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Unidos Podemos: ¿Es posible la unidad?

11:09:00 a.m. Add Comment

En definitiva, hacer de la unidad un debate de masas para construir la alternativa a las políticas neoliberales dominantes, a las formas de practicarlas y gestionarlas, al predominio de los grandes poderes y a la promoción de una democracia participativa de hombres y mujeres libres e iguales comprometidos con la justicia.

Por: Manolo Monereo / Cuarto Poder

La división ha sido la regla; la unidad, la excepción. Así en casi todas partes y en el futuro no se esperan grandes cambios. Comenzar de esta forma es intentar encontrar un territorio de unidad partiendo de que las divisiones entre las fuerzas democráticas y de izquierdas tienen una base objetiva y subjetiva, estratégica, que no puede ser ignorada. Para decirlo con más claridad, si no se parte de las causas reales que dividen a las fuerzas progresistas, la unidad, en cualquiera de sus acepciones, no será posible, máxime cuando vivimos una crisis de régimen cuya manifestación más visible es la crisis del sistema de partidos dominante desde la Transición.

Para entrar al fondo del asunto quisiera referirme a las conocidas declaraciones de Miguel Ángel Heredia, secretario general del grupo parlamentario socialista, claramente alineado con Susana Díaz, contra Pedro Sánchez y sus supuestos acuerdos con Unidos Podemos y los independentistas para echar al gobierno de Rajoy. Heredia se disculpó posteriormente y habló de “calentón”. Sin embargo, dichas declaraciones no solo expresan sectarismo –que lo hay– sino opiniones de fondo representativas, al menos, de una parte significativa del PSOE. ¿Qué dijo Heredia sobre Podemos? que los votos de la formación morada son de ellos; que no se debe atacar a Podemos en su conjunto sino solamente a su secretario general; concluyendo con una afirmación de cierta importancia: el PP es el adversario, Podemos es el enemigo.

El debate sobre la unidad necesariamente tiene que partir de la existencia de una crisis de representación política que devino en crisis de régimen. La clave de la fase –lo he indicado muchas veces- es saber si la restauración va a imponerse a la ruptura democrática. Lo que hará posible la restauración es que el bipartidismo retorne como forma de organización del poder en la débil democracia española. Si queremos ir más allá de la anécdota, lo que afirma realmente Heredia es que ellos son parte de este régimen, del turnismo dominante, que se siente a gusto en él y que su suerte, la de su partido y la suya, está unida a la recomposición del mismo. Este es el “secreto” del acuerdo de fondo que ha habido en estos meses entre la gestora del PSOE y el PP.

¿Pedro Sánchez lo cambia todo? Sería bueno que así fuese y habría que estar abiertos a esta posibilidad. Lo que ha adelantado el nuevo secretario general del PSOE no invita precisamente al optimismo. Señala su proximidad a las bases de Podemos pero, a renglón seguido, vuelve al viejo mantra “herediano”: el problema es Pablo Iglesias, sus formas, su estilo de hacer política. Critica la moción de censura reconociendo que el gobierno de Rajoy merece ser censurado pero se fija en que los números no dan y parecería que adelanta una posición negativa de su grupo parlamentario. El dilema de Pedro Sánchez parece evidente: construir una alternativa unitaria frente a la derecha y su gobierno o polarizarse con el PP para reducir el tamaño y la fuerza electoral de Unidos Podemos. Es algo viejo, muy conocido en la estrategia y en la práctica de los partidos socialistas del sur de Europa: ocupar la izquierda para poder irse al centro, haciendo de la hegemonía del PSOE la condición necesaria de cualquier alternativa a la derecha, es decir, el retorno al bipartidismo. Como se puede observar, formalmente las dos posiciones se pueden mantener en un mismo discurso; la clave –como siempre– será la propuesta, el programa y la estrategia como fuerza de oposición.

Para Unidos Podemos el triunfo de Pedro Sánchez abre un nuevo escenario político y le obliga a redefinir, de una u otra forma, su estrategia. El hecho fundamental es que este PSOE va a intervenir activamente en el espacio electoral de la formación morada con un discurso fuertemente social y con un lenguaje clásico de la socialdemocracia. El “nuevo” Sánchez llevará hasta el fondo lo que hizo el “viejo” Sánchez: polarizarse con la derecha a fondo para disputarle la hegemonía a Unidos Podemos. Hay un dato que no se puede olvidar y que tiene mucho que ver con lo que acabo de escribir: la disputa del relato unitario será decisiva para la hegemonía en la izquierda. Para las personas honestas de este país que quieren cambios, la demanda de unidad es un bien en sí, una necesidad apremiante, hasta el punto, que las fuerzas políticas democráticas van a ser medidas, en muchos sentidos, por su capacidad unitaria, por su estilo y formas que, de una u otra manera, inviten a la convergencia.

Aquí, en este territorio unitario, Unidos Podemos tiene mucho que decir. El dato más relevante es que UP expresa la convergencia más importante de las distintas izquierdas del Estado español desde la Guerra Civil. Una unidad que tiene una base programática apreciable, que combina la autonomía de las distintas fuerzas políticas con la unidad de acción y que tiene detrás más de 5 millones de votantes. Diría algo que para algunos pueda parecer excesivo pero que para mí es evidente: el triunfo de Pedro Sánchez está relacionado, directa o indirectamente con la fuerza y la capacidad de impugnación que UP ha aportado a la política española. Olvidarse de esto es no entender los cambios sociales que ha habido en el país e impedir, de hecho, la construcción de una alternativa unitaria a la derecha.

De la hegemonía que hablo es la entendida como autonomía del proyecto y como línea de demarcación político-cultural y no solo la que hace referencia al predominio electoral y al número de escaños. La batalla por la hegemonía entre Unidos Podemos y el PSOE tiene que ver con el discurso, con el programa, con la estrategia de oposición política y social. En su centro: el neoliberalismo y, más allá, la recomposición de un régimen en un país del sur de una Europa alemana. La unidad posible estará determinada, al final, por algo que Sanders, Mèlenchon, y Corbyn han repetido infinidad de veces y que obliga a optar, a elegir: humanizar el neoliberalismo o construir una alternativa a él; “neoliberalismo progresista” o democracia económica y social; democracia oligárquica y limitada o nuevo proyecto de país; alternancia o alternativa democrática.

