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Rusia y el manejo del COVID-19

4:40:00 a.m. Add Comment


En la actualidad el Occidente colectivo está librando una guerra de información contra Rusia y varios otros Estados. Uno de sus componentes es la campaña masiva de desinformación y descrédito de las medidas antipandémicas de las autoridades rusas con el objetivo de formar una imagen negativa de nuestro país.

Por: Serguey Koshkin (embajador de Rusia en Colombia) / El Espectador

Muy a pesar nuestro, tenemos que constatar que ciertos medios de comunicación colombianos se vieron involucrados en esta reprobable práctica. El 23 de mayo del año corriente el periódico El Espectador publicó una columna de opinión sobre la situación en torno a la infección de coronavirus en Rusia. Este artículo, basándose en las conclusiones de ciertos “analistas independientes” anónimos o refiriéndose a las fuentes abiertamente politizadas que son notoriamente conocidas en Rusia por su oposición radical, ofrece una interpretación tergiversada, en realidad falsa, sobre la situación epidemiológica en Rusia.

Obviamente, nosotros no ponemos en tela de juicio el derecho de los medios independientes colombianos de exponer su punto de vista. Sin embargo, pensamos que para lograr objetividad e imparcialidad al momento de evaluar la situación en otros países, sobre todo cuando se trata de un tema tan sensible como es la pandemia de coronavirus, sería oportuno apoyarse en las evaluaciones y enjuiciamientos de los expertos reconocidos y datos estadísticos de las estructuras internacionales oficiales. Particularmente, sería útil conocer las conclusiones de la señora Melita Vuinovich, representante oficial de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Rusia. Suponemos que la opinión de la OMS es lo suficientemente competente para Colombia, tomando en consideración la reciente elección de este país como nuevo miembro del Consejo Ejecutivo de la Organización.

Sí, es cierto que, según los cálculos de la OMS, el índice de la mortalidad por causa del COVID-19 en Rusia, donde se aplica la metodología de registro aprobada por las recomendaciones de la OMS, es bastante bajo. Pero este índice es compatible con los de muchos otros países: Rusia -1 %, Chile -1 %, Israel -1 %, Turquía -2,7 %, Perú -2,9 %, Colombia -3,5 %.

Aquí no se trata de una subestimación malintencionada de las estadísticas. Según la señora Vuinovich, existe una serie de factores que explica la mortalidad tan baja entre los ciudadanos de Rusia.

Las autoridades rusas supieron aprovechar bien la reserva del tiempo generada por una llegada retardada del coronavirus al país, tomando medidas preventivas para desacelerar la propagación del contagio y preparar el sistema nacional de salud: aumentar la cantidad de camas, remodelar los hospitales, montar, en un tiempo muy corto, nuevos centros médicos multifuncionales para atender a los pacientes infectados con el coronavirus. Sí, es cierto que la cantidad de casos detectados es alta (3ª a escala mundial) pero esto es el resultado del testeo oportuno y masivo en Rusia: el país realiza 8 millones de tests, ocupando el 2º lugar en el planeta después de EE. UU. (13 millones). El país que está en el 3r lugar queda mucho más atrás realizando casi tres veces menos pruebas (3 millones). En Colombia, para comparar, se hacen 252 mil. Además, en el 70 % de los casos letales en Rusia se practica la autopsia, la cual hace que se determine inequívocamente la causa de la muerte, sin adjudicar toda la culpa al coronavirus como sucede en muchos otros países. (https://www.healthaffairs.org/doi/full/10.1377/hlthaff.2020.00455?utm_ca...).

Un factor importante lo constituye el carácter social del sistema de salud ruso, el cual sigue siendo accesible, gratuito y masivo. Gracias a esto, Rusia tiene las mejores tasas de hospitalización temprana, transportación rápida del enfermo al centro médico, diagnóstico temprano y oportuno.

Luego, en su artículo el autor se permite transmitir acusaciones insultantes a las autoridades rusas, incluyendo personalmente al presidente Vladímir Putin, las que hacen circular ciertos medios anglosajones notorios por su predisposición rusófoba.

Sí, es cierto, que la lucha frontal contra el coronavirus genera situaciones extremas y estresantes que afectan frecuentemente a los médicos. Eso sucede no solamente en Rusia, sino también en otros países, como EE. UU., Italia, e incluso en propia Colombia, donde hubo casos de suicidios entre los médicos, contagios o falta de medios de protección individual para el personal de hospitales.

En todas partes es la razón para mostrar el humanismo, compasión, piedad a las víctimas. Y solo si se trata de Rusia unos personajes no creen necesario esconder su sentimiento de odio y goce maligno.

Contrarrestando la pandemia, Rusia, igual que otros países, se chocó con muchos problemas. Por ahora no todo se logra resolver de la mejor manera posible. No obstante, como subrayó el presidente de Colombia, Iván Duque, en su mensaje a la 73a Asamblea de la OMS, “para enfrentar una situación de esta naturaleza el mundo no tenía manuales ni mucho menos ningún país ha estado lo suficientemente preparado para enfrentar estas condiciones”. Es precisamente por eso que no debemos comparar maliciosamente la cantidad de enfermos y fallecidos sino unirnos para superar este desafío global, dejando aparte las diferencias ideológicas y las competencias históricas. Necesitamos una agenda unificadora en la que no debe haber lugar para publicaciones semejantes al artículo que sirvió de motivo para la presente carta.

No es tiempo de ortodoxia económica.

11:03:00 a.m. Add Comment

No es tiempo de equilibrio fiscal ni monetario. Por el contrario, es la hora de que el Banco de la República y el Ministerio de Hacienda tomen medidas drásticas que aporten recursos gigantescos para que el Estado pueda actuar en todos los frentes necesarios de esta guerra contra la pandemia, que está haciendo estragos en la economía.

Por: Salomón Kalmanovitz / El Espectador 

El ministro Carrasquilla acopió 1,4 % del PIB en recursos de las pensiones territoriales y de ahorros petroleros sin reconocer intereses. No es grave, si eventualmente devuelve el dinero. Lo grave es la mezquindad de su política. El gobierno de Estados Unidos gastará 10 % del PIB para combatir el coronavirus, mientras que Alemania destinará 20 % de su producto para contenerlo y reactivar su economía. Incluso nuestro vecino Perú, más sano en sus equilibrios macroeconómicos que Colombia, está movilizando el 12 % de su PIB para combatir la crisis. Debemos, al mismo tiempo, abrir cautelosamente sectores claves para evitar el desabastecimiento y la inflación.

El Banco de la República, por su parte, bajó su tasa de referencia a 3,75 %, que se compara mal con el 0 % de la Reserva Federal de Estados Unidos, con Chile que la redujo al 1 % y con Perú que la bajó al 1,5 %. Si a la Junta Directiva le parece que debe estar combatiendo la inflación, hay que insistirle en que el peligro mayor no es ese. El riesgo inminente es la extensión del contagio de la peste y el colapso de la economía. Estuvieron bien las medidas de adquirir bonos corporativos del sector privado y facilitar el endeudamiento del Gobierno, pero debe considerar esfuerzos adicionales tanto en reducir el precio del dinero como en aumentar su cantidad.

De hecho, el banco central debe prestarle directamente al Gobierno porque este no puede recurrir al endeudamiento externo por la pérdida de reputación, debido a la mayor percepción de riesgo de los llamados mercados emergentes. Los préstamos al Gobierno pueden hacerse bajo condiciones favorables de plazos y tasas de interés, mediante títulos especiales, que deben ser honrados; para eso, se debe obligar a una reforma tributaria que recaude por lo menos un 5 % adicional del PIB sobre el raquítico nivel actual. Los impuestos deberán recaer obviamente sobre la renta y el patrimonio de los más ricos.

