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Mamá, ¿Dónde están los juguetes? La Máscara de la Muerte Roja en el baile de los Doce Monos y otras fantasías apocalípticas

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“Mamá, hoy me siento muy triste 
Mamá, el niño no me quiere. 
Será, que tú hiciste algo malo 
Y el niñito lo supo 
Por eso no los trajo”

Inicio esta breve reflexión sobre los roles que desempeñan los actores simbólicos construidos para este mundo apocalíptico con este popular villancico que, como muchas otras piezas musicales populares tiene un mensaje aleccionador sobre la pobreza y la injusticia: No importa lo que te estén negando, seguro hiciste algo malo y por eso no mereces estar bien, sólo te queda la resignación y acomodarte a los requerimientos del poder para ver si algún día te “obsequian” con la ilusión imperecedera de la igualdad. 

Por: Camilo Andrés Garcés / Democracia en la Red

Esta popular pieza decembrina que hemos escuchado desde que tenemos uso de razón; es un fiel reflejo de la moral impuesta durante siglos por las élites a través de las institucionalidad eclesiástica: la moral de la culpa; y es aquí donde empezamos a vislumbrar al primero de estos actores construidos para este mundo apocalíptico: el niño agobiado por la culpa;  El niño castrado que se ve a sí mismo como el causante de su propio sufrimiento; aquí es donde vemos las diferentes respuestas de este niño apocalíptico frente a la violencia estructural de un sistema hecho para la barbarie y la injusticia: No tienes el trabajo que quieres porque no trabajas lo suficiente, te estresas en un transporte miserable porque no tienes la suficiente paciencia, no consigues pareja porque no consumes; porque no te adaptas a lo que el mundo le ha dicho a los demás que te exijan; este niño del apocalipsis está convencido que  si te matan, te violan o vulneran tus derechos es porque algo malo estás haciendo: la culpa es tuya, el sistema sólo responde con mano dura pero razonable ante tus crímenes imaginarios.

Ante esta gigantesca maquinaria de injusticia nos vemos en una situación de desamparo configurándose en lo profundo de nuestro ser lo que Walter Benjamin llamó en el drama barroco alemán: la sociedad barroca; una sociedad donde toda idea de salvación y finalidad última de la existencia se diluye en una existencia sin esperanza y lo único que queda es un refugio desesperado en la institucionalidad y sus reglas morales; es aquí donde vemos a nuestro niño apocalíptico reducido a un sujeto sin ética, que actúa irreflexivamente en pos de complacer a esa institucionalidad fría e implacable que, para él representa el último reducto de sentido al cual acudir en un mundo que perdió cualquier ápice de trascendencia, que transita por el tiempo en una veloz carrera hacia la nada. Pero este niño apocalíptico no está sólo en este escenario, también encontramos lo que llamo el héroe.

- ¿Va usted a salvarnos, señor Cole?
- ¿Cómo voy a salvarlos? Eso ya ha ocurrido. No puedo salvarles. Nadie puede”.
(Diálogo de los 12 Monos) 

En esta película de culto de 1.996 vemos un mundo donde la humanidad ha sido arrasada por un virus, y de ese futuro distópico envían a un hombre al pasado con la misión; no de salvar a la humanidad en el pasado; sino de recuperar el futuro/presente de la plaga; vemos entonces al protagonista de la película encarnar a este héroe estoico que al igual que el Tristán de Wagner, se concentra en la misión mientras se esfuerza por sostener un vínculo afectivo prohibido por el sistema al cual sirve: nuevamente regresa la culpa, la presión por adaptarse, por cumplir la tarea; pero a diferencia del niño, este héroe apocalíptico no está buscando la aprobación de la institucionalidad, por el contrario, sabe que no cuenta con ella y lo único que necesita es darle sentido, y por eso se embarca en la tarea inútil de salvar al mundo, es el personaje convencido que tirando piedras a un río cambia su curso; aquí vemos a los fundamentalista religiosos, políticos y en general a todos aquellos que le dan sentido a su propia existencia, con una militancia ciega y furibunda que sobrepasa cualquier atisbo de razón, y que al igual que el protagonista de la película le ponen un rostro físico al mal y esta cara diabólica la representan en aquel que piensa distinto (y al igual que el niño) hacen una atribución errónea a la causa de su sufrimiento; Cole está convencido que el causante de la plaga es un loco, porque en su visión de la institucionalidad, aquello que escape a los parámetros fijados no es más que una representación de la enfermedad y la plaga que amenaza no sólo su propia existencia sino la de todo el entramado institucional al cual sirve con una fe ciega.