La unidad es lucha, conflicto, correlación de fuerzas, propuesta, organización. Se podría decir que la unidad es la continuidad del conflicto por la hegemonía en nuevas condiciones, concretadas en programa, en formas de gestión y de gobierno, en solvencia política y programática, en capacidad para convertir el conflicto en impulso transformador. En definitiva, hacer de la unidad un debate de masas para construir la alternativa a las políticas neoliberales dominantes, a las formas de practicarlas y gestionarlas, al predominio de los grandes poderes y a la promoción de una democracia participativa de hombres y mujeres libres e iguales comprometidos con la justicia.

La gangrena

10:41:00 a.m. Add Comment

Si la corrupción se normaliza (…) la esperanza de un cambio político real desaparecerá y dejaremos la crítica de la política a la derecha extrema o a los populismos de extrema derecha.

Por: Manolo Monereo / Cuarto Poder.es

Hay palabras y palabras. Algunas tienen viejas resonancias que asustan, que dan miedo y que nos retrotraen a un pasado duro y terrible. Una de ellas es gangrena, una vieja enfermedad que se asocia a la necropsia de los tejidos y que puede obligar a amputar partes del cuerpo. Cuando esta se extiende, acaba por producir la muerte o daños muy severos. Es lo que estamos viendo en el Partido Popular y, más allá, en el entero sistema político de nuestro país, una gangrena que se extiende y que produce la putrefacción de nuestra vida pública.

La corrupción ya es una gangrena. Descompone a los partidos y se vuelve sistémica. No solo aquí, sino en casi todas partes de esta Europa alemana del Euro. La corrupción es la otra cara de la norteamericanización de la vida pública y señala el dato más característico de nuestra época, la supremacía de los grandes oligopolios privados sobre la política, que expresa una contradicción cada vez más acentuada entre capitalismo y democracia. Norteamericanización significa el paso del pensamiento único a la política única, a la homogeneidad creciente de las fuerzas políticas, al declive de la oposición y al fin de los grandes partidos obreros de masas. Norteamericanización significa el fin de la especificidad europea y la subalternidad cultural, política y militar a los Estados Unidos de Norteamérica.

La corrupción tiene múltiples caras y diversas consecuencias socioculturales. Provoca indignación, rechazo y crítica al sistema de partidos dominante, pero invita a la resignación, a aceptar lo existente. El “todos los políticos son iguales”, asociar vida pública y corrupción, tiene un caldo de cultivo inmenso en un país que ha vivido durante décadas en una dictadura fundada en el rechazo a los partidos y a la participación democrática. Este es el peligro más grande que tiene la corrupción, que el rechazo lleve a la anti-política y, de ahí, a la resignación. Mariano Rajoy es un maestro de muchas cosas. Su estrategia se basa en la resistencia y en el paso del tiempo. En su centro, naturalizar la corrupción, normalizarla como algo inevitable en la vida pública y el coste imprescindible de los sistemas democrático liberales. Todo son excepciones que nunca confirman una regla: cerca de 900 imputados, 4 organizaciones completas directa o indirectamente implicadas, a lo que hay que añadir el aparato central de finanzas del PP.

El término trama tiene que ver directamente, no con la corrupción en general, sino con el “mecanismo único” que relaciona poderes económicos con los grandes medios de comunicación, la clase política y lo que se ha llamado las cloacas del Estado, es decir, la privatización de los servicios de seguridad del Estado. La trama ha existido siempre, de una u otra forma ha estado ahí fijando límites, vetando política y criminalizando a aquellas fuerzas que eran consideradas como un peligro para su inmenso poder. Lo nuevo, lo específico de esta fase es que ahora pretende dirigir directamente la política, fijar la agenda e impulsar un nuevo orden económico y social que, por definirlo de alguna forma, lo llamaríamos una democracia limitada y oligárquica para una sociedad basada en la desigualdad, la pobreza y la exclusión social. No hay que engañarse. Aquí, como en todas partes, lo que se quiere imponer es el fin del movimiento obrero organizado, de los grandes sindicatos y partidos de masas, el fin, sin matices, de la izquierda en un sentido fuerte y radical. Objetivo: impedir el cuestionamiento político y cultural del desorden económico neoliberal capitalista.

Cuando hablamos una y otra vez de que no existe en puridad una derecha y una izquierda que defina campos políticos y programáticos reales, nos referimos a que solo existe derecha, una derecha que pendulea entre un extremo y otro y una izquierda –la socialdemocracia en sentido amplio- que tiende a convertirse en la otra cara de la derecha, en un bipartidismo cada vez más perfecto entre republicanos y demócratas, entre liberales y conservadores; en definitiva, entre una derecha que lo es y una izquierda que apenas es un nombre, un símbolo y una tradición agotada.

Si la corrupción se normaliza, se convierte en algo connatural en nuestra vida pública, la esperanza de un cambio político real desaparecerá y dejaremos la crítica de la política a la derecha extrema o a los populismos de extrema derecha. Nunca se insistirá lo suficiente en el carácter democrático sustancial y radical que tuvo el 15M y que, en gran medida, heredó Podemos, hoy Unidos Podemos. El movimiento 15M situó la crítica a las clases dirigentes, a las políticas austericidas y a las instituciones europeas en el terreno de la democracia, en el territorio de una esfera pública rica de contenidos y que tenía en su centro una ciudadanía activa que ejercía su derecho al autogobierno y a la definición colectiva de un futuro basado en la igualdad y en libertad. Aquí no pasa como en otros países donde se termina por elegir entre derechas cada vez más duras y populismos de derechas. Aquí y ahora hay alternativas de gobierno y de poder. Esto es lo que “indigna” a las grandes fuerzas políticas, a los grandes medios de comunicación y a eso que hemos llamado –cada día es más visible- la trama.

El motivo central de la moción de censura que ha presentado Unidos Podemos tiene que ver centralmente con esto: que la indignación no se convierta en resignación, que el rechazo no se convierta en pasividad con el objetivo claro de que las gentes no abandonen la política, lo público y se resguarden en el sálvese quien pueda privado. No todos rechazamos la corrupción de la misma manera. Unidos Podemos lo hace para regenerar la democracia, defender las libertades públicas y los derechos sociales de la mayoría. Precisamente por esto, la moción quiere decir, el primer lugar, que no todos somos iguales, que la política no debe asociarse sin más a la corrupción y que la única salida posible ante tanta putrefacción no es otra que la acción colectiva, que unirse y organizarse en un proyecto alternativo de país. Todo es posible si la gente cree, se organiza y lucha.

