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[Yanis Varoufakis] ¿Gravar a los robots con impuestos?

6:12:00 a.m. Add Comment

En resumen, olvidémonos de gravar con impuestos a Nexus o Luke. Por el contrario, pongamos una porción del patrimonio de Luke en la granja en un fideicomiso público, mismo que posteriormente vaya a proporcionar un pago universal a todos. 

Por: Yanis Varoufakis / Project Syndicate 

Ken gana lo suficiente para vivir una vida digna al operar una gran cosechadora para un agricultor llamado Luke. El sueldo de Ken genera impuestos sobre la renta y pagos de seguridad social que ayudan a financiar programas gubernamentales para los miembros menos afortunados de su comunidad. Pero, ¡oh, caramba!, Luke está a punto de reemplazar a Ken con Nexus, un robot que puede operar la cosechadora durante más tiempo, con mayor seguridad, en cualquier clima, y sin pausas para el almuerzo, y además no toma vacaciones, ni percibe subsidios por enfermedad.
Bill Gates piensa que, para aliviar la desigualdad y compensar los costos sociales implícitos por los efectos de desplazamiento que conlleva la automatización, Nexus debería pagar impuestos sobre la renta, o Luke debería pagar un fuerte impuesto por reemplazar a Ken con un robot. Y, se debería usar este “impuesto a los robots” para financiar algo que sería como una renta básica universal (RBI). La propuesta de Gates, una de las muchas variantes del tema RBI, nos permite vislumbrar aspectos fascinantes del capitalismo y de la naturaleza humana que las sociedades ricas han descuidado durante demasiado tiempo.
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El punto central de la automatización es que, a diferencia de Ken, Nexus nunca negociará un contrato laboral con Luke. De hecho, Nexus no va a recibir ninguna renta. La única manera de simular un impuesto sobre la renta a nombre de Nexus es usar la cifra de los ingresos anuales del último año en el que Ken trabajó, usándola como salario de referencia, y extraer de los ingresos de Luke el equivalente a los impuestos sobre la renta que Luke pagaba y los cargos por seguridad social que Ken pagaba.
Hay tres problemas con este enfoque. Para empezar, si bien los ingresos de Ken habrían cambiado con el tiempo si no hubiese sido despedido, el salario de referencia no puede cambiar, excepto de manera arbitraria confrontando a las autoridades fiscales y a las empresas. La oficina de impuestos y Luke acabarían en discordia sobre estimaciones imposibles de realizar con respecto a la medida en la que el salario de Ken habría aumentado, o habría disminuido, en caso de que Luke aún estuviese empleado.
En segundo lugar, el advenimiento de máquinas operadas por robots que nunca antes fueron operadas por seres humanos significa que no habrá ingresos humanos previos para actuar como un salario de referencia con el fin de calcular los impuestos que estos robots deben pagar.

Por último, es filosóficamente difícil de justificar que se pueda forzar a Luke a pagar impuestos por la “renta” de Nexus, pero no por la cosechadora que Nexus opera. Al fin y al cabo, ambos, Nexus y la cosechadora, son máquinas, y la cosechadora ha reemplazado a mucho más cantidad de trabajo realizado por humanos en comparación a Nexus. La única justificación defendible para tratarlos a cada uno de forma distinta es que Nexus tiene una mayor autonomía.