Aquí vemos a este héroe en la cacería de un falso némesis, una encarnación apócrifa del mal que se traduce en la diferencia; una guerra sin cuartel contra un enemigo no declarado: la homofobia, la misoginia, el racismo, la xenofobia, el extremismo de izquierdas y derechas son la manifestación política de este héroe sin causa noble que desfallece en un intento desesperado de darle sentido a su vana existencia;  pasa su vida intentando derrotar a un enemigo imaginario sin darse cuenta que el gran mal ya está instalado en lo profundo de un sistema económico, político y social  hecho para  la muerte en el cual sus actos sólo hacen parte de una parodia hollywoodense que adereza el advenimiento de la destrucción.


Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. 
Cuando sus dominios quedaron Semidespoblados
 llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos 
de entre los caballeros y damas de su corte, 
y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías
fortificadas.
(Edgar Allan Poe, La máscara de la muerte roja)

Esta plaga apocalíptica (igual que en la película) ya se encuentra agazapada en los cimientos mismos del sistema (el consumo desmedido, el desprecio por la naturaleza, por los animales, la explotación avarienta de los recursos naturales, las armas de destrucción masiva) nos lleva al oscuro cuento de Edgar Allan Poe; en este, ya el niño y el héroe han desaparecido cumpliendo su propósito de legitimación del sistema y la plaga inherente a él; como lo ilustra el cuento, sólo queda el príncipe como un avatar de las élites dueñas del sistema, este príncipe a diferencia de los otros dos; no está atravesado por la culpa, pero si vive inmerso en una ilusión infantil de suficiencia y probidad moral respecto al resto de la humanidad; se ve y se muestra ante el niño y el héroe como valiente y sagaz; pero la realidad es otra al momento que se revela ante él ese monstruo destructor que el mismo ha incubado en el seno del sistema que sostiene sus privilegios, en contraposición a su valentía y sagacidad  se refugia en una fortificación inexpugnable, huyendo de su macabra creación.

¿Cómo lo hace? ¿Cuál es esa fortaleza en la que se encierra este príncipe de opereta? Se incrusta en la negación, huye tanto en el plano físico como simbólico de aquello que él mismo ha sostenido, huye de todo aquello que le recuerde la pobreza y la fealdad del mundo; aquí es donde vemos al príncipe  diciendo: “el cambio climático es un invento”, “el tal paro agrario no existe”, “otra pregunta amigo periodista” vemos gobernantes reuniéndose con reguetoneros mientras hacen oídos sordos al clamor de los estudiantes, las cifras sobre pobreza y desigualdad se camuflan con tecnicismos elaborados por economistas y “científicos sociales” que fungen como sacerdotes del Armagedón, son los encargados de custodiar las puertas de la fortaleza negacionista del príncipe sin embargo, y pese a sus esfuerzos la plaga termina infiltrándose en la fortaleza, invadiendo todos y cada uno de sus refugios físicos y simbólicos: la crisis ambiental y el cambio climático no perdonarán a los gobernantes; así como el mismo descontento de los inconformes (que se encuentran dispersos y sin organización entre los locos y los diferentes) llevará al igual que en el cuento a la destrucción del mismo príncipe y la institucionalidad que representa.

Esta destrucción final del príncipe no representa el renacer de una sociedad justa, de una resignificación del niño y del héroe apocalíptico, ni a darle un lugar a los inconformes; sencillamente no habrá mundo ni humanidad que reconstruir; en el  mundo que tenemos sólo es un desierto en proyecto, porque  igual al cuento.

Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

De Maquiavelo, el puente está quebrado y otros avatares de la corrupción en Colombia.

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El pueblo limita su deseo a no ser oprimido, mientras que el de la clase dirigente se circunscribe específicamente a la opresión; esta ya no entendida en sus interpretaciones  tradicionales de cadenas y mazmorras físicas; sino como una opresión económica, evidenciada en el desfalco, en la malversación de fondos y las políticas para favorecer intereses particulares, los cuales por lo general están ligados a los de los financiadores de campañas y procesos electorales.

Por: Camilo Andrés Garcés / Democracia en la Red    

“El puente está quebrado, ¿con qué lo curaremos?
¡Con Cáscaras de Huevo! ¡Burritos al potrero!
¡Que pase el Rey! ¡Que ha de pasar!
Con todos sus hijitos menos el de atrás”

Si los cálculos son correctos; al leer el texto de la canción, el 90% de la población sentirá el impulso de entonar  el popular estribillo con su tradicional final: todos sus hijitos menos el de atrás… tras… tras….; quedando finalmente atrapado un jugador, no sin su respectiva chispa de deleite con el suspenso y la intriga en torno a quien podría ser el capturado y como muy perspicazmente el lector intuye, ahí está el meollo del asunto y sobre todo el uso del término captura en nuestra realidad política, cómo si fuese una propiedad inherente de nuestros padres de la patria, como si fuese un sino antiguo y ampliamente validado por el consenso popular, un largo camino que inevitablemente termina en la captura por parte de entes judiciales.