Es loable que la organización de Luis Carlos Sarmiento done $80.000 millones para combatir la pandemia, pero debe considerarse que el monto puede reducir su factura tributaria por el equivalente, mientras que sus utilidades netas en 2019 fueron superiores a $3 billones. Mejor sería aplicar un tributo de 50 % a ese monto para financiar adecuadamente el Estado. El sistema financiero deber recibir ingentes recursos públicos, en la medida en que las empresas y las personas no puedan honrar sus deudas; por eso mismo, debe ser solidario con el Estado que deberá estar dispuesto a salvarlo cuando lo requiera.

La crisis está poniendo en evidencia también la mala calidad del sistema de salud basado en el aseguramiento privado, pues hará necesario que el Gobierno nacionalice a las EPS incapaces de cumplir funciones esenciales, dejando sólo a las que son manejadas sin corrupción y con eficiencia. Así mismo, el aseguramiento privado de las pensiones puede desplomarse junto con el mercado bursátil colombiano, y el internacional también, así que Colpensiones deberá cubrir las falencias de los fondos privados. Se requiere de un cambio profundo en la economía política del país.

Coronavirus o el elogio de la Política

5:39:00 a.m. Add Comment

El autor del libro "El sueño de la especie. Siete ensayos al borde del abismo" (Devenir, 2019), Premio de ensayo “Miguel de Unamuno”, y su mirada a las implicaciones de la pandemia para la humanidad.

Por: Iván Olano Duque / El Espectador

Nunca estuvimos tan sincronizados. Ni las grandes guerras del siglo XX ni las catástrofes naturales han tenido esta fuerza para interpelar al planeta entero. Tampoco lo han logrado las crisis financieras o los eventos trágicos en la era de la interconexión digital, porque siempre hubo regiones que se quedaron al margen, personas que dieron media vuelta y siguieron con su vida. De repente, y a diferencia de la crisis climática que viene anunciándose desde hace décadas, algo ha irrumpido en nuestra realidad compartida y, para nuestro desconcierto, no se parece a lo que habíamos imaginado; es al mismo tiempo más sereno, más indiferente, más duradero. El baremo, las dimensiones que conocíamos han sido ampliamente rebasadas. Es normal que sintamos vértigo.

También es normal que, casi al borde del abismo, nos aferremos a los conceptos más amplios. Si este no es el momento para hablar de la especie como un todo, de lo humano en términos universales, ¿entonces cuándo? Miles de millones de seres humanos estamos temiendo, sintiendo, pensando en lo mismo, y no hay modo de prever las consecuencias culturales de esta sincronía. Algo es claro: la ficción del apocalipsis siempre ha sido un terreno fértil.

Y todas las disciplinas están en alerta. Como en la medicina y la biología (que han registrado un pico de investigaciones sobre el tema en un periodo récord de tiempo), la filosofía y la sociología, la economía y la literatura están enfrentando también el desafío. La amenaza —siempre estimulante— ha causado una “explosión creativa”, y desde luego llegará el momento en el que el arte y la poesía nos digan lo que en realidad sucedió. Pero creo que por encima de todos los enfoques —de la respuesta urgente de las humanidades y ciencias naturales—, esta pandemia ha demostrado el predominio de la Política, con mayúscula, en la suerte y destino de nuestra especie.

De igualdades y diferencias

Desde los primeros días se empezó a señalar que este virus nos igualaba a todos. El hecho de que fuera altamente contagioso, que nadie tuviera anticuerpos para enfrentarlo, por lo que podría infectarnos a todos, y que asustara incluso a los más poderosos nos entregaba a la ilusión de la fragilidad compartida, de la vulnerabilidad que nos iguala. “Al fin estamos juntos”, dijimos; “al fin algo nos toca a todos”. El virus era, pues, ese exterior constitutivo que formaba una nueva identidad y, por tanto, una nueva capacidad de acción: la humanidad en pie de lucha.

Pero, por más estimulante que sea, esta idea nos puede conducir a errores; o mejor: es un reflejo de la razón que puede ocultar más de lo que revela. El virus que nos iguala en realidad nos está diferenciando radicalmente. Como esa técnica radiológica en la que se inyecta un contraste en las venas para que sean visibles, la pandemia está mostrando en todo el planeta las debilidades, fortalezas y desequilibrios de las sociedades y, por tanto, las costuras de las relaciones de poder.

Vemos, primero, cuál es nuestra capacidad para identificar la amenaza, medir su impacto probable y comunicarla a una nación y a los demás Estados e instituciones supranacionales: esto depende del lugar que tiene la ciencia en el pacto social, del desarrollo y carácter de los organismos multilaterales, del interés de los gobiernos en defender el interés común o de su sumisión al gran capital. Estamos hablando de política.

Luego tratamos de identificar, con toda urgencia, a las víctimas más probables, las injusticias estructurales que se vuelven trampas mortales, y descubrimos que el virus no es sólo más riesgoso para la tercera edad, sino que será implacable con los más pobres y con los países con Estados débiles y sistemas de protección social deficientes. Cuestión de clases y nacionalidades. No es lo mismo, desde luego, la emergencia con una sanidad pública y gratuita que en medio de la estafa neoliberal de seguros privados. No es lo mismo ser un país industrializado que un país bloqueado por no alinearse. No es lo mismo el confinamiento en viviendas amplias, con la nevera llena y con ahorros en el banco, que en esa normalidad premoderna en la que millones de personas viven, como se dice en Colombia, del rebusque, al filo de la nada, donde ni siquiera se lucha para llegar a fin de mes —como la clase trabajadora en medio mundo—, sino para llegar al día siguiente, como si se trabajara a cambio de un puñado de lentejas. Seguimos hablando de política.

El virus no es la crisis, el virus manifiesta la crisis

De manera que la política no es un rincón de la realidad al que podamos darle la espalda; no es un vano ejercicio electoral o una lucha de vanidades; no son titulares de prensa ni profesionales de la burocracia, sino la materia de la que está hecha nuestra casa común. Y vivimos en ella, nos guste o no. De un modo muy sintético, política es el nombre que damos a las relaciones de poder y las condiciones de convivencia entre los seres humanos.

Y entonces empieza el debate sobre lo que nos trajo a este punto. Boaventura de Sousa Santos lo expresó con claridad: “La pandemia actual no es una situación de crisis claramente opuesta a una situación de normalidad”. Este es, hoy, el leitmotiv de casi todo análisis crítico: la crisis ya estaba ahí.

Porque el paradigma neoliberal se moviliza invocando la crisis. Es el pirómano que llega al pueblo gritando que debemos cuidarnos de los incendios del futuro. El progresivo recorte de derechos, instituciones y servicios públicos se ha hecho —desde hace treinta o cuarenta años, dependiendo del país— bajo el argumento de que son insostenibles, que son indeseables, y en la feria de las privatizaciones han logrado una concentración de la riqueza sin precedentes y han alimentado un vector antidemocrático: la pérdida de poder político de las mayorías sociales. La liberalización de los mercados de capitales, la dinámica sociópata de las bolsas de valores —frágiles, irresponsables, siempre al borde del colapso— y el aumento del poder político de la industria financiera significan un mundo más injusto, más desigual y mucho más vulnerable. Hoy vemos cómo la privatización, el desmantelamiento de los servicios sanitarios y los recortes del gasto público a partir de la crisis de 2008 están causando una masacre en el sur de Europa. La famosa frase de Margaret Thatcher —piloto político de este paradigma— era una condena a muerte: “la sociedad no existe. Sólo hay hombres y mujeres individuales”.