Pero, ¿hasta qué punto Nexus es genuinamente autónomo en una manera que la cosechadora no lo es? Por muy avanzado que sea Nexus, se lo puede considerar como autónomo si y solamente si desarrolla su propia conciencia, ya sea espontáneamente o con la ayuda de sus creadores.
Sólo si Nexus (como los replicantes de Nexus-6 en la película Blade Runner del año 1982) logra ese salto, “él” se habrá ganado el “derecho” de ser considerado como distinto de la cosechadora que opera. Pero, en ese caso, la humanidad habrá engendrado una nueva especie y un nuevo movimiento de derechos civiles (al cual, con mucho gusto, yo me uniría) que exija la libertad de Nexus y su igualdad de derechos con Ken – incluyendo un salario digno, beneficios mínimos y emancipación.
Si se supone que no se puede forzar a que los robots paguen impuestos sobre la renta sin crear nuevas posibilidades de conflicto entre las autoridades fiscales y las empresas (conflictos que estarían acompañados por procesos de arbitraje tributario y corrupción), ¿qué hay sobre la posibilidad de gravar a Nexus en el punto de venta en el cual Luke lo compra? Eso sería, por supuesto, posible: el Estado recaudaría un impuesto de suma fija pagado por Luke en el momento en que Luke iría a reemplazar a Ken con Nexus. 
Gates apoya esta segunda mejor alternativa para hacer que los robots “paguen” impuestos sobre la renta. Piensa que ralentizar la automatización y crear desincentivos fiscales para contrarrestar el efecto de desplazamiento de la mano de obra debido a la tecnología es, en general, una política sensata. 
Sin embargo, un impuesto de suma fija gravando a los robots simplemente conduciría a que los productores de robots encajen inteligencia artificial dentro de otra maquinaria. Se incorporaría a Nexus dentro de la cosechadora cada vez en un mayor grado, haciendo que sea imposible gravar al elemento robótico por separado de las partes no inteligentes que llevan a cabo la cosecha.
Hay dos opciones: o el impuesto sobre ventas de robots debería ser eliminado o dicho impuesto debería ser generalizado en la forma de un impuesto sobre ventas de bienes de capital. Pero, imagínese el escándalo que se armaría en contra de un impuesto sobre todos los bienes de capital: ¡Ay, pobres aquellos que intentasen disminuir la productividad y competitividad del país!
Desde el surgimiento del capitalismo industrial, hemos sido pésimos con respecto a diferenciar entre propiedad y capital; y, por lo tanto, entre riqueza, ingresos y ganancias. Esta es la razón por la cual un impuesto sobre la riqueza es tan difícil de diseñar. El problema conceptual relativo a diferenciar entre Nexus y la cosechadora que “él” opera haría que sea imposible ponerse de acuerdo sobre cómo un impuesto a los robots debería funcionar.
Pero, ¿por qué hacer la vida bajo el capitalismo más complicada de lo que ya es? Hay una alternativa a un impuesto a los robots que es fácil de implementar y sencilla de justificar: un dividendo básico universal (DBU), financiado con los rendimientos de todo el capital. 
Imaginemos que una parte fija de las ofertas públicas iniciales (OPI) de venta de acciones vaya a un fideicomiso público que, a su vez, genere una corriente de ingresos a partir de la cual se paguen los DBU. En los hechos, la sociedad se convierte en accionista en cada corporación, y los dividendos se distribuyen uniformemente a todos los ciudadanos.  
En la medida en que la automatización mejore la productividad y la rentabilidad empresarial, la sociedad en su conjunto comenzará a compartir los beneficios. No habrá necesidad de ningún nuevo impuesto, de ninguna complicación en el código tributario, y no se tendría ningún efecto sobre la financiación ya existente para el Estado de bienestar. De hecho, a medida que se perciban mayores ganancias y las mismas se redistribuyan automáticamente a través de los ingresos aumentados por los DBU, se tendrían más fondos disponibles para ser usados por el Estado de bienestar. Si esto se une a derechos laborales más fuertes y un salario digno que alcance para vivir, se daría una nueva oportunidad de vida al ideal de prosperidad compartida. 
Las dos primeras revoluciones industriales se construyeron en base a máquinas producidas por grandes inventores en graneros glorificados, máquinas que fueron compradas por empresarios muy astutos que exigieron derechos de propiedad sobre el flujo de ingresos que generaban “sus” máquinas. La revolución tecnológica de hoy está marcada por la creciente socialización de la producción del capital. Una respuesta práctica sería socializar los derechos de propiedad sobre los grandes flujos de ingresos que el capital está generando hoy en día.
En resumen, olvidémonos de gravar con impuestos a Nexus o Luke. Por el contrario, pongamos una porción del patrimonio de Luke en la granja en un fideicomiso público, mismo que posteriormente vaya a proporcionar un pago universal a todos. Además, debemos legislar con el propósito de mejorar los salarios y las condiciones de todos los seres humanos quienes aún tienen empleos, mientras que, simultáneamente, nuestros impuestos proporcionen a Ken beneficios de desempleo, un puesto de trabajo remunerado garantizado en su comunidad o reentrenamiento laboral.