El otro dato es que se quiere desvelar lo que cada día se vive en el Congreso y en el Senado. Hay un acuerdo real entre las tres grandes fuerzas (PP, Ciudadanos y el PSOE) con el objetivo de neutralizar a Unidos Podemos e impedir la alternativa. El tripartito dominante convive con una supuesta oposición cada vez más formal y que practica el viejo arte de “hacer como que” se está en contra, de “hacer como que” hay diferencias cuando en realidad se comparten las grandes políticas y solo se diverge en lo accesorio, en lo parlamentariamente presentable. Cuestiones como el techo de gasto o el CETA definen muy bien los campos con la presencia, de nuevo, de nuevo, de los viejos aliados representativos de las burguesías vasca y catalana. Independencia ¿de qué? ¿para qué?

Decía el siempre joven Mariátegui que los grandes conflictos sociales se viven individualmente. Están, por así decirlo, en nuestra cabeza como posibilidad y como alternativa. Hay siempre una dimensión individual en la acción social que aparece una y otra vez cuando tenemos que optar y participar en elecciones colectivas. Las personas saben perfectamente que estamos viviendo una época de involución civilizatoria, de cambio a peor, de inseguridad ontológica y de miedo al futuro. Sí, el miedo como componente del momento histórico que vivimos. Los que mandan, la trama, trabajan con el miedo, lo cuidan, lo miman y lo hacen parte central de su estrategia. En los pocos momentos en los que tenemos recogimiento y capacidad de pensar, este miedo aparece como resignación, como aquello de “más vale malo conocido”. El problema es que lo que cada vez nos da más miedo es la vida que tenemos, la vida que viene, el malvivir que nos dejan.

Superar el miedo, el miedo al miedo como política no es una tarea fácil en los tiempos que corren. Podríamos decir que la esperanza como política se convierte en una necesidad de masas. Para salir del miedo y construir la esperanza necesitamos creer, organizarnos colectivamente, participar en lo público y luchar. Esta moción de censura lo es al gobierno del PP y a las fuerzas de la trama, pero es también una censura, una llamada de atención a aquellos que aceptan el desorden existente, la corrupción como modo de vida y la degradación de nuestras débiles democracias. Censuramos al poder y a los que, por activa y por pasiva, lo legitiman. Apostamos por una esperanza concreta, posible, realizable para los hombres y mujeres que quieren vivir en un país justo, democrático e igualitario.

Los dilemas estratégicos de Podemos: La esperanza como problema político

5:22:00 a.m. Add Comment

El gran desafío de Podemos ha sido su pretensión de ser una fuerza política con voluntad de gobierno y de poder, pero para devolver ese poder al pueblo. Por eso es el objetivo a batir. Por eso los poderes reales –la trama– lo combaten a sangre (y tinta) y fuego

Por: Manolo Monereo / El Viejo Topo

1- Elementos de la situación: la crisis del régimen sigue abierta.

Podemos ha vivido su primera crisis. Se podría decir que estamos ante una crisis en la crisis. Me explico. Casi nadie duda que vivimos un cierto tipo de transición, un cambio de régimen desde el propio régimen hacia otro que se va definiendo poco a poco y donde la resultante final parece clara. Se trata de consolidar una democracia limitada y no soberana donde domine de forma clara y explícita una oligarquía financiero-empresarial-mediática con el objetivo de construir un modelo de sociedad basada en la desigualdad, la desaparición de los derechos sociales, la precariedad del modo de vida de las mayorías sociales y la definitiva desintegración del movimiento obrero como sujeto político-social. La política siempre va por delante, desde el Estado y con el Estado para cambiar un régimen y un modelo social.

Otra cara de la situación tiene que ver con lo que podríamos llamar la autonomía de lo político. Si algo está demostrando la recomposición económico-social de los países del sur de la UE es que, cuando llega la crisis, los poderes económicos fuertes, como dice Wolfgang Streeck, se convierten en sujetos activos –en agencia– que subordinan lo político y las instituciones a sus intereses generales. La crisis siempre desvela los poderes reales, aun a costa de que estos pierdan legitimidad y el problema del poder aparezca y se haga evidente para una parte sustancial de la población. En España esto se ha vivido con mucha claridad. Se puede decir que los poderes, lo que nosotros llamamos la trama, han intervenido a los partidos políticos mayoritarios y lo han intentado con Podemos.

La crisis de régimen, que de una u otra forma hoy se intenta cerrar, tiene mucho que ver con la necesidad de transformar, cambiar y cooptar a los partidos políticos fundamentales. Las últimas elecciones aclararon mucho el panorama político-electoral. Estaba claro que el partido clave para asegurar la recomposición del régimen –lo que nosotros llamamos restauración– iba a ser el Partido Popular y, específicamente, su secretario general, Mariano Rajoy. Esto nunca fue fácil y el actual jefe del gobierno ha tenido que pelear duramente para conseguir convertirse en conductor de un proyecto político al servicio de los grupos económicos de poder dominantes.

El papel de Ciudadanos ha ido clarificándose en este tiempo. Creado para frenar por la derecha a Podemos, se ha ido convirtiendo en un partido bisagra, defensor a ultranza de posiciones neoliberales desde un discurso político fuertemente polarizado contra el soberanismo catalán y muy próximo al “nacional constitucionalismo” que defiende el PP. Su situación es complicada porque está obligado a apoyar al PP, lo que implica que acabe legitimando indirectamente a un partido enormemente marcado por la corrupción. A la hora de la verdad, cuando el PP pacta, prefiere pactar siempre con el PSOE. De alguna forma, Mariano Rajoy está obligado a jugar el papel de hombre de Estado, es decir, debe enfrentarse al PSOE y, a la vez, evitar que éste acabe por desintegrarse o perder relevancia electoral, lo que traería consigo que Unidos Podemos se convirtiera en la única fuerza de oposición.

El dato más significativo de la presente coyuntura es la crisis del PSOE. Es sabido que el partido de Felipe González fue, en muchos sentidos, el partido del régimen y el bipartidismo político el fundamento del mismo. El Partido Socialista logró, durante un periodo importante, hacer converger los intereses de los poderes económicos dominantes con la mejora del nivel de vida y las condiciones de trabajo de las capas populares en un sentido amplio. Eso se terminó con la crisis del 2008. El gobierno socialista de Zapatero aceptó los durísimos ajustes y las políticas de austeridad impuestas por la Troika, que fue percibida por la población como una ruptura del pacto social garantizado por la Constitución y como un golpe de Estado organizado y dirigido por los grandes poderes económicos que consiguieron cooptar a la clase política y poner el Estado a su servicio. Lo decisivo fue el surgimiento y desarrollo del movimiento de los indignados del 15M que reclamaban una democracia verdadera, la defensa de los derechos sociales y sindicales y formas alternativas de hacer y organizar la política. En este contexto nace y se desarrolla Podemos.

