El presente texto, realizado por Nicolas Realpe Villota, hace parte de la serie "reflexiones sobre un Nuevo Proyecto Político en Colombia", artículos que recogen el espíritu y contenido de los debates desarrollados en el Encuentro realizado los días 14 y 15 de enero en la ciudad de Cali, con un grupo de jóvenes y algunos colaboradores veteranos.
Por: Nicolas Realpe Villota / Democracia en la Red
En Colombia nos han enseñado a entender al revés cada situación. Los gobiernos que en los últimos 60 años nos han regido se han y nos han acostumbrado a negar el conflicto social como origen del conflicto armado, asimilando a este último todo problema que sufre el país.
Por: Nicolas Realpe Villota / Democracia en la Red
En Colombia nos han enseñado a entender al revés cada situación. Los gobiernos que en los últimos 60 años nos han regido se han y nos han acostumbrado a negar el conflicto social como origen del conflicto armado, asimilando a este último todo problema que sufre el país.
Decir que Colombia tiene una sociedad
mal organizada y que la riqueza está mal distribuida es blasfemar contra el
establecimiento, sin embargo, no hay una razón distinta para la desigualdad
social y la corrupción que florece en nuestras instituciones. El sistema, lejos
de asimilarse a una democracia, se caracteriza por la falta de información del
ciudadano y la manipulación de esta por los medios y el estado. En esas
condiciones hemos llegado a tener lo que actualmente podemos llamar como un mal
remedo de democracia.
La democracia no es posible sin
educación, en otras condiciones se abona el terreno para los gobiernos
defensores del Statu Quo que nos hacen día a día creer que la situación es
soportable y que así es como todo debe ser por nuestro bien. Son mandatos cuya
intención está lejos de proponer políticas sociales estables que reflejen el
real ejercicio de derechos ciudadanos, son gobiernos limosneros.
En este contexto, quedando el ciudadano
por fuera de la ecuación, nos han propuesto por años un falso bipartidismo
donde las propuestas de cada nuevo movimiento son idénticas a las anteriores y
las propuestas más audaces se quedan en los nombres que llevan los partidos que
nos rigen y colocan los gobernantes pero sin que estos representen un cambio
radical y menos la unidad nacional.
Luego, qué interés va a tener o se va a interesar
por tener el ciudadano común y corriente en la política. Pues ninguno.
Precisamente porque todo debe seguir igual y así se lo enseñaron. No hay mas
opciones. Es la historia de la polarización que vivimos. No existe tal cosa, se
trata de un discurso para que el más débil puje con otro más débil por temas
sin importancia, pero las discusiones reales que apunten al desarrollo social
no son las que lidian nuestros gobiernos que poco a poco han ido permitiendo, guiados
por un sistema defensor de la élite y condescendiente con la trasnacional, que la
economía se trague a la política.
Esta debilidad me hace pensar en la izquierda,
pero no la que se dispersa en disertaciones, sino en la izquierda que se piensa
como necesidad de una sociedad incluyente, que actúa como posible forma de
resurgimiento, como esa que carga históricamente con la posición de aquellos
con menos privilegios, la del homosexual, la de la mujer, la del indígena; esa que
nos permite ver la situación desde un contexto más objetivo. Dicen que desde el
dolor y el sufrimiento surgen las verdades más crudas, verdades que por años se
han ocultado.
No creo en sociedades utópicas sin
clases donde se espera un profundo cambio de la condición humana, creo que la
única salida posible es seducir y animar a actuar de forma activa a esa gran
mayoría de personas que han estado lejos de la política, como también a esos a
quienes el mismo estado se ha encargado de alejar de ella, y también, al
ciudadano que no piensa en esa palabra pero sí cancela recibos de servicios
públicos y paga impuestos.
Y vuelve a jugar el tema de la educación,
para informarnos, entender y saber elegir. Porque nuestros líderes deben ser
ejemplo, el gobernante debe ser un referente de conducta y el ejercicio del poder
no puede ser posible por fuera del interés común, no puede estar por fuera de
lo que la gente quiera y en ese sentido se debe dirigir, esa es la utopía.
La meta es hacer las cosas al derecho, con
una propuesta política ciudadana seria y la construcción de institucionalidad
cercana a la gente, incluyente, informada y participativa. Sin sectarismos pero
sin ambigüedad.

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