[Yanis Varoufakis] Para construir una internacional progresista.

7:41:00 a.m. Add Comment

La política en las economías avanzadas de Occidente está en la tesitura de una reestructuración política como no se ha visto desde los años 30.

Por: Yanis Varoufakis / Sin Permiso.

La Gran Deflación que tiene acogotados a ambos lados del Atlántico está haciendo que revivan fuerzas políticas que habían estado dormidas desde el final de la II Guerra Mundial. Está volviendo la pasión a la política, pero no de la forma que muchos habíamos esperado.

La derecha se ha visto animada por un fervor contrario al “establishment” que era, hasta hace poco, patrimonio de la izquierda. En los Estados Unidos, Donald Trump, candidato republicano a la presidencia, mete en vereda – bastante creíblemente – a Hillary Clinton, su oponente demócrata, por sus estrechos lazos con Wall Street, sus ganas de invadir tierras foráneas, su disposición a adherirse a acuerdos de libre comercio que han socavado el nivel de vida de millones de trabajadores. En el Reino Unido, el Brexit ha asignado a ardientes thatcherianos el papel de entusiastas defensores del National Health Service [el sistema sanitario británico].

Esta transformación no carece de precedentes. La derecha populista ha adoptado tradicionalmente una retórica cuasi izquierdista en tiempos de deflación. Cualquiera que tenga estómago para revisar los discursos de los más destacados fascistas y nazis de los años 20 y 30, encontrará apelaciones – los panegíricos de Benito Mussolini a la seguridad social o las punzantes críticas del sector financiero por parte de Joseph Goebbels – que parecen, a primera vista, indistinguibles de metas progresistas.

Lo que hoy estamos experimentando es la implosión natural de la política centrista, debido a una crisis del capitalismo global en la que un derrumbe financiero condujo a una Gran Recesión y luego a la Gran Deflación de hoy. La derecha está repitiendo sencillamente su viejo truco de sacar partido de la ira justificada y las aspiraciones frustradas de las víctimas para hacer que avance su repugnante orden del día.

Todo empezó con la muerte del sistema monetario internacional establecido en Bretton Woods en 1944, que había forjado un consenso político de postguerra basado en una economía “mixta”, límites a la desigualdad y una sólida regulación financiera. Esa “era dorada” terminó con el llamado “shock” de Nixon en 1971, cuando Norteamérica perdió los superávits que, reciclados internacionalmente, mantenían estable el capitalismo global.

De manera notable, la hegemonía de los Estados Unidos creció en esta segunda fase de postguerra, en paralelo a su déficit comercial y presupuestario. Pero para seguir financiando estos déficits, los banqueros tenían que desengancharse de sus restricciones del New Deal y de Bretton Woods. Sólo ellos alentarían y gestionarían los flujos de entrada de capital necesarios para financiar los déficis parejos de Norteamérica en fiscalidad y por cuenta corriente.

La meta era la financiarización de la economía, el neoliberalismo su manto ideológico, su gatillo fue la subida de los tipos de interés de la época Paul Volcker en la Reserva Federal, y el presidente Clinton fue en última instancia el que cerró este pacto fáustico. Y el momento no podría haber sido más amigable: el desmoronamiento del imperio soviético y la apertura de China generaron una oferta de trabajo para el capitalismo global – mil millones de trabajadores adicionales – que hicieron que se disparasen los precios y ahogaron el crecimiento de los salarios en todo Occidente.