El grupo dirigente socialista –construido en el entorno de Pedro Sánchez– intentó moverse en un país que cambiaba aceleradamente con un triple objetivo: conseguir el apoyo de los poderes económicos y mediáticos, polarizarse fuertemente con la derecha del PP para debilitar a Podemos y, si era posible, dividirlo y restarle apoyo electoral. Este guión lo siguió siempre Sánchez, nunca atendió los requerimientos de la derecha económica y de la derecha política para ir a un gobierno de coalición o a un gobierno de programa. Las razones eran evidentes: si el PSOE desaparecía como oposición, el único beneficiario sería Podemos y con ello la crisis del régimen se agravaría. El maniobrar táctico de Pedro Sánchez se basó desde el comienzo en convencer a los que mandan realmente de que el porvenir del régimen obligaba a derrotar a Podemos y que eso no se podía conseguir sin un Partido Socialista que se polarizara con la derecha.

Lo que vino después ya es muy conocido. Fracaso de la alianza PSOE y Ciudadanos, convocatoria de nuevas elecciones y avance del PP. Como ya dije antes, las elecciones del 26 de junio de 2016 situaban a Mariano Rajoy en el eje de la recomposición del régimen. Pedro Sánchez no lo entendió así y siguió con el viejo guión sin darse cuenta de que ni en el interior del partido ni fuera de él estaban dispuestos a arriesgarse a unas nuevas elecciones generales. Se puede decir que el PSOE fue intervenido por los poderes que terminaron por obligar a dimitir a Pedro Sánchez e iniciar un proceso congresual de incierto desenlace. Lo más sorprendente es el retorno de Pedro Sánchez con un discurso anclado en la izquierda y abierto a la cooperación con Unidos Podemos.

En este contexto se da Vistalegre 2, el congreso de Podemos. ¿Qué es Podemos? No es fácil de definir. Se trata de un movimiento heterogéneo donde convergen, al menos, tres vectores: una grave crisis social, una crítica de masas a la política, a las formas de hacerla y ejercerla, y una crisis generacional profunda. Para entender qué es Podemos las palabras clave son proceso y proyecto. Podemos es un proyecto en proceso de construcción. La base de partida fue una durísima impugnación de lo existente desde un punto de vista democrático-plebeyo. A esto se lo denominó provocativamente “populismo de izquierdas”. Se puede decir que Podemos se ha ido construyendo –de aquí derivan muchos de sus problemas– en base a procesos electorales recurrentes donde ha habido que improvisar candidatos, programas y estructura organizativa, todo ello en un contexto caracterizado por sufrir un ataque permanente de las fuerzas del régimen donde se han usado a fondo la crítica despiadada de sus dirigentes, la descalificación sistemática del proyecto y el uso y abuso de las cloacas del Estado.

El Congreso de Podemos ha sido su primera crisis general. ¿Qué había de fondo en el debate? En primer lugar, diferencias de análisis; en segundo, modos de encarar las relaciones con las fuerzas políticas y mediáticas dominantes; en tercer lugar, el carácter mismo de la formación. La dureza del debate fue mucho más externa que interna. Como ya habían hecho con el PSOE, los poderes intervinieron activamente en el debate con el objetivo explícito de derrotar la línea política que expresaba Pablo Iglesias. Un dato a tener en cuenta es que votaron cerca de 150 mil personas y que las tesis políticas y el equipo dirigente tuvieron un sólido respaldo, insisto, en condiciones muy difíciles para el secretario de Podemos.

¿Qué tipo de Podemos sale del Congreso? Una fuerza política democrático-plebeya, comprometida con las demandas mayoritarias de la ciudadanía, defensora a ultranza de los derechos sociales, sindicales, laborales desde un punto de vista ecológico y de género, con una apuesta clara por una democracia económica, social y cultural que garantice y haga efectiva la soberanía popular. En el centro de este proyecto está lo que hemos llamado un “impulso constituyente” capaz de abrir un proceso de cambio constitucional hacia una España federal que realmente reconozca los derechos de las nacionalidades existentes en el Estado español, cambie el funcionamiento de las instituciones básicas y desarrolle las libertades fundamentales de las personas. En el fondo, volver a relacionar democracia con soberanía popular y “cuestión social” como proyecto de liberación del trabajo en el marco de un proyecto alternativo de país.

2. Crisis de la segunda globalización capitalista: “Situación populista” y “momento Polanyi”.

Carlo Formenti ha hablado del populismo como forma de la lucha de clases en la época neoliberal. Yo lo enfocaré desde el otro lado, parafraseando a Nancy Fraser, como forma de la lucha de clases en la época post socialista. Ambas cosas están relacionadas. La victoria más importante y duradera de la contrarrevolución neoliberal ha sido el hacer desaparecer la idea del socialismo de la cultura política y del sentido común de los trabajadores en un sentido amplio. El viejo fantasma que recorría Europa desaparecía 150 años después y con él sus dos postulados decisivos: que el capitalismo era una formación históricamente determinada, pasajera, y que tenía alternativa, el socialismo. El “populismo de izquierdas” ocupa un vacío: construir alternativas cuando la alternativa al sistema no parece viable, ni siquiera deseable.

Estos debates no se explicarían bien si no partimos de algo fundamental, a mi juicio, la crisis de la segunda globalización capitalista. Los historiadores están de acuerdo en que entre 1871 y 1900 hubo una primera globalización capitalista que terminó –es bueno subrayarlo– en lo que se ha llamado la “guerra de los 30 años”. Hoy nos encontramos al final de un ciclo, a mi juicio, parecido. Tanto ayer como hoy se repiten los viejos debates hasta el ridículo. La etapa que se abre no estará caracterizada por el orden, la paz y el cosmopolitismo librecambista sino por el conflicto, por la lucha entre las grandes potencias, por la definición de zonas de influencia y el reparto de los recursos del planeta y, desgraciadamente, por la guerra. Esquematizando mucho, se podría decir que esta etapa histórica se caracterizará por cuatro rasgos básicos: a) crisis económico-financieras recurrentes; b) la gran transición geopolítica, en la que estamos, que está implicando una gigantesca redistribución del poder a nivel mundial; c) un agravamiento sustancial de la crisis ecológico-social del planeta; d) la crisis del “occidentalismo”, entendido como el cuestionamiento de la modernidad tal como la hemos conocido, vivido y expandido desde occidente.