Y más allá del neoliberalismo la crisis es un sistema que no ha tenido ningún escrúpulo en sacrificar todas las vidas que sean necesarias —y que ya impulsaba y convivía con hambrunas y guerras y colapso medioambiental— a cambio de beneficios económicos a corto plazo. La crisis, ahora incluso más explícita, es sobre todo el último capítulo de la disputa globalizada entre capital y trabajo; la guerra entre la acumulación depredadora y la vida y dignidad de la gente de a pie.

Creo que a estas alturas ya somos todos conscientes, pero hay que repetirlo una y otra vez, con la esperanza de que nunca se olvide. En la urgencia de distinguir lo esencial de lo prescindible, lo que nos salva de lo que nos condena, aparecieron ellos en primer lugar —y tal consciencia ya es un hecho político fundamental—: profesionales de la salud, desde luego, pero también trabajadores de la limpieza, campesinos y agricultores, conductores de camiones y los que cargan bultos a las tres de la mañana, cajeras y reponedores de supermercado, los de la tienda del barrio y los que recogen la basura. Precisamente los más golpeados, los más olvidados, los más ninguneados. Sin ellos no habría ninguna esperanza. Cuando llega la hora de la verdad, no es el banquero ni el multimillonario ni el que sale en portadas de revista, sino el trabajo y los trabajadores lo que nos mantiene vivos.

Aplausos desde la ventana

Ya sabemos que la mortalidad inmediata del virus depende de la capacidad hospitalaria y de la capacidad de acción colectiva (Estado e instituciones) para impedir su propagación, y que la mortalidad diferida del virus —por sus consecuencias sociales y económicas— depende de quién esté en el poder y de la correlación de fuerzas en cada sociedad, como siempre. La pregunta no es técnica, sino ética y, por tanto, política: ¿sobre quién cargar el peso de la dificultad económica? ¿Quién pagará las facturas? ¿Lo harán los trabajadores empobrecidos, o lo hará esa astronómica riqueza acumulada y grotescamente concentrada?

De manera que, puesto que la mortalidad es un factor humano, cada país tendrá cifras y consecuencias radicalmente distintas. Y no hacía falta, pero estos días nos vuelven a demostrar en la práctica que el “sentido común” es otro nombre para la ideología. En otras palabras: los razonamientos no existen en abstracto sino dentro de un marco definido de ideas, convicciones e intereses. Y lo hemos visto del modo más cruel: en China paralizaron la producción, cerraron las ciudades, enviaron todos los mensajes de alarma, pero en Europa y Estados Unidos lo mostraron, condescendientes, como gestos pintorescos de un rincón autoritario del mundo. Luego, cuando en varios países de Europa se cerraban los negocios no esenciales y se decretaba el confinamiento, en Latinoamérica todavía se impulsaba un velo de incredulidad e impotencia política.

¿Qué habría pasado si el virus se hubiera iniciado en Latinoamérica? Si a pesar de todo el tiempo de ventaja y de la experiencia acumulada en varios países tenemos en Latinoamérica una colección de declaraciones incompetentes, tardanzas y negligencias, ¿dónde estaríamos si hubiéramos sido los primeros? Por esto el fortalecimiento de lo público y la defensa del interés colectivo es cuestión de supervivencia; porque si permitimos que los intereses económicos particulares construyan sin resistencia las políticas, nos acostaremos cada noche contando muertos.

Ese era el terror desde el principio. Se comentaba con insistencia. Ese ha sido, en mi caso personal y sin duda en el de muchos más, el motivo del insomnio y de la angustia de estos días. Veamos a Colombia: con un Estado débil (prácticamente inexistente en buena parte del territorio), con mucha menos inversión en salud que los países desarrollados, muchas menos camas hospitalarias en proporción a la población, servicios privatizados, menos profesionales y en condiciones más precarias... esta epidemia es como echarle gasolina a la candela. Y si a esto le sumamos tantas heridas sociales (las cárceles hacinadas, los adultos mayores abandonados, la población sin techo, los sistemas de transporte indignos, la violencia y las mafias que no entienden de cuarentenas) nos enfrentamos a una superposición de horrores.

Pero desde luego hay esperanza. Aunque la correlación de fuerzas en todos los países es distinta, en la era de la interconexión digital es posible impulsar medidas y horizontes de acción por encima de las fronteras nacionales. ¿Qué se está haciendo y se está pidiendo? Vemos que en distintos países se anuncia la congelación de pagos de hipotecas y de préstamos bancarios, la congelación del pago de alquileres (pues priman el derecho a la vivienda y la alimentación), el no cobro de los servicios públicos domiciliarios (cuyo suministro debe garantizarse), la prohibición de los despidos y el control de precios (para que nadie saque provecho del sufrimiento de los demás). Hay también dos propuestas crecientes y que darían un gran alivio: la condonación de la deuda externa de países subdesarrollados y —para sujetar al pirómano— el cierre provisional de las bolsas de valores.

¿Y qué no se está haciendo? Nadie está liberalizando la crisis. Nadie está proponiendo que el mercado haga su magia. Nadie espera que los bancos den un paso al frente para salvar vidas. Están en silencio, aguantando la respiración, esperando que ignoremos el crash estrepitoso del paradigma neoliberal. Y nadie, ni siquiera los adversarios del campo popular, pueden ignorar los aplausos desde las ventanas, en muchísimos países, a los trabajadores de la salud; un ritual fundamental que siembra un consenso y politiza la emoción.

Hay otra medida urgente que resuena cada vez con más fuerza. Sirve para enfrentar la crisis económica y social del coronavirus, y la crisis amplia —y no menos mortífera— del capitalismo. Sin ella, millones de personas en países como Colombia no podrán acatar la cuarentena —y por tanto aplanar la curva y salvar vidas—, pues cualquiera preferirá el riesgo de un virus a la certeza del hambre. El economista Guy Standing la ha defendido ahora incluso con más vehemencia: por lo menos mientras dure la crisis se necesita un sistema de renta básica garantizada para todos los habitantes. A diferencia de la habitual inyección neoliberal de liquidez al sector financiero, que sólo aumenta la desigualdad, un ingreso mínimo vital —“sin condiciones, como derecho”, dice Standing— permitiría mantener cierta demanda, algo de oxígeno en la economía real, y que la población más vulnerable se pueda aferrar al menos a una certidumbre: que pase lo que pase habrá comida en la mesa.

A quien diga que no hay cómo pagarlo, habrá que contestarle que nadie conserva el dinero bajo el colchón cuando no tiene qué comer, que hay una inmensa riqueza acumulada —creada por la sociedad, no por los individuos— y que en plena emergencia lo único aceptable es utilizar todos los recursos disponibles, estén en las manos de quien estén, para salvar vidas.

Cuanto peor, peor

No hay forma de saber a dónde nos conducirá esto, nadie tiene la bola de cristal, pero es seguro que no estamos en un simple paréntesis. Todavía hay quien clama, sobre todo en los altos círculos del poder y con gran eco mediático (con el presidente de Estados Unidos como caricatura principal), por el regreso urgente a la normalidad —es decir, sus grandes negocios— cueste lo que cueste. Pero no, de acá no volveremos a la normalidad; o mejor dicho, la nueva normalidad no se parecerá en nada a la normalidad del pasado.