Porque en Colombia no sólo los puentes están quebrados: como el de Chirajara en la vía al llano, el de Guayepo en el Cesar o el Charte en el Casanare; esto sólo por poner unos ejemplos ilustrativos de los últimos años con monumentales pérdidas económicas al erario (habría que escribir un tratado de proporciones bíblicas si  un estado del arte sobre obras mal construidas en nuestra país fuésemos a hacer)las pérdidas son  en calidad de vida, posibilidad de emprendimiento en las regiones, las ciudades y el campo en general y con esto no me refiero a los ridículos beneficios tributarios que se suelen dar a los grandes capitales sin importar su naturaleza; sino al pequeño y mediano actor económico que se ve en desventaja por los excesivos costos y la dificultad de movilizar sus diferentes productos.

 Y no, no es sólo la infraestructura ni la vida económica del colombiano promedio la que está quebrada y nos sirve como metáfora; es la confianza de la gente en sus dirigentes, es la credibilidad que el colombiano promedio da a las instituciones, es el sentirse en una confrontación directa con lo que representa la clase política al margen de discursos trasnochados de izquierdas o derechas, casi un dogma resumido en pensamientos como : “que no haga nada pero que no robe”,  ó “que robe pero que haga”  derivando en una situación tensa que parece un matrimonio arreglado e insatisfactorio  entre el pueblo y sus dirigentes, pero esta tensión del caso colombiano no es sui generis; es tan vieja como lo puedan ser las estructuras estatales en el mundo occidental y se ve plasmada en este fragmento del príncipe de Maquiavelo: “Por otra parte, no se puede con decoro, y sin agraviar a los otros, contentar los deseos de los grandes. Pero contenta uno fácilmente los del pueblo, porque los deseos de éste tienen un fin más honrado que el de los grandes, en atención a que los últimos quieren oprimir, y que el pueblo limita su deseo a no serlo.” Pág. 21  En este punto es necesario desmitificar un poco las percepciones habituales sobre Maquiavelo y su obra; habitualmente se define como maquiavélico  a quien: “actúa con astucia y perfidia para conseguir sus propósitos.” Si bien el autor dedica su texto a Lorenzo II de Médici cómo una suerte de manual para acceder al poder y perpetuarse en él, hay elementos de fondo que llevan a pensar que un documento de tal naturaleza y en semejante contexto histórico no es lo que se piensa, sino una descripción con carácter de denuncia sobre las diferentes estratagemas sobre las que se valen las clases dirigentes para perpetuarse en el poder; sin embargo el propósito de este texto no es demostrar dicha afirmación sino contextualizar un poco la interpretación particular sobre el autor; que siendo pretencioso se resumiría así: “el susurro al oído del príncipe no es más que una sonora advertencia al pueblo sobre las intenciones de este”   y es en este sentido que se continuará el análisis de la actual situación política colombiana al  familiar sonsonete de él puente está quebrado…

El pueblo limita su deseo a no ser oprimido, mientras que el de la clase dirigente se circunscribe específicamente a la opresión; esta ya no entendida en sus interpretaciones  tradicionales de cadenas y mazmorras físicas; sino como una opresión económica, evidenciada en el desfalco, en la malversación de fondos y las políticas para favorecer intereses particulares, los cuales por lo general están ligados a los de los financiadores de campañas y procesos electorales; dos intereses totalmente contrapuestos, porque si no es con la plata del puente de Chirajara el congresista no puede financiar la campaña de sus amigos a nivel local, sino es con esos apoyos locales el congresista y el candidato presidencial no cuentan con respaldo popular, porque como Maquiavelo lo dice: “El segundo modo con que se gobierna, se compone de un príncipe, asistido de barones, que tienen su puesto en el Estado, no de la gracia del príncipe, sino de la antigüedad de su familia. Estos barones mismos tienen Estados y gobernados que los reconocen por señores suyos, y les dedican su afecto naturalmente.” Esto quiere decir que si el funcionario no coopta los recursos para salud, educación e infraestructura; no puede sostener a esos “barones” que son reconocidos como señores; (porque al príncipe en realidad nadie lo conoce, nadie lo quiere ni lo respeta) es una disyuntiva del tipo: o hay para el pueblo o hay para financiar a mis financiadores. Y esta realidad no es desconocida para nadie.