En muchos sentidos, la victoria de Donald Trump es una señal, una reacción desde las entrañas mismas del capitalismo norteamericano a una globalización que ellos impusieron en todo el mundo y que hoy pretenden cerrar. La plutocracia gobernante norteamericana actúa desde una estrategia preventiva en un sentido muy preciso: prepararse para lo que viene, anticiparse y reforzar el papel de la nación imperial norteamericana ante un mundo que aceleradamente cambia y redefine la correlación de fuerzas fundamentales.

En todas partes también, como diría Sergio Cesaratto, “el momento” Polanyi, es decir, el inicio de la fase B del doble movimiento que el viejo socialista cristiano previó. Las sociedades, los Estados y las naciones empiezan a reaccionar contra el mercado autorregulado capitalista y su pretensión de controlar la vida de los humanos y determinar su futuro. En todas partes emerge la necesidad –es lo sustancial de esta fase B– de protección, de seguridad, del control social sobre el miedo y la muerte. En todas partes retorna el Estado nacional como lugar privilegiado del conflicto social, contenedor de los procesos de democratización y de construcción nacional popular. En todas partes la crisis de lo que Nancy Fraser ha llamado el “progresismo neoliberal”, que en las condiciones de la UE significa la crisis de la socialdemocracia en sus diversas versiones. No puede extrañar que la resultante última de todo este proceso que se desarrolla aceleradamente ante nuestros ojos sea el renacimiento de la extrema derecha, los populismos de derechas extremos y una “derechización de la derecha”. Es la consecuencia política y orgánica de una izquierda social y cultural sin proyecto alternativo, elitista, que desprecia a su propio pueblo, que ha terminado por convertirse en el ala cosmopolita de la globalización neoliberal.

3. Gobernar en la periferia de la Unión Europea: estrategia de poderes sociales y construcción nacional-popular.

El gran desafío de Podemos ha sido, desde el principio, su apuesta nítida, su pretensión de ser una fuerza política con voluntad de gobierno y de poder. De hecho, el combate real, lo que marca la coyuntura hoy, es la disputa por la hegemonía en la izquierda. El problema se podría plantear así: ¿qué significa gobernar en un país periférico de una Unión Europea hegemonizada por el Estado alemán? Desde otro punto de vista, ¿qué poder real tiene la democracia española para impulsar un proyecto político, social y económico alternativo al neoliberalismo dominante en esta UE?

La cuestión no es fácil y tiene muchas vertientes. Para comenzar, convendría tener en cuenta que la UE ha sido el modo en que se ha aplicado la globalización en una parte de nuestro continente. No es este el lugar para abrir un debate a fondo sobre la naturaleza de la UE, del sistema euro y del papel de Alemania. Bastaría con indicar que la UE aparece como una forma de dominio político que administra los intereses generales del capital, que organiza y dirige a las clases dirigentes de los diversos países y que garantiza un tipo específico de capitalismo que, por abreviar, llamamos neoliberalismo. La clave siempre ha estado en expropiar la soberanía monetaria y económica de los Estados en un doble proceso de “despolitización” de la política económica y de “naturalización” de la economía tal como señaló Jacques Sapir hace bastantes años. Era el núcleo del proyecto defendido por Hayek, una Europa federalizada que sustraiga a la soberanía popular la política económica y el control sobre la economía, que imponga un Estado mínimo en las diversas y singulares naciones y, esto se tiende al olvidar, que impida la construcción de unos Estados Unidos de Europa, es decir, de un Estado europeo en sentido estricto.

La experiencia de Syriza enseña mucho. Caben, al menos, dos alternativas: realizar un conjunto de políticas que, de una u otra forma, sean funcionales a los parámetros prevalecientes en la Unión o salirse de la Unión y del euro en un proceso más o menos único. Cabría una tercera posición algo más compleja, a saber, realizar políticas que cuestionen el modelo neoliberal y que también, de una u otra forma, acaben enfrentándose con los poderes prevalecientes en la Unión, generando una dinámica social y política que organice a los sectores populares en defensa de un gobierno legítimo que realice un programa democrático al servicio de las mayorías, de las clases trabajadoras. La clave, el problema real para todos los países del sur de la UE es el mismo, la UE se configura como la última ratio, como un obstáculo de enormes dimensiones a cambios políticos, sociales y económicos que cuestionen el modelo neoliberal.

Nada explica mejor el tipo de integración europea que la UE define que cuando se la analiza desde la hipótesis de un gobierno que pretende defender los derechos sociales, la democratización de la economía y la soberanía popular. El europeísmo de las clases dominantes tiene aquí su fundamento real: garantizar que ningún gobierno pueda impugnar el capitalismo neoliberal y, sigue siendo fundamental, el Estado alemán como custodio, guardián de la Unión Europea. Para decirlo con algo más de precisión: en épocas anteriores el temor era a un golpe de estado militar organizado por las fuerzas armadas, bajo la supervisión de una OTAN dirigida por EEUU. Hoy el golpe de estado lo da el Banco Central europeo, lo organiza la Troika y lo concreta el Estado alemán, siempre, siempre teniendo a las clases dominantes de los propios Estados como aliados estratégicos. Alemania hace el trabajo sucio que ninguna burguesía del sur de la zona euro podría realizar por su cuenta y a cambio se le garantiza su predominio económico y su supremacía política.

Los objetivos de las fuerzas populares y democráticas del sur de la Unión tienen mucho que ver con los programas de los comités de liberación nacional y social de los movimientos de resistencia al nazi-fascismo europeo. Hay que reconstruir el Estado sobre nuevas bases, dotándole de poder para regular la economía, someter a los poderes financieros-empresariales parasitarios y asegurar políticas que garanticen el pleno empleo, la redistribución de la renta y los derechos sociales. Hay que refundar la democracia dando impulso de nuevo al poder constituyente del pueblo, con reformas constitucionales que refuercen el constitucionalismo social y que garanticen la efectividad de los derechos fundamentales, que impidan que haya poderes que se impongan a la soberanía popular democráticamente organizada. Una democracia, en resumen, de mujeres y hombres libres e iguales comprometidos con la justicia y con una relación armoniosa con la naturaleza.

El tiempo ganado, lo han subrayado con fuerza W. Streeck y en cierto sentido Colin Crouch, es el que sirve para evitar el choque entre la democracia tal como la conocimos y el capitalismo realmente existente. El capitalismo como problema aparece donde menos se lo espera, es decir, por el peso de sus propias contradicciones y por la enormidad de su triunfo. Se puede decir que el capitalismo ha agotado las bases sociales que lo hacían posible y que, ya sin enemigos, no tiene espejo donde mirarse ni mecanismos auto correctores que lo guíen. La paradoja es grande y de consecuencias estratégicas importantes. Lo fundamental no puede obviarse: el tema de nuestro tiempo, el centro de anudamiento del conflicto, es la contradicción cada vez más fuerte entre la democracia y el capitalismo. No ha sido la primera vez, pero bien puede ser la última.