Hay muchas tensiones en movimiento. La ayuda que China, Rusia y Cuba están brindando a muchos países dejará huellas. La catástrofe social en Estados Unidos, también. El deseo racional pide un plan amplio de redistribución de la riqueza, pero el raciocinio probable ve los monstruos que nos acechan. Lo que en Europa es la posibilidad de revivir la estafa de 2008 (cuando el neoliberalismo redobló su avanzada para destruir los Estados de bienestar), el temor de una doctrina del shock (que aproveche la ocasión para aumentar los recortes del gasto público, la privatización de empresas, los regalos a la industria financiera) o el fantasma de una deriva autoritaria asociada al big data, en América Latina —y en particular en Colombia— parece un paso más hacia el abismo. El neoliberalismo y el autoritarismo avanzan cuando huelen sangre.

Desconfío en quien ve oportunidades en las crisis. No creo en la tesis de que cuanto peor, mejor. Las condiciones siempre son susceptibles de empeorar. Y, sin embargo, no es menos cierto que después de determinados traumas colectivos la humanidad ha logrado grandes conquistas. Hay un ejemplo icónico: la Declaración Universal de los Derechos Humanos sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial.

Los desafíos se multiplican. Y lo señalan por todos lados porque es evidente; esta pandemia (cuya inminencia también había sido advertida) es un reflejo súbito, elocuente e implacable de todo lo que amenaza la vida en el planeta y el futuro de nuestra especie: el capitalismo —con su coda de financierización neoliberal—, el riesgo bélico y nuclear —ese apocalipsis al alcance de los dedos— y la emergencia climática.

Elogio de la Política

A veces lo dicen por descuido, para evitar entrar en discusiones; la mayoría de las veces, como expresión consciente o inconsciente de una ideología antidemocrática. Pero lo cierto es que en muy pocos lugares es posible decir impunemente la tontería de que este, el gran hecho político de nuestra época, no tiene “nada que ver con política”.

Un bicho diminuto, invisible, —casi fantástico, casi metafísico— nos expone a las virtudes y fragilidades de lo colectivo, al carácter y desarrollo de nuestras construcciones sociales y a nuestra capacidad de acción. Este virus nos interpela y revela que la política está ahí, en el primerísimo primer plano de nuestra especie. Es el SARS-CoV-2 versus el zoon politikon. Y nos obliga a decir: ¿A quién defendemos? ¿Cómo nos organizamos? ¿Dónde enfocamos nuestro esfuerzo? Y sobre todo: ¿De qué lado estamos? En el tejido de contradicciones que es toda sociedad, esta última es siempre la pregunta fundamental.

Y comprendemos: el Estado es el andamiaje que hace posible la acción colectiva y materializa, en un verdadero proyecto democrático, la soberanía popular. Y sin un Estado fuerte, con capacidad de protección y de acción, la sociedad está siempre al borde de una distopía cruel: la ley del más fuerte —del más rico—aplastando vidas.

Y comprendemos también que los servicios públicos y sociales son el reflejo práctico de los derechos fundamentales. Y esos servicios, por tanto, no pueden ser un negocio, no pueden estar en manos privadas, no pueden someterse al mercado, porque tal cosa significaría renunciar a hacer efectivos los derechos fundamentales. Y que en una situación de emergencia sólo la integridad de esos servicios puede salvarnos.

Así como Eric Hobsbawm hablaba de un siglo XX corto (entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y la caída de la Unión Soviética), ya no suena excesivo ni apresurado plantear que la pandemia del coronavirus —con su sincronía planetaria y sus inmensas consecuencias económicas, geopolíticas y culturales— puede ser el momento fundacional del siglo XXI. Quizás sólo ahora, en estos meses difíciles, la humanidad contemporánea empiece a estar de cara al futuro.

Quiero creer que si esta pandemia muestra el predominio de la política en la suerte y destino de nuestra especie, acaso salgamos de ella incluso con más fuerza y determinación para fortalecer lo público, tanto en la gran escala institucional —el Estado y los organismos multilaterales— como en la pequeña y cotidiana: las redes de solidaridad y la acción comunitaria. Y que sentiremos y reivindicaremos la Política, con mayúscula, en la mejor definición que he leído, la del helenista Pedro Olalla:

“La voluntad de todos organizada para combatir el egoísmo”.

Franco Berardi - Crónica de la psicodeflación

6:11:00 p.m. Add Comment

Lo inesperado transforma lo que la voluntad no ha podido transformar. Pero ahora se trata de reactivar la energía renovable de la imaginación.

Por: Franco Berardi / Neroeditions

21 de febrero

Al regresar de Lisboa, una escena inesperada en el aeropuerto de Bolonia. En la entrada hay dos humanos completamente cubiertos con un traje blanco, con un casco luminiscente y una herramienta extraña en sus manos. La herramienta es una pistola termómetro de muy alta precisión que envía luces violetas por todas partes.

Se acercan a cada pasajero, lo detienen, señalan la luz violeta en su frente, controlan la temperatura y luego lo dejan ir.

Un presentimiento: ¿estamos cruzando un nuevo umbral en el proceso de mutación tecnopsicótica?

28 de febrero

Desde que regresé de Lisboa no he podido hacer nada más: he comprado veinte lienzos pequeños y los pinto con colores de pintura, fragmentos fotográficos, lápiz, carbón. No soy pintor, pero cuando estoy nervioso, cuando siento que algo está sucediendo que hace que mi cuerpo vibre dolorosamente, al relajarme empiezo a garabatear.

La ciudad está en silencio como si fuera a mediados de agosto. Las escuelas están cerradas, los cines cerrados. No hay estudiantes alrededor, no hay turistas. Las agencias de viajes eliminan regiones enteras del mapa. Las convulsiones recientes del cuerpo planetario quizás estén causando un colapso que obligue al organismo a detenerse, a frenar sus movimientos, a abandonar los lugares abarrotados y la frenética negociación diaria. ¿Qué pasaría si esta fuera la salida que no pudiéramos encontrar, y ahora se presenta en forma de una epidemia psíquica, un virus lingüístico generado por un biovirus?

La Tierra ha alcanzado un grado de irritación extrema, y ​​el cuerpo colectivo de la sociedad ha estado durante mucho tiempo en un estado de estrés intolerable: la enfermedad se manifiesta en este punto, modestamente letal, pero devastadora a nivel social y psíquico, como reacción de autodefensa de la Tierra y el cuerpo planetario. Para las personas más jóvenes es solo una gripe molesta.

Lo que causa el pánico es que el virus escapa a nuestro conocimiento: la medicina no lo sabe, ni el sistema inmune lo sabe. Y lo desconocido de repente detiene el auto. Un virus semiótico en la psicosfera bloquea el funcionamiento abstracto de la economía porque le quita cuerpos. ¿Quieres ver?

2 de marzo

Un virus semiótico en la psicosfera bloquea el funcionamiento abstracto de la máquina, porque los cuerpos ralentizan sus movimientos, finalmente abandonan la acción, detienen el reclamo del gobierno al mundo y dejan que el tiempo reanude su flujo en el que nadamos pasivamente de acuerdo a la técnica de natación llamada "hacerse el muerto". Nada se traga una cosa tras otra, pero mientras tanto, la ansiedad de mantener el mundo que mantuvo unido al mundo se ha disuelto.