El resultado de la extrema financiarización fue una enorme desigualdad y una profunda vulnerabilidad. Pero por lo menos la clase trabajadora de Occidente tenía acceso a préstamos baratos y precios de vivienda desorbitados para compensar el impacto de salarios estancados y transferencia de rentas fiscales en declive.

Luego llegó el derrumbe de 2008, que produjo en los EE.UU. y en Europa un masivo exceso de oferta, tanto de dinero como de gente. Aunque muchos perdieron empleos, hogares y esperanzas, billones de dólares en ahorros han ido derramándose por los centros financieros del mundo desde entonces, sumándose a otros billones bombeados por desesperados bancos centrales dispuestos a substituir el dinero tóxico de los financieros. Con empresas e inversores demasiado temerosos como para invertir en la economía real, los precios de las acciones se han puesto por las nubes y el 0,1% más alto no da crédito a su suerte, y el resto mira impotente cómo las uvas de la ira van“…llenándose y haciéndose copiosas, haciéndose copiosas para la cosecha”.

Y así fue como ingentes partes de la humanidad en Norteamérica y en Europa quedaron demasiado endeudadas y se volvieron demasiado caras como para ser otra cosa que desecho, y quedaron listas para verse tentadas por Trump atizando el miedo, por la xenofobia de la dirigente del Front National, Marine Le Pen, o la refulgente visión de los adalides del Brexit de una Britania que rige de nuevo las olas. A medida que crece su número, los partidos tradicionales están cayendo en la irrelevancia, suplantados por el surgimiento de dos nuevos bloques políticos.

Un bloque representa la vieja troika de la liberalización, la globalización y la financiarización. Puede que todavía esté en el poder, pero sus acciones están cayendo rápidamente, como pueden atestiguar David Cameron, los socialdemócratas europeos, Hillary Clinton, la Comisión Europea y hasta el gobierno de Syriza posterior a la capitulación.

Trump, Le Pen, los partidarios derechistas del Brexit en Gran Bretaña, los intolerantes gobiernos de Polonia y Hungría, y el presidente ruso, Vladimir Putin, forman el segundo bloque. La suya es una internacional nacionalista – una criatura clásica de un periodo deflacionario – unida por el desprecio por la democracia liberal y la capacidad de movilizar a los que la aplastarían.

El choque entre estos dos bloques es a la vez real y motivo de confusion. Clinton versus Trump constituye una auténtica batalla, por ejemplo, como lo es la Unión Europea contra los partidarios del Brexit; pero los contendientes son cómplices, no enemigos, que perpetúan un bucle inacabable en el que se refuerzan mutuamente y en el que cada lado se define – y moviliza a sus apoyos sobre esa base – por aquello a lo que se opone.

La única manera de salir de esta trampa política es el internacionalismo progresista, basado en la solidaridad entre las grandes mayorías en todo el mundo que están preparadas para reavivar la política democrática a escala planetaria. Si esto suena utópico, vale la pena poner de relieve que ya se encuentran disponibles las materias primas.

La “revolución política” de Bernie Sanders en los EE.UU., el liderazgo de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista del Reino Unido, el MDeE25 (Movimiento por la Democracia en Europa, DiEM25) en el continente: estos son los heraldos de un movimiento internacional progresista que puede definir el terreno intelectual sobre el que debe erigirse la política democrática. Pero nos encontramos en un estadio muy temprano y nos enfrentamos a un notable contragolpe de la troika global: véase el tratamiento dispensado a Sanders por el Comité Nacional de los demócratas norteamericanos, la competencia contra Corbyn de un antiguo cabildero farmacéutico y el intento de encausarme por osar oponerme al plan de la UE para Grecia.

La Gran Deflación plantea una gran pregunta: ¿puede la humanidad concebir y llevar a la práctica un nuevo Bretton Woods “verde” y tecnológicamente avanzado – un sistema que haga nuestro planeta ecológica y económicamente sostenible – sin el inmenso sufrimiento y destrucción que precedieron al primitivo Bretton Woods?