Hay que retornar a la pregunta radical: ¿qué significa gobernar aquí y ahora? En nuestra tradición siempre se distinguió entre acceder al gobierno y conquistar el poder. El problema de hoy es, si se quiere, más grave, más difícil: los gobiernos tienen menos poder porque ya no dirigen Estados soberanos, el poder real reside en lo fundamental en la UE y esta tiene los mecanismos coercitivos para imponerle a cualquier Estado la realización de políticas económicas neoliberales. Para decirlo de otra forma, la única opción que da la Unión Europea es elegir la forma más adecuada para aplicar su recetario neoliberal, eso sí, siempre supervisada por la Comisión y bajo amenaza de sanciones.

Hace muchos años, en pleno debate sobre el Programa Común francés, el economista S. Ch. Kolm decía que cuando la izquierda llegaba al gobierno siempre acababa teniendo que elegir entre perecer o traicionar; perecer, por su incapacidad de conducir una política económica solvente; traicionar, por renunciar a una parte sustancial de su programa, bien por inadecuación a lo existente o por la fuerza de los poderes dominantes. Pero en esta Unión Europea, la Grecia de Syriza parece ser diferente: traicionar y perecer. En la Unión Europea solo cabe una política y solo una, todo lo demás son ensoñaciones y distintos modos de engañarse.

El problema, pues, sigue siendo el poder. Un gobierno democrático debe acumular poder, crear y organizar poder frente a la Troika; debe tomar medidas inteligentes y audaces que le den más autonomía macroeconómica; definir un conjunto de propuestas sociales posibles, viables, dirigidas a incrementar el poder de los trabajadores y de los sindicatos; organizar una fiscalidad realmente progresiva y luchar contra el fraude y la elusión; intervenir sobre la pobreza con instrumentos eficaces y rápidos como la renta o el trabajo garantizado; crear las condiciones para un nuevo modelo de desarrollo social y ecológicamente sostenible. La clave es unir programa y constitución de sujetos políticos-sociales. La dialéctica sujeto-programa es fundamental. El conflicto debe ser el instrumento, el medio que permita organizar poderes sociales y el programa, el dispositivo que genere las condiciones de hegemonía. Programa-sujetos-poderes sociales que definen un proyecto nacional-popular capaz de disputarle el poder una oligarquía financiera-empresarial egoísta, parasitaria y sin proyecto de país.

4. Alianzas, programa, partido: “querer es poder”

No queda otra, hay que hacer las tres cosas a la vez, con una dificultad más: la aceleración del tiempo, de los tiempos políticos y electorales. Hoy Unidos Podemos representa la alianza electoral más amplia desde la II República –Podemos, Izquierda Unida, las Mareas gallegas y En Común-Podem– con 71 diputados y 21 senadores, una fuerza parlamentaria muy significativa dado nuestro desigual e injusto sistema electoral. ¿Qué hay detrás? Los dos grandes problemas de cuya resolución dependerán en gran medida los dilemas políticos del país, “cuestión social y de clase” y “cuestión nacional”, es decir, reivindicaciones sociales y nacionales para un nuevo proyecto de país, para un nuevo tipo de Estado y un nuevo modelo social más justo e igualitario. Todo ello, en medio de una crisis extremadamente seria del proyecto de la UE.

Las alianzas siempre son complejas, mucho más en nuestro caso cuando estas expresan fracturas nacionales que buscan la construcción de un nuevo Estado. La alternativa federal es una vieja aspiración siempre aplazada y obliga a reformas constitucionales extremadamente profundas. La definición del demos, la del sujeto constituyente, es problemática en sí y obligará a mediaciones políticas complicadas. Lo decisivo es la necesidad de un programa común que anude lo social y lo nacional en un nuevo proyecto de país que recupere la soberanía del Estado para realizar políticas que aseguren empleo digno, derechos sociales fundamentales para todas y todos y el desarrollo de nuestro débil Estado social. Cuando hablamos de programa, como antes ya se indicó, nos referimos a un conjunto de ideas-fuerza coherentemente articuladas, comprensibles para las mayorías, capaces de transformar el sentido común y convertirse en una creencia por la que se puede luchar y comprometerse.

“Querer es poder” es un viejo dicho popular castellano que quiere decir que cuando las personas se comprometen con ideas o proyectos, pueden cambiar la realidad. Lo fundamental es la acción colectiva, la organización, la creación de comunidad, de pertenencia, de identidad en torno a un nuevo proyecto colectivo. En nuestras sociedades hay siempre un déficit de subjetividad. La resignación y la pasividad lo arruinan todo. El mismo discurso sobre la corrupción es ambivalente. De un lado, llama a la indignación frente al control que los poderes fuertes ejercen sobre la política hasta corromperla; de otro lado, el fenómeno invita a la pasividad, al discurso de que todos son iguales, de que no hay salvación en la política y que cada uno debe ocuparse de lo suyo e intentar liberarse individualmente. Los poderes continúan en su vieja estrategia de volver a la democracia censitaria y expulsar a la gente de la política.

Partido, programa y alianzas deben de ser rescatadas en su originalidad como una propuesta democrático-plebeya que busca unir, organizar, dar sentido y pertenencia a un nuevo bloque histórico-cultural en torno a un proyecto de liberación político-social. Ahora, como siempre, un proyecto claro, diáfano, inteligible, comprensible, ejercido, defendido colectivamente y, es vital, de ejemplaridad pública. La virtud republicana consistió siempre en la defensa de una ética pública que no nos considera ángeles en un mundo imperfecto, sino hombres y mujeres libres que creen que la política tiene un fundamento moral, incompatible con la corrupción, con el uso privado de los bienes públicos, con privilegios económicos y sociales que nada tienen que ver con el ejercicio de un servicio comunitario. En definitiva, recoger la mejor tradición del movimiento democrático-socialista que incorporaba a la vida pública a los humillados y explotados, que les daba voz y derechos y que tendía a socializar la vida pública. La clave siempre fue un fuerte compromiso político y de clase; organizarse y actuar colectivamente; hacer política a la grande para cambiar el mundo de base, para construir una sociedad justa, igualitaria, liberada de la explotación y del dominio.