No hay pánico, no hay miedo, sino silencio. La rebelión ha resultado inútil, así que detengámonos.

¿Cuánto durará el efecto de esta fijación psicótica llamada coronavirus? Dicen que la primavera matará al virus, pero por el contrario puede mejorarlo. No sabemos nada al respecto, ¿cómo podemos saber qué temperatura prefiere? No importa cuán letal sea la enfermedad: parece ser modestamente y esperamos que se disuelva pronto.

Pero el efecto del virus no es tanto el número de personas que debilitan o el número muy pequeño de personas que matan. El efecto del virus radica en la parálisis relacional que se propaga. La economía mundial ha terminado hace tiempo su parábola expansiva, pero no pudimos aceptar la idea del estancamiento como un nuevo régimen a largo plazo. Ahora el virus semiótico nos está ayudando a la transición a la inmovilidad. ¿Quieres ver?

3 de marzo

Cómo reacciona el organismo colectivo, el cuerpo planetario, la mente hiperconectada sometida durante tres décadas a la tensión ininterrumpida de la competencia y la hiperestimulación nerviosa, la guerra por la supervivencia, la soledad metropolitana y la tristeza, incapaz de liberarse del mono que roba la vida y la transforma en estrés permanente, como un drogadicto que nunca logra alcanzar a la heroína que también baila ante sus ojos, sometida a la humillación de la desigualdad y la impotencia.

En la segunda mitad de 2019, el cuerpo planetario entró en convulsión. De Santiago a Barcelona, ​​de París a Hong Kong, de Quito a Beirut, multitudes de jóvenes acudieron a la calle, millones, furiosos. La revuelta no tenía objetivos específicos, o más bien tenía objetivos contradictorios. El cuerpo planetario se apoderó de espasmos que la mente no pudo guiar. La fiebre creció hasta el final del año diecinueve.

Entonces Trump mata a Soleimani, en el incendio de su pueblo. Millones de iraníes desesperados salen a las calles, lloran, prometen una venganza asombrosa. No pasa nada, bombardean un patio. En pánico, derriban un avión civil. Y entonces Trump gana todo, aumenta el gusto por él: los estadounidenses se emocionan cuando ven sangre, los asesinos siempre han sido sus favoritos. Mientras tanto, los demócratas comienzan las elecciones primarias en un estado de tal división que solo un milagro podría conducir a la nominación de los buenos y viejos Sanders, la única esperanza de una victoria poco probable.

Entonces, los nazis Trumpistas y la miseria para todos y la creciente sobreestimulación del sistema nervioso planetario. ¿Es esta la moraleja de la historia?

Pero aquí está la sorpresa, la inversión, lo inesperado que frustra cualquier discurso sobre lo inevitable. Lo inesperado que hemos estado esperando: la implosión. El organismo sobreexcitado de la humanidad, después de décadas de aceleración y frenesí, después de unos meses de convulsiones sin perspectivas, encerrado en un túnel lleno de furia de gritos y humo, finalmente se ve afectado por el colapso: una gerontomática que mata principalmente en sus ochenta, pero bloquea, pieza por pieza, la máquina global de emoción, frenesí, crecimiento, economía...

El capitalismo es un axiomático, es decir, funciona sobre la base de una premisa no comprobada (necesidad de crecimiento ilimitado que hace posible la acumulación de capital). Todas las concatenaciones lógicas y económicas son consistentes con ese axioma, y ​​nada puede concebirse o intentarse fuera de ese axioma. No hay salida política de la axiomática del Capital, no hay lenguaje capaz de hablar fuera del lenguaje, no hay posibilidad de destruir el sistema, porque cada proceso lingüístico tiene lugar dentro de ese axiomático que no hace posibles afirmaciones extrasistémicas efectivas. La única salida es la muerte, como aprendimos de Baudrillard.

Solo después de la muerte se puede comenzar a vivir. Después de la muerte del sistema, los organismos extrasistémicos podrán comenzar a vivir. Suponiendo que sobrevivan, por supuesto, y de esto no hay certeza.

La recesión económica que se está preparando puede matarnos, puede provocar conflictos violentos, puede desencadenar epidemias de racismo y guerra. Es bueno saberlo No estamos preparados culturalmente para pensar en el estancamiento como una condición a largo plazo, no estamos preparados para pensar en la frugalidad, compartir. No estamos preparados para disociar el placer del consumo.

4 de marzo

¿Es este el momento adecuado? No sabíamos cómo deshacernos del pulpo, no sabíamos cómo salir del cadáver; vivir en ese cadáver suavizó la existencia de todos, pero ahora el shock es el preludio de la deflación psíquica definitiva. En el cadáver del capital nos vimos obligados a una sobreestimulación, una aceleración constante, una competencia generalizada y una sobreexplotación con salarios decrecientes. Ahora el virus desinfla la burbuja de aceleración.

El capitalismo había estado durante mucho tiempo en un estado de estancamiento irremediable. Pero siguió presionando a los animales de carga que somos, para obligarnos a seguir corriendo, incluso si el crecimiento se había convertido en un espejismo triste e imposible.

La revolución ya no era concebible, porque la subjetividad es confusa, deprimida, convulsiva, y el cerebro político ya no tiene ningún control sobre la realidad. Así que aquí hay una revolución sin subjetividad, puramente implosiva, una revuelta de pasividad, de resignación. Renunciar. De repente, esto parece un eslogan ultra subversivo. Basta con la agitación innecesaria que debería mejorar y, en cambio, solo produce un deterioro de la calidad de vida. Literalmente: no hay nada más que hacer. Entonces no lo hagamos.

Es poco probable que el organismo colectivo se recupere de este shock psicótico-viral y que la economía capitalista ahora reducida a un estancamiento irremediable reanude su glorioso viaje. Podemos hundirnos en el infierno de una detención tecno-militar que solo Amazon y el Pentágono tienen las llaves, o podemos olvidarnos de la deuda, el crédito, el dinero y la acumulación.

Lo que la voluntad política no ha podido hacer podría hacerse por el poder mutagénico del virus. Pero este derrame debe prepararse imaginando lo posible, ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable.

5 de marzo

Los primeros signos del sistema bursátil y la economía que aparecen, los expertos económicos señalan que esta vez, a diferencia de 2008, las intervenciones de los bancos centrales u otras instituciones financieras no serán de mucha utilidad.

Por primera vez, la crisis no proviene de factores financieros, ni de factores estrictamente económicos, del juego de la oferta y la demanda. La crisis proviene del cuerpo.

Es el cuerpo el que ha decidido bajar el ritmo. La desmovilización general del coronavirus es un síntoma de estancamiento, incluso antes de que sea una causa.

Cuando hablo del cuerpo me refiero a la función biológica en su conjunto, me refiero al cuerpo físico que se enferma, aunque de una manera bastante leve, pero también y sobre todo me refiero a la mente, que por razones que no tienen nada que ver con el razonamiento, con la crítica, con la voluntad, con la decisión política, ha entrado en una fase de pasividad profunda.

Cansada de procesar señales demasiado complejas, deprimida después de una sobreexcitación excesiva, humillada por la impotencia de sus decisiones frente a la omnipotencia del autómata tecno-financiero, la mente ha reducido la tensión. No es que la mente haya decidido algo: es la caída repentina de la tensión la que decide por todos. Psicodeflación.