Si nosotros – los internacionalistas progresistas – no conseguimos responder la cuestión, ¿quién la contestará? Ninguno de los dos bloques que hoy rivalizan por el poder en Occidente quiere siquiera que se plantee.

[Yanis Varoufakis] El error europeo de Podemos

7:13:00 p.m. Add Comment

Tres días después del shock del Brexit, los españoles acudieron a las urnas para generar un resultado que, ostensiblemente, otorga la victoria a las fuerzas del statu quo. Sin embargo, el statu quo está cansado, fragmentado y en camino a deshacerse, a menos que se impida la deconstrucción de la UE.

Por: Yanis Varoufakis / Sin Permiso

Pero el establishment español, resuelto a mantener el statu quo, carece de capacidad analítica, no menos que de voluntad política, para impedir la desintegración de la UE. De modo que un resultado electoral a favor de la continuidad viene a ser presagio de profunda incertidumbre.

España y el Reino Unido difieren en un sentido crucial. Aunque las políticas y las instituciones de la UE han dañado a la economía española mucho más que a la británica, el sistema político español sigue estando en muy gran medida libre de euroescepticismo. La aparente paradoja se disuelve al punto, cuando se cae en la cuenta de la tradicional falta de legitimidad de las elites españolas en su propio país. Conmovida por el veredicto radical de los votantes británicos, la Europa “oficial” se dio un respiro con el resultado de las elecciones generales en España. Leyó en ellas la prueba de que el factor miedo post-Brexit puede ayudar a cortarles las alas a los votantes, alejándolos de los partidos “populistas”. Si así fuera, empero, ¿por cuánto tiempo podrá el miedo conservar la lealtad de los votantes a un statu quo que se desploma? La amenaza de una victoria pírrica para el establishment español es, así pues, una amenaza clara y viva.

Los Tories británicos, como Michael Gove y Boris Johnson, sabían que podían lograr apoyos masivos con una consigna como “¡Queremos que nos devuelvan nuestro país!”. El establishment español no puede hacer lo mismo. Y no puede, porque lo que ha hecho en las últimas cuatro décadas es mantenerse en el mando ofreciendo a los votantes un pacto inopinado: “Manténgannos en el gobierno, que haremos lo que haga falta para que ustedes se libren de nosotros transfiriendo y cediendo más y más poder a Bruselas y a Francfort”. Llamar ahora a restaurar la soberanía resultaría chocante para los votante españoles: algo así como desdecirse de la promesa de dejarlos libres de sus inveterados dominadores locales. Y sin embargo, una vez más, esa promesa se ve cada vez más amenazada en una época en que el proceso de europeización se halla en dificultades muy serias.

El establishment español se encuentra en un brete. Para seguir en el poder, tiene que continuar con el relato de la europeización y seguir sin pausa con las transferencias de autoridad hacia la tecnocracia de la UE. Al propio tiempo, sin embargo, es claro para el grueso de la ciudadanía española que la tecnocracia de la UE ha perdido el rumbo, ha infligido a la periferia europea una recesión innecesaria, ha perdido el apoyo de una holgada mayoría de los europeos y está perdiendo ahora el control de importantes ámbitos de la UE, como el Reino Unido.

Una de las estrategias seguidas por el establishment en el curso de las recientes elecciones fue la de la negación basada en una interpretación panglosiana de la coyuntura. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, ha venido repitiendo ad infinitum historias de “buenas nuevas”, según las cuales la austeridad y la eliminación de las protecciones de los trabajadores habrían vuelto a situar a España en la senda, lenta pero segura, de la recuperación. Una segunda estrategia empleada consistió en la “proyección del miedo” y en la “carta Tsipras”: en la repetición ad nauseam de la advertencia de que si el partido radical Podemos (el nuevo partido salido de las manifestaciones y ocupaciones contra la austeridad) llegaba a entrar en el gobierno, España se convertiría en otra Grecia.