El partido Podemos lo tiene muy difícil. Tiene que construirse en medio de una alianza que vertebre y organice; definir las estructura organizativa entre elecciones e inventando cuadros y direcciones en combates políticos muy duros y a veces dramáticos. Ser partido sin caer en el partidismo estrecho y vacío, construirse desde abajo sin separarse de votantes y aliados; hacerse en el conflicto social sin sectarismos y abrirse a nuevos espacios más difíciles y complejos. Hay tres problemas que requieren atención inmediata: a) los círculos (organización de base), su funcionamiento y su inserción en el territorio, con la mirada puesta en unas elecciones municipales que serán decisivas; b) la formación rápida y sistemática de centenares de cuadros políticos y gestores de lo público; y c) la consolidación de un equipo dirigente solvente, capaz, plural y unido.

5. Epílogo. La esperanza como problema

Nada hay de arbitrario en la esperanza. Es construcción desde lo real y concreto. Se genera esperanza desde la luchas de cada día, desde los fracasos, desde las pequeñas victorias y desde el quehacer cotidiano. En el fondo, darle sentido a la vida y luchar para que esta lo tenga. Somos el único animal que debe encontrar sentido a vivir y luchar por él. Nuestra crisis es de civilización y el peligro acecha. El nudo que engarza crisis ecológica-social, decadencia económica y la guerra debe ser cortado. No podemos creer, como Hölderlin, que “donde hay peligro crece lo que nos salva”. No, solo nos redimirá una acción consciente, esperanzada que combine grandes verdades materiales que dignifiquen la vida de las personas con verdades espirituales que den sentido a lo que hacemos. Comunidad, pertenencia, como patria de cada día y acción colectiva por un mundo habitable y justo. Pietro Barcellona nos lo dijo una y otra vez: el mayor defecto de los intelectuales es siempre el elitismo y el desprecio a la gente normal y corriente.


Jean-Luc Melenchón: la remontada

5:31:00 a.m. Add Comment

El programa de Mélenchon es diáfano: poner fin a las políticas neoliberales desde un punto de vista republicano, ecosocialista y pacifista. 

Por: Manolo Monereo / Cuarto Poder

A mí me asombra. De las personalidades que más me interesan en la izquierda europea tres son socialdemócratas que, por serlo, abandonaron los partidos socialistas oficiales, devinieron defensores a ultranza de los derechos sindicales y laborales y son críticos muy duros de la Unión Europea. Me refiero a J. P. Chevenement, a Oskar Lafontaine y, sobre todo, a J-L. Mélenchon. A Jean-Luc lo vi hace pocas semanas en Roma en un debate sobre la UE y su futuro; como siempre, claro y preciso. Si llegara a la Presidencia de Francia, su propuesta sería reformar los Tratados y poner fin a las políticas de austeridad. Si esto no fuese aceptado, iniciaría el proceso de salida del euro. Es más, en una conversación privada me dijo que él no aceptaría un acuerdo con Hamon y que arriesgaría. Él creía que el pacto con los socialistas significaría el fin de cualquier proyecto alternativo en Francia, dejando las manos libres a Marie Le Pen.

La biografía de Mélenchon es conocida. Nacido en Tánger –habla un excelente español con acento del Sur– desciende de españoles por ambos progenitores. Hizo una larga carrera en el Partido Socialista francés y fue ministro con Lionel Jospin. Abandonó el Partido Socialista y creó el Partido de la Izquierda. En las elecciones presidenciales de 2012 quedó en 4º lugar (11,1%) encabezando el Front de Gauche junto al Partido Comunista y otras fuerzas. En 2015 anunció que quería ser candidato a la Presidencia de Francia sin el Front de Gauche, fuera del marco de los partidos y apostando por una Francia insumisa. Ni más ni menos.

Seguramente el dato más característico de la personalidad política de Mélenchon es su conocimiento preciso de la crisis del sistema de partidos en Francia, combinado con una alta dosis de audacia que muchas veces deja a su equipo fuera de juego. Jean-Luc cree que poco o nada se puede hacer en el marco del sistema dominante y que es necesario innovar y arriesgar. Ha aprendido mucho de América Latina, de las izquierdas europeas, de Podemos y, sobre todo, de la compleja realidad de Syriza. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que ha ido a estas elecciones en base a una enorme confianza en sí mismo, a un proyecto claramente alternativo y al convencimiento de que había una posibilidad ligada a él. 

Captó con inteligencia que el candidato Hamon no tendría demasiado recorrido, que una parte significativa del Partido Socialista terminaría apoyando a Macron y que solo él podría encabezar una alternativa democrática. Entendió que la línea divisoria izquierda/derecha (los socialistas siguen gobernando Francia) nada o poco dice y que el problema real era construir una alternativa nacional-popular al proyecto de Marie Le Pen. Para decirlo de otra forma, en momentos de excepción, hay que arriesgarse y tomar también medidas excepcionales; más allá de los partidos existentes y con una firme voluntad de gobierno y de poder.

El programa de Mélenchon es diáfano: poner fin a las políticas neoliberales desde un punto de vista republicano, ecosocialista y pacifista. El candidato de la Francia insumisa promueve, es la parte más polémica de su programa, un proceso constituyente en la perspectiva de la VI República; la defensa intransigente de los derechos de las personas, del Estado social y de la reindustrialización de Francia, apostando por un proteccionismo solidario a la altura de los desafíos de nuestra época. El ecosocialismo es tomado en serio convirtiéndose  en el horizonte de un nuevo modelo de sociedad, Estado y de poder. Antes se ha dicho: la Francia insumisa no acepta las reglas neoliberales de la UE y apuesta por cambiarlas; si esto no fuese posible, iniciaría un proceso de salida de UE. Esto lo ha dejado claro una y otra vez. Su política internacional estará marcada por la paz, por la seguridad y un nuevo orden económico internacional más justo e igualitario. La prioridad es la defensa de la soberanía popular y de la independencia nacional con relaciones equilibradas con Alemania y la búsqueda de acuerdos equitativos con Rusia y con Eurasia.

La remontada de Mélenchon ha sido enorme, ha cambiado la agenda de la campaña electoral francesa y aparece, cada vez más, como alternativa democrática, no solo a Marie Le Pen sino al neoliberalismo que representan Macron y Fillon. Hay similitudes formales con las elecciones norteamericanas, en un sentido muy preciso: las élites eligen a un centrista neoliberal para derrotar al populismo de derechas. La diferencia es que Mélenchon es un Bernie Sanders que puede ganar, que quiere ganar. En todas partes lo mismo: solo se puede derrotar a las derechas extremas y a la extrema derecha desde una democracia económica, social y cultural comprometida con los derechos, defensora del Estado social, protectora de las mayorías y promotora de una res pública de hombres y mujeres libres e iguales. Jean-Luc se ha jugado todo, todo, a una carta. El pueblo francés se lo merece.