6 de marzo

Por supuesto, se puede argumentar exactamente lo contrario de lo que dije: el neoliberalismo, en su matrimonio con el etnonacionalismo, debe dar un salto en el proceso de abstracción total de la vida. Aquí, entonces, está el virus que obliga a todos a regresar a casa, pero no bloquea el movimiento de mercancías. Aquí estamos en el umbral de una forma tecnototalitaria en la que los cuerpos serán entregados para siempre, controlados a distancia.

En Internazionale se publica un artículo de Srecko Horvat (traducción de New Statesman).

Según Horvat, «el coronavirus no es una amenaza para la economía neoliberal, sino que crea el ambiente perfecto para esa ideología. Pero desde un punto de vista político el virus es un peligro, porque una crisis sanitaria podría favorecer el objetivo etnonacionalista de reforzar las fornteras y esgrimir la exclusividad racial, de interrumpir la libre circulación de personas (especialmente si provienen de países en vías de desarrollo) pero asegurando una circulación incontrolada de bienes y capitales.

«El miedo a una pandemia es más peligroso que el propio virus. Las imágenes apocalípticas de los medios de comunicación ocultan un vínculo profundo entre la extrema derecha y la economía capitalista. Como un virus que necesita una célula viva para reproducirse, el capitalismo también se adaptará a la nueva biopolítica del siglo XXI.

«El nuevo coronavirus ya ha afectado a la economía global, pero no detendrá la circulación y la acumulación de capital. En todo caso, pronto nacerá una forma más peligrosa de capitalismo, que contará con un mayor control y una mayor purificación de las poblaciones».

Naturalmente, la hipótesis formulada por Horvat es realista.

Pero creo que esta hipótesis más realista no sería realista, porque subestima la dimensión subjetiva del colapso y los efectos a largo plazo de la deflación psíquica sobre el estancamiento económico.

El capitalismo pudo sobrevivir al colapso financiero de 2008 porque las condiciones del colapso eran todas internas a la dimensión abstracta de la relación entre lenguaje, finanzas y economía. No podrá sobrevivir al colapso de la epidemia porque aquí entra en juego un factor extrasistémico.

7 de marzo

Mi amigo matemático Alex me escribe: «Todos los recursos de supercomputación están comprometidos a encontrar el antídoto para la corona. Esta noche soñé con la batalla final entre biovirus y virus simulados. En cualquier caso, el humano ya está fuera, me parece ».

La red informática mundial está persiguiendo la fórmula capaz de enfrentar el infovirus contra el biovirus. Es necesario decodificar, simular matemáticamente, construir técnicamente la corona asesina y luego extenderla.

Mientras tanto, la energía se retira del cuerpo social y la política muestra su impotencia constitutiva. La política es cada vez más el lugar del no poder, porque la voluntad no tiene control sobre el virus de la información.

El biovirus prolifera en el cuerpo estresado de la humanidad global.

Los pulmones son el punto más débil, al parecer. Las enfermedades respiratorias se han propagado durante años en proporción a la propagación de sustancias no respirables a la atmósfera. Pero el colapso ocurre cuando, al encontrarse con el sistema de medios, entrelazándose con la red semiótica, el biovirus ha transferido su poder debilitante al sistema nervioso, al cerebro colectivo, forzado a desacelerar sus ritmos.

 8 de marzo

Durante la noche, el Primer Ministro Conte comunicó la decisión de poner en cuarentena a una cuarta parte de la población italiana. Piacenza, Parma, Reggio y Modena están en cuarentena. Bolonia no. Por el momento.

En los últimos días he escuchado a Fabio, he escuchado a Lucía, y habíamos decidido reunirnos para cenar esta noche. Lo hacemos de vez en cuando, nos vemos en algún restaurante o en la casa de Fabio. Estas cenas son un poco tristes incluso si no nos contamos, porque los tres sabemos que este es el residuo artificial de lo que una vez sucedió de una manera completamente natural varias veces a la semana, cuando nos reuníamos con mamá.

Ese hábito de vernos en el almuerzo (o, más raramente, en la cena) de la madre había permanecido, a pesar de todos los eventos, los cambios, los cambios, habían permanecido después de la muerte del padre: nos reuníamos en el almuerzo con la madre cada vez que ella estaba posible.

Cuando mi madre se encontró incapaz de preparar el almuerzo, ese hábito había terminado. Y poco a poco, la relación entre nosotros tres ha cambiado. Hasta entonces, a pesar de que teníamos sesenta años, nos habíamos seguido viendo de una manera completamente natural, habíamos ocupado el mismo lugar en la mesa que ocupamos cuando teníamos diez años. Los mismos rituales tuvieron lugar alrededor de la mesa. Mamá estaba sentada cerca de la estufa porque esto le permitía seguir cuidando la comida mientras comía. Lucía y yo hablamos de política, más o menos hace cincuenta años, cuando ella era maoísta y yo era obrerista.

Este hábito terminó cuando mi madre entró en su larga agonía.

Desde entonces tenemos que reunirnos para cenar, a veces vamos a un restaurante asiático ubicado debajo de las colinas, cerca del teleférico en la carretera que conduce a Casalecchio, a veces vamos al departamento de Fabio, en el séptimo piso de un edificio popular sobre el largo puente, entre Casteldebole y Borgo Panigale. Desde la ventana se pueden ver los prados que bordean el río, y a lo lejos se ve el cerro de San Luca y a la izquierda se ve la ciudad.

Bueno, en los últimos días habíamos decidido verte esta noche para cenar. Tenía que traer el queso y el helado, Cristina, la esposa de Fabio, había preparado la lasaña.

Todo ha cambiado esta mañana, y por primera vez, ahora me doy cuenta, el coronavirus ha entrado en nuestra vida, ya no como un objeto de reflexión filosófica, política, médica o psicoanalítica, sino como un peligro personal.

Primero vino una llamada de Tania, la hija de Lucía que ha estado viviendo en Sasso Marconi con Rita por algún tiempo.

Tania me telefoneó para decirme: escuché que tú, mamá y Fabio quieren cenar juntos, no lo hagas. Estoy en cuarentena porque una de mis alumnas (Tania enseña yoga) es doctora en Sant'Orsola y hace unos días dio positivo por el hisopo. Tengo un poco de bronquitis, por lo que decidieron tomarme un hisopo también, a la espera del informe, no puedo mudarme de casa. Respondí con escepticismo, pero ella era implacable y dijo algo bastante impresionante, que aún no había pensado.

Me dijo que la tasa de transmisibilidad de una gripe común es cero punto veintiuno, mientras que la tasa de transmisibilidad del coronavirus es cero punto ochenta. Para ser claros: en el caso de una gripe normal, hay que reunirse con quinientas personas para contraer el virus, en el caso de la corona solo con ciento veinte. Interesante.

Luego, ella, que parece estar muy bien informada porque fue a buscar el hisopo y luego habló con los que están en la primera línea de la infección, me dice que la edad promedio de los muertos es de ochenta y un años.

Aquí, sospechaba esto, pero ahora lo sé. El coronavirus mata a las personas mayores y, en particular, mata a los viejos asmáticos (como yo).

En su última comunicación, Giuseppe Conte, quien me parece una buena persona, un presidente por casualidad que nunca ha dejado de parecerse a alguien que tiene poco que ver con la política, dijo: "pensemos en salud de nuestros abuelos”. Conmovedor, dado que estoy en el vergonzoso papel del abuelo a proteger.

Dejando la ropa del escéptico,le dije a Tania que le agradecía y que seguiría sus recomendaciones. Llamé a Lucia, hablamos un poco y decidimos posponer la cena.

