborno y a la amenaza.

Pero en esos 20 millones no sólo están los problemas del país sino que están también las soluciones. Allí está la sociedad no formalizada, la que no tiene empleo ni propiedades, la que no tiene acceso más que a un sistema enfermizo de salud y a un sistema incompetente de educación.

Los jóvenes desamparados a merced de la violencia y de la marginalidad, los mayores sin pensiones, los que padecen un sistema de justicia inicuo y siempre postergado, los desplazados de todas las violencias, millones de personas cuya indudable vocación de paz se ve contrariada por la pobreza, la falta de oportunidades, la adversidad y la desesperación, pero que aun así sostienen con su recursividad y su esfuerzo este país paralizado por la burocracia y exprimido por la corrupción.

Claro que a los políticos de derecha y de izquierda no les importa la gente que no vota, ese no es su negocio. Pero a quien quiera arreglar el país sí deberían importarle, y no como electores sino como conciudadanos, hijos de nuestra historia y padres de nuestro futuro. Si algo es evidente es que el proceso de paz de estos cinco años no fue diseñado para ellos y ni siquiera los tuvo en cuenta.

Bien merecida tiene Santos la indiferencia de las grandes mayorías de este país, que son las que debían llenar las calles y las plazas el día de la firma del acuerdo, y salir a votar jubilosas el 2 de octubre, pero que ni siquiera se sintieron convocadas. Aquí, como siempre, no se llama a la gente a construir la paz sino a aprobar la paz que los expertos diseñan bien lejos de la vereda y del barrio.

¿Quién le dijo a Santos que la firma solemne de un acuerdo de paz en un país desgarrado se hacía en una ceremonia VIP diseñada sólo para la tribuna internacional, en la ciudad más elitista del país, y dejando por fuera no sólo a la gente humilde de la propia ciudad sino hasta a los medios de comunicación nacionales?

¿No está pintada ahí la arrogancia de esta aristocracia de medio pelo que no logra diferenciar la paz de todos de un festival elitista? ¿Cómo logra el presidente soslayar el hecho de que ni siquiera el gobierno de España haya venido a respaldar su ceremonia, para no hablar de Barack Obama, que es capaz de visitar por varios días a Cuba, el mayor adversario de su país, y ni se digna acompañar a quien ha sido el socio más fiel de los Estados Unidos en el continente desde el día siguiente de la toma de Panamá?

¿Por qué dijo Santos que si perdía el Sí al otro día recomenzaba la guerra? ¿Por qué dijo Humberto de la Calle que no había acuerdo mejor y ahora todos se disponen a mejorarlo? La paz que diseñan nuestras élites y su clase política es una paz para ellas, pero no para el país. Ahora van a intentar montar otra vez el Frente Nacional, y veremos no sólo a Uribe en Palacio sino a lo mejor el renacer de aquella vieja fraternidad que por razones electorales se revistió por un tiempo con los ropajes de la Bella y la bestia.

Ya están hablando del medio país del Sí y del medio país del No: que Colombia se vaya preparando para quedar una vez más por fuera del acuerdo entre los dirigentes, que cuando se odian es para ponernos a pelear entre nosotros, y cuando se unen es para borrarnos. Todavía están pensando que se puede hacer la paz sin empezar a corregir las tremendas injusticias que dieron origen a la guerra.

Pero no deja de ser alentador advertir que esta vez no les fue posible polarizar a los colombianos. De los seis millones que votaron por el sí, estoy seguro de que la mitad no cree en Santos, sino que anhela fervientemente la paz. Y de los seis millones que votaron por el no, la mitad, más que adorar a Uribe no quieren a Santos ni a las Farc, y tienen sus razones.

Es el viejo bipartidismo el que tiene al país como está. Es la vieja dirigencia y su clase política la que se nutre de nuestras esperanzas y de nuestros desengaños. Siempre nos hacen creer que debemos sentarnos a esperar las soluciones que están diseñando, el país feliz que sólo ellos saben cómo construir. Ahora han puesto a las Farc a pedir perdón en cada esquina, y eso está bien, pero los dueños de todo, que son los responsables de todo desde hace 70 años, nunca asumen su responsabilidad. Hay que verlos: ellos son los que acusan y los que perdonan.

Y el día en que lo tengan todo bien diseñado, preparémonos para otra hermosa ceremonia VIP, a la que sí vendrán el rey de España y el presidente de los Estados Unidos. Otra ceremonia en la que no tendrán cabida esos 38 millones de colombianos que ahora quedaron por fuera, pero tampoco muchos de los que apasionadamente votaron por el Sí y por el No.

Porque el país de las élites colombianas es muy pequeño. Puede influir con su discurso de promesas y de rencores sobre 12 millones de personas: pero eso no significa que las vayan a dejar entrar en la fiesta.