Unidos Podemos: estado de excepción

6:53:00 a.m. Add Comment

Asombra la candidez y hasta la inocencia de algunos dirigentes de Unidos Podemos. Ingenuidad que lleva, con mucha frecuencia, a la incoherencia: no se puede estar diciendo a los cuatro vientos que vivimos una crisis de régimen y que hay que derrotar a la casta reinante sin prever que los poderes que realmente mandan en el país no reaccionen y no lo hagan virulentamente. Y así ha sido desde el principio.

Por: Manolo Monereo / Cuarto Poder

Después de unos primeros meses de expectación, de conocimiento del fenómeno Podemos, los que mandan y no se presentan a las elecciones adoptaron dos resoluciones estratégicas de fondo, tomarse en serio el fenómeno e iniciar un conjunto de medidas políticas, mediáticas y económicas con el objetivo de dividirla, romperla y limitarla electoralmente. El surgimiento de Ciudadanos, la denuncia sistemática contra el populismo y sus secuelas fue en paralelo a la creación de “psicosociales”, de “casos” y de “escándalos” contra los dirigentes más conocidos de Unidos Podemos. A título de ejemplo, los de Monedero, Iñigo Errejón, Tania Sánchez, Echenique y, ahora, Ramón Espinar.

Lo característico de estos “psicosociales” es la existencia de tramas que enlazan medios periodísticos, parte de la clase política y lo que podríamos llamar las “cloacas” del Estado. Estas tramas siempre han existido de una u otra manera. Lo nuevo es que con la crisis se han hecho más visibles, más centralizadas y su fuerza es mucho mayor. Se podría decir que hay una trama general (la casta, el núcleo duro del poder) que se transforma en tramas y tramillas, todas ellas engarzadas en una lógica de los que mandan. Esto, que podrían parecer exageraciones más o menos fundamentadas en los hechos, ha dado un paso hacia delante de cualidad: por segunda vez en nuestra ya veterana democracia, hemos podido asistir en directo y hasta televisado a la caída planificada, organizada y ordenada del secretario general de un partido, el del PSOE. La primera vez —era otro contexto sin duda más dramático— fue el linchamiento de Adolfo Suárez, convertido hoy, paradoja sobre paradoja, por sus más encarnizados enemigos, en el padre de la democracia española. No tendrá esta suerte Pedro Sánchez, creo.

Ahora viene la operación olvido, es decir, que desaparezca de nuestro imaginario social cómo unos medios de comunicación dirigidos por el Grupo PRISA, en estrecha alianza con los grupos de poder económicos y la complicidad visible de barones y baronesa del PSOE, derrotaron a Pedro Sánchez y convirtieron —ante millones de personas— al PSOE en una fuerza intervenida por los poderes fácticos. Insisto, lo nuevo es esto: lo que hoy se quiere escamotear es el control que los poderes fácticos ejercen sobre las fuerzas políticas fundamentales. El error de Pedro Sánchez (uno de ellos) fue autonomizarse tanto de los poderes internos como de los poderes externos, y lo pagó; me temo que lo seguirá pagando. Todo lo que muchos dijimos que pasaba lo ha repetido el antiguo secretario del PSOE de la A a la Z. En todas las tramas, en todos los conciliábulos y conspiraciones, los mismos actores: PRISA, González y Rubalcaba y, a lo lejos, por lo que hoy llaman Despeñapedros, Susana Díaz.

Lo diré con toda claridad: los poderes de este país han decretado el estado de excepción para Unidos Podemos. No es nada personal, es político. La cuestión es diáfana: PRISA, los poderes han jugado muy fuerte y han domesticado a un PSOE que para ellos andaba sin brújula. Han ganando, pero están pagando un altísimo coste. En primer lugar, porque el ataque ha sido tan brutal que se ha notado demasiado, ha sido excesivamente visible y algunos medios han perdido credibilidad, mucha credibilidad. En segundo lugar, porque el debilitamiento relativo del PSOE puede ser aprovechado por Unidos Podemos para ganar fuerza social, presencia electoral y solvencia política. La conclusión es bastante evidente, hay que usar todos los medios y métodos para que Unidos Podemos no salga favorecido de la crisis inducida del PSOE.

Con el tema de Ramón Espinar tenemos la primera advertencia de la guerra que acaba de comenzar. Lo que viene ahora está ya escrito en los astros: sucesión más o menos relevante de casos, de “psicosociales” contra dirigentes de Unidos Podemos, siempre, siempre próximos a Pablo Iglesias. El “juego” será también el de siempre: “escándalos” mediáticos sin conexión penal y derivados a supuestas “razones éticas” violadas. Pronto llegarán amenazas de dossieres, de informes reservados sobre dirigentes; se incentivará el surgimiento y el desarrollo de “sectores críticos” contra el “autoritarismo” del secretario general de Podemos y del coordinador de IU. La nota diferencial es advertir a todas y a todos los dirigentes de UP que nadie estará ya libre de dossieres, que las críticas a la dirección siempre serán bienvenidas y que es el tiempo de decidirse. Y más allá, “vender” la idea que hay que escoger entre un sector bueno, razonable y hasta sutil, en definitiva, dialogante; y un sector duro, intransigente y autoritario que coincidiría con Pablo Iglesias y Alberto Garzón.

Nada nuevo bajo el sol. Esto se ha practicado muchas veces con razonable éxito, por lo demás. Unidos Podemos debe, en primer lugar, tomar nota con mucha claridad de lo que viene y prepararse para ello. En segundo lugar, estas cosas se combaten con política; hay que hacer política a lo grande en pos de un proyecto nuevo de país, protagonizando el conflicto social y ganando en solvencia política y parlamentaria. En tercer lugar, no matar el debate; se trata de combinar inteligentemente la unidad frente a unos enemigos que decididamente van a liquidar el proyecto con la autonomía necesaria para pensar juntos, discutir colectivamente y aprobar políticas mayoritarias en la organización. En cuarto lugar, unidad, unidad y unidad. 

Unidos Podemos debe ser algo más que un grupo parlamentario, debe construir una unidad desde abajo, desde lo local, garantizar una acción común y dedicar muchas horas a construir vida colectiva y práctica común. Ahora, como siempre, hacen falta principios claros, conocimiento de lo que hay y coraje moral. No está escrito en parte alguna que esta partida no la podamos ganar.