Me doy cuenta de que me metí en un clásico doble vínculo batesoniano. Si no llamo por teléfono para cancelar la cena, me pongo en posición de ser un engrasador físico, de ser capaz de transportar un virus que podría matar a mi hermano. Si, por otro lado, llamo por teléfono, como estoy haciendo, para cancelar la cena, me pongo en la posición de ser un engrasador psíquico, es decir, de propagar el virus del miedo, el virus del aislamiento.

¿Qué pasa si esta historia dura mucho tiempo?

9 de marzo

El problema más grave es el de la sobrecarga a la que está sometido el sistema de salud: las unidades de cuidados intensivos están al borde del colapso. Existe el peligro de no poder curar a todos aquellos que necesitan una intervención urgente, se habla de la posibilidad de elegir entre pacientes que pueden ser tratados y pacientes que no pueden ser tratados.

En los últimos diez años, 37 mil millones se han reducido al sistema de salud pública, se han reducido las unidades de cuidados intensivos y el número de médicos generales ha disminuido drásticamente.

Según el periódico Giornalosanità.it, «en 2007 el Servicio Sanitario Nacional público podía contar con 334 Departamentos de emergencia-urgencia (Dea) y 530 de primeros auxilios. Pues bien, diez años después la dieta ha sido drástica: 49 Dea fueron cerrados (-14%) y 116 primeros auxilios ya no existen (-22%). Pero el recorte más evidente está en las ambulancias, tanto las del Tipo A (emergencia) como las del Tipo B (transporte sanitario). En 2017 tenemos que las Tipo A fueron reducidas un 4% en comparación con diez años antes, mientras que las de Tipo B fueron reducidas a la mitad (-52%). También es para tener en cuenta cómo han disminuido drásticamente las ambulancias con médico a bordo: en 2007, el médico estaba presente en el 22% de los vehículos, mientras que en 2017 solo en el 14,7%. Las unidades móviles de reanimación también se redujeron en un 37% (eran 329 en 2007,  son 205 en 2017). El ajuste también ha afectado a los hogares de ancianos privados que, en cualquier caso, tienen muchas menos estructuras y ambulancias que los hospitales públicos.

«A partir de los datos se puede ver cómo ha habido una contracción progresiva de las camas a escala nacional, mucho más evidente y relevante en el número de camas públicas en comparación con la proporción de camas administradas de forma privada: el recorte de 32.717 camas totales en siete años remite principalmente al servicio público, con 28.832 camas menos que en 2010 (-16,2%), en comparación con 4.335 camas menos que el servicio privado (-6,3%)».

10 de marzo

"Somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín".

Esto está escrito en docenas de cajas que contienen máscaras que llegan de China. Esas mismas máscaras que Europa nos ha rechazado.

 11 de marzo

No fui a Mascarella, como hago generalmente el 11 de marzo de cada año. Nos encontramos frente a la placa que recuerda la muerte de Francesco Lorusso, alguien pronuncia un discurso, deposita una corona de flores o una bandera de Lotta Continua que alguien ha guardado en el sótano, y nos abrazamos, nos besamos abrazados.

Esta vez no tenía ganas de ir, porque no me gustaría decirle a ninguno de mis viejos camaradas que no podemos abrazarnos.

Fotos de personas que celebran llegan de Wuhan, todos rigurosamente vestidos con máscaras verdes. El último paciente con coronavirus fue dado de alta de hospitales construidos rápidamente para contener la afluencia.

En el hospital Huoshenshan, la primera parada de su visita, Xi elogió a los médicos y enfermeras llamándolos "los ángeles más bellos" y "los mensajeros de la luz y la esperanza". Los trabajadores de salud de primera línea han asumido las misiones más difíciles, dijo Xi, llamándolos "las personas más admirables de la nueva era, que merecen el mayor elogio".

Hemos entrado oficialmente en la era biopolítica, en la que los presidentes no pueden hacer nada, y solo los médicos pueden hacer algo, pero no todo.

 12 de marzo

Italia. Todo el país está en cuarentena. El virus corre más rápido que las medidas de contención.

Billi y yo nos ponemos la máscara, tomamos la bicicleta y vamos de compras. Solo las farmacias y los mercados de alimentos pueden permanecer abiertos. Y quioscos también, compramos periódicos. Y estancos. Compro papeles para hacer cañas, pero el hachís escasea en su caja de madera. Pronto estaré sin drogas, y en Piazza Verdi ya no hay ninguno de los niños africanos vendiendo a los estudiantes.

Trump usó la expresión " virus extraño". Todos los virus son extraños por definición, pero el presidente no ha leído a William Burroughs.

13 de marzo

En Facebook hay un tipo ingenioso que publicó la frase en mi perfil: Hola Bifo, abolieron el trabajo.

En realidad, el trabajo solo queda abolido para unos pocos. Los trabajadores industriales están en rebelión porque tienen que ir a la fábrica como siempre, sin máscaras u otras protecciones, a medio metro de distancia.

El colapso, luego las largas vacaciones. Nadie puede decir cómo saldremos de eso.

Podríamos salir de él, como alguien prevé, bajo las condiciones de un estado tecno-totalitario perfecto. En el libro Black Earth, Timothy Snyder explica que no hay mejor condición para la formación de regímenes totalitarios que las situaciones de emergencia extrema, donde la supervivencia de todos está en juego.

El SIDA creó la condición para un adelgazamiento del contacto físico y para el lanzamiento de plataformas de comunicación sin contacto: Internet fue preparada por la mutación psíquica llamada SIDA.

Ahora bien podríamos pasar a una condición de aislamiento permanente de individuos, y la nueva generación podría internalizar el terror del cuerpo de los demás.

¿Pero qué es el terror?

El terror es una condición donde el imaginario domina completamente la imaginación. Lo imaginario es la energía fósil de la mente colectiva, las imágenes que la experiencia ha depositado allí, la limitación de lo imaginable. La imaginación es energía renovable y sin prejuicios. No utopía sino recombinación de lo posible.

Hay una brecha en el tiempo que viene: podríamos salir de ella imaginando una posibilidad que hasta ayer parecía impensable: redistribución del ingreso, reducción del tiempo de trabajo. Igualdad, frugalidad, abandono del paradigma de crecimiento, inversión de energías sociales en investigación, educación, salud.

No podemos saber cómo saldremos de la pandemia cuyas condiciones fueron creadas por el neoliberalismo, los recortes en la salud pública, la sobreexplotación nerviosa. Podremos emerger definitivamente solos, agresivos, competitivos.

Pero podríamos salir de él con un gran deseo de abrazar: solidaridad social, contacto, igualdad.

El virus es la condición de un salto mental que ninguna predicación política podría haber producido. La igualdad ha vuelto al centro del escenario. Imagínelo como el punto de partida para el tiempo que viene.

Luigi Ferrajoli: “Los países de la UE van cada uno por su lado defendiendo una soberanía insensata”

6:00:00 p.m. Add Comment

El jurista italiano defiende una Constitución de la Tierra como la única manera realista de afrontar los problemas que, como las pandemias o el cambio climático, desbordan las fronteras.

Por: Braulio García Jaén / El País

Confinado en su casa de Roma, el filósofo y jurista italiano Luigi Ferrajoli piensa en la forma que tendrá el mundo cuando pase la pandemia. El cambio climático, las armas nucleares, el hambre, la falta de medicamentos, el drama de los migrantes y, ahora, la crisis del coronavirus evidencian un desajuste entre la realidad del mundo y la forma jurídica y política con la que tratamos de gobernarnos. Los problemas globales no están en las agendas nacionales. Pero de su solución “depende la supervivencia de la humanidad”, afirma Ferrajoli (Florencia, 79 años), exmagistrado y uno de los referentes de la Filosofía del Derecho del último medio siglo europeo.