Ninguna de esas dos estrategias funcionó en las elecciones generales del pasado 20 de diciembre, que dieron lugar a un parlamento sin mayoría absoluta, incapaz de formar una coalición de gobierno y, así, abocado a unas nuevas elecciones, las que acaban de celebrarse. Con el shock del Brexit ocurrido sólo tres días antes, los encuestadores tienen una excusa para su grave fracaso predictivo: Podemos terminó tercero, y no, como se había pronosticado, segundo.

Desde las inconcluyentes elecciones de diciembre de 2015, Podemos forjó una valiosa alianza con Izquierda Unida, el partido tradicional de la izquierda española, que se suponía aportaría a Podemos su millón de votos leales, contribuyendo de esta guisa al sorpasso del PSOE, el partido de los desjarretados socialdemócratas españoles. Y hete aquí que llegó el Brexit y pasó factura a esas esperanzas y a esos pronósticos. La razón de que el Brexit ayudara al PSOE a evitar in extremis el sorpasso de Podemos es muy, muy simple: el tema de la desintegración de Europa entró como un aldabonazo en la campaña electoral tres días antes de que España votara.

El Brexit benefició a las dos fuerzas políticas partidarias del statu quo, porque el miedo que inspiró hizo más atractivos a los partidos que proponían el curso de “seguir como estamos”. El partido que proponía un nuevo curso para España y para Europa, Podemos, era el partido del que los votantes esperaban una agenda europea clara: un conjunto convincente de políticas que pudieran ser realizadas realistamente bajo las actuales instituciones de la UE con objeto de poner fin a la austeridad, estimular el crecimiento y permitir a Podemos gobernar conforme a su programa.

La verdad es que ninguno de los tres grandes partidos (PP, PSOE o Podemos) ofreció al electorado una agenda europea convincente en la que poder anclar sus políticas internas. El PP prometió que se le permitiría torcer un poco las reglas de la UE a cambio de la sumisión a Bruselas. El PSOE arguyó que ellos podrían hacer eso mismo, pero mejor que el PP. Y Podemos se columpió en vagas y sensibleras apelaciones a “otra” Europa.

Podemos, lo mismo que los otros dos grandes partidos, esperaba que a los votantes, concentrados en los asuntos internos, les pasaría por alto su falta de agenda europea. El Brexit hizo añicos esa esperanza, devolviendo al PSOE a antiguos votantes socialistas y anulando los beneficios derivables para Podemos de su alianza con Izquierda Unida.

En un artículo sobre España, escrito también para Newsweek (y traducido en SinPermiso) antes del referéndum en el Reino Unido y de las elecciones en España, concluía yo que:

“Europa está al borde del abismo y nuestra ‘Unión’ se está desintegrando como resultado de una perniciosa mezcla de autoritarismo y mala política. España puede cambiar esto. Pero para que eso suceda, Podemos tiene que auparse a una agenda europea atractiva.”

El error de Podemos fue comparecer sin esa agenda. El decepcionante tercer puesto es el precio que ha terminado pagando por ello. También ha sido un golpe para Europa, en la medida en que Bruselas, Francfort y Berlín ven ahora el resultado español como una señal de que seguir como hasta ahora sigue siendo una opción.

Pero seguir igual no es factible, de manera que el resultado español favorable al statu quo viene a ser presagio de la honda incertidumbre que se abatirá sobre Europa. La UE se halla en un punto en el que los progresistas radicales, como Podemos, son su única esperanza de supervivencia. Y sería deseable que Podemos, de la mano de todas las fuerzas europeas progresistas, abrazara una consigna similar, pero muy diferente, de los partidarios del Brexit: “¡Queremos que nos devuelvan nuestra Europa!”.

La buena nueva es que Podemos ha solidificado ahora su posición como fuerza política mayor. Sus filas rebosan de figuras en los gobiernos municipales –como Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona— con experiencia de primera mano en la conversión de una agenda de movimiento de protesta en un gobierno práctico e innovador.

El único ingrediente que falta es el de una agenda europeísta progresista del tipo de la que el DiEM25 está tratando de construir desde la base y por toda Europa.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ventureta Vinyavella