El 21 de febrero, víspera del primer contagio local contabilizado en Italia, el autor de Constitucionalismo más allá del estado (Trotta, 2018) y Manifiesto por la igualdad (Trotta, 2019) defendió en la histórica biblioteca Vallicelliana de la capital una Constitución de la Tierra ante unas 200 personas. La pandemia –con su “terrible balance diario de muertos”— hace aún más visible y urgente la carencia de instituciones globales adecuadas, dice en esta entrevista por correo electrónico. Respecto a la Unión Europea, su optimismo estratégico no excluye la crítica frontal: “Si la UE se respetara a sí misma podría haber hecho mucho más”, dice. Sus respuestas las ha traducido, como casi toda su obra en español, el exmagistrado del Tribunal Supremo Perfecto Andrés Ibáñez.

PREGUNTA: Usted reclamó recientemente un “constitucionalismo planetario”. ¿En qué consiste y cómo se articula?

RESPUESTA. Son problemas globales que no forman parte de la agenda política de los Gobiernos nacionales y de cuya solución, solo posible a escala global, depende la supervivencia de la humanidad: el salvamento del planeta del cambio climático, los peligros de conflictos nucleares, el crecimiento de la pobreza y la muerte de millones de personas cada año por la falta de alimentación básica y de fármacos esenciales, el drama de los centenares de miles de migrantes y, ahora, la tragedia de esta pandemia. 

De esta banal constatación, nació hace un año la idea de dar vida a un movimiento político —cuya primera asamblea tuvo lugar en Roma el 21 de febrero— dirigida a promover una Constitución de la Tierra, que instituya una esfera pública internacional a la altura de los desafíos globales y, en particular, funciones e instituciones supranacionales de garantía de los derechos humanos y de la paz.

P. ¿Y por qué es oportuno reclamar ese constitucionalismo planetario en una situación de emergencia como la del coronavirus?

R. Porque espero que, precisamente, esta emergencia del coronavirus provoque un despertar de la razón, generando la plena consciencia de nuestra fragilidad y de nuestra interdependencia global. Esta emergencia tiene un rasgo que la diferencia de las demás. A causa de su terrible balance diario de muertos en todo el mundo, hace aún más visible e intolerable que cualquier otra emergencia la falta de adecuadas instituciones globales de garantía, que tendrían que haberse introducido en actuación de esa embrionaria constitución mundial formada por las diversas cartas internacionales de los derechos humanos. 

Por eso, hace más urgente y más compartida que cualquier otra catástrofe la necesidad de un constitucionalismo planetario que colme semejante laguna, mediante la creación, no tanto de instituciones de gobierno, que está bien que sigan confiadas sobre todo a los Estados, sino de funciones e instituciones globales de garantía de los derechos humanos.

P. ¿Qué papel puede jugar Europa, desde el punto de vista jurídico, en esta crisis?

R. La Unión Europea debería haberse hecho cargo de la crisis desde el principio. El propio Tratado sobre el Funcionamiento de la Unión lo prevé: su artículo 168, tras afirmar que “la Unión garantizará un alto nivel de salud humana”, establece que “los Estados miembros, en colaboración con la Comisión, coordinarán entre sí sus políticas” y que “el Parlamento Europeo y el Consejo podrán adoptar medidas de fomento destinadas a proteger y mejorar la salud humana y, en particular, a luchar contra las pandemias transfronterizas”. 

El artículo 222, titulado Cláusula de solidaridad, establece que “la Unión y los Estados miembros actuarán conjuntamente y con espíritu de solidaridad cuando un Estado miembro sea víctima de una catástrofe natural”.

P. Y, desde el punto de vista político, ¿estamos asistiendo a un retorno a la soberanía nacional en Europa?

R. Francamente, espero que no. Como ya he dicho, emergencias globales como la del coronavirus deben afrontarse en la medida de lo posible a escala supranacional, no solo en garantía de la igualdad en derechos de todos los ciudadanos europeos, sino también de su eficacia, que depende en buena parte de la coherencia y homogeneidad de las medidas. 

Pero sucede que los 27 países miembros van cada uno por su lado, con diferentes estrategias, en la demagógica defensa de una insensata soberanía nacional. El resultado es que bastará que uno de ellos adopte en uso de su “soberanía” medidas inadecuadas, para generar el riesgo de contagio en los demás.

P. ¿Qué consecuencias puede tener eso para el futuro de la Unión Europea?

R. Depende de las respuestas que sean capaces de dar las instituciones europeas. La Comisión Europea —que tiene, entre sus componentes, un comisario para la salud, otro para la cohesión y otro más para la gestión de las crisis— todavía está a tiempo de coordinar las estrategias de los distintos países de la Unión, en actuación de los artículos del Tratado a los que me he referido. Si no lo hace, dará otra prueba de su ineptitud, como institución capaz de imponer sacrificios solo en garantía de la estabilidad presupuestaria, pero no de la salud y la vida de los ciudadanos.

P. Las diferentes versiones del estado de alarma, de emergencia o —más densamente— estado de excepción, ¿en qué medida son compatibles con la democracia?

R. La democracia no admite excepciones. Es por lo que considero un mérito de la Constitución italiana que no prevea estados de alarma, de emergencia o de excepción lo que, sin embargo, no le ha impedido disponer igualmente las limitaciones a la libertad de circulación y de reunión necesarias para frenar el contagio. En Europa tenemos disciplinas heterogéneas, compatibles con la democracia si no se cometen abusos. En España, el artículo 116 de la Constitución prevé «los estados de alarma, de excepción y de sitio» bajo el control parlamentario y conforme a la Ley Orgánica 4/1981.

P. ¿Y cómo debe o puede responder la UE, políticamente, ante este desafío?

R. Desempeñando el papel de coordinación y adoptando las medidas homogéneas de las que he hablado. Pero una Unión Europea que se respetase a sí misma podría hacer mucho más. Podría tomar, a escala global, la iniciativa de proponer la transformación de la actual Organización Mundial de la Salud en una efectiva institución global de garantía de esta, dotada de los medios y poderes necesarios para tal fin. 

No solo para gestionar de manera racional las pandemias, sino también para llevar a los países pobres los 460 fármacos esenciales que, desde la Conferencia de Alma Ata de 1978, ella misma estableció que deberían ser accesibles a todos, y cuya falta provoca cada año ocho millones de muertos. 

No solo. Junto a este fragmento de constitucionalismo planetario, la Unión Europea, a partir de la terrible lección del coronavirus, podría promover la creación de otras instituciones globales de garantía. Por ejemplo, un demanio [dominio público] planetario para la tutela de bienes comunes como el agua, el aire, los grandes glaciares y las grandes forestas; la prohibición de las armas convencionales a cuya difusión se deben, cada año, centenares de miles de homicidios y, más aún, de las armas nucleares; el monopolio de la fuerza militar en manos de la ONU; un fisco global capaz de financiar los derechos sociales a la educación, la salud y la alimentación básica, proclamados en tantas cartas internacionales. Parecen hipótesis utópicas. En cambio, son las únicas respuestas racionales y realistas a los grandes desafíos de los que depende el futuro de la humanidad.