La insultante cotidianidad del colombiano promedio trabajador y ahogado en impuestos, con miles de barreras administrativas para el ejercicio pleno de sus derechos, con inestabilidad laboral es una ofensa sumada a la percepción de lo público como un botín empieza a rayar en el sentir como un insulto personal; pero es un insulto tan grave que el ciudadano se ve imposibilitado en su reacción, como lo dice el conocido autor: “Debe notarse que los hombres quieren ser acariciados o reprimidos, y que se vengan de las ofensas cuando son ligeras. No pueden hacerlo cuando ellas son graves; así, pues, la ofensa que se hace a un hombre debe ser tal que le inhabilite para hacerlos temer su venganza”Pág,6 “ Es en esta situación de impotencia, de frustración y de una opresión infinita que la tensión aumenta y se hace necesario recurrir a diferentes medidas y niveles de crueldad en la búsqueda infinita de preservar el poder; y aquí se retoma un ejemplo introducido por Maquiavelo que hace referencia a las intenciones de Alejandro VI de mantener a través de su descendencia su linaje en un poder ampliado:  “Después que él hubo ocupado la Romaña, hallándola mandada por señores inhábiles que más bien habían despojado que corregido a sus gobernados, y que habían dado motivo a más desuniones que uniones, en tanto grado que esta provincia estaba llena de latrocinios, contiendas, y de todas las demás especies de desórdenes; tuvo por necesario para establecer en ella la paz, y hacerla obediente a su príncipe, el darle un vigoroso gobierno.

En su consecuencia, envió allí por presidente a Messer Ramiro d'Orco, hombre severo y expedito, al que delegó una autoridad casi ilimitada. Éste, en poco tiempo, restableció el sosiego en aquella provincia, reunió con ella a los ciudadanos divididos, y aun le proporcionó una grande consideración. Habiendo juzgado después el duque que la desmesurada autoridad de Ramiro no convenía allí, y temiendo que ella se volviera muy odiosa, erigió en el centro de la provincia un tribunal civil, presidido por un sujeto excelente, en el que cada ciudad tenía su defensor. Como le constaba que los rigores ejercidos por Ramiro d'Orco habían dado origen a algún odio contra su propia persona, y queriendo tanto desterrarle de los corazones de sus pueblos como ganárselos en un todo, trató de persuadirles que no debían imputársele a él aquellos rigores, sino al duro genio de su ministro. Para convencerlos de esto, resolvió castigar por ellos a su ministro, y una cierta mañana mandó dividirle en dos pedazos y mostrarle así hendido en la plaza pública de Cesena, con un cuchillo ensangrentado y un tajo de madera al lado. La ferocidad de semejante espectáculo hizo que sus pueblos, por algún tiempo, quedaran tan satisfechos como atónitos.” Pág,16

¿Suena familiar? Probablemente el tema de ejecuciones sangrientas en plazas públicas lleve más hacia las épocas más degradantes del oprobioso conflicto armado colombiano, pero si nos lleva a un lugar más común: el de los chivos expiatorios; y estos sobre todo a la hora de aplacar la indignación nacional en cuanto a la solución de problemas estructurales son ampliamente conocidos y de eso encontramos una variopinta selección de ejemplos: el cohecho de una sola persona, las sanciones a funcionarios acusados de corrupción sin que caigan sus compinches, las financiaciones ilegales e inmorales a campañas que se resumen en un: “fue a mis espaldas”  o en un grotesco: “Me acabo de enterar”  y que efectivamente conllevan a capturas y a condenas, pero extrañamente nunca afectan a los mayores beneficiarios de dichas irregularidades, pero que en términos generales; al igual que al pueblo gobernado por el tristemente célebre Ramiro d'Orco produce tanto satisfacción como estupefacción: una ejecución publica con todos los componentes necesarios para aplacar la sed de justicia sin necesidad de hacer ningún cambio estructural, en esencia que todo siga igual mientras el pueblo llano en su inocencia tiene a consolarse con frases como: “por lo menos cogieron a uno” y estupefacción en : “a ese lo sueltan en 3 meses” y es aquí donde se retoma con mayor fuerza el juego infantil tradicional del puente está quebrado, porque una recomendación clave en el apartado destinado a aquellos que llegaron al principado por medio de maldades es: “Por la misma razón que los actos de severidad deben hacerse todos juntos, y que dejando menos tiempo para reflexionar en ellos ofenden menos; los beneficios deben hacerse poco a poco, a fin de que se tenga lugar para saborearlos mejor” Pág. 26, y toma fuerza la metáfora del juego porque como se mencionó anteriormente: el juego consta de un grupo de participantes (políticos corruptos) que pasan por una suerte de barrera cuya finalidad es atraparlos (Justicia) y pasan sabiendo que alguno o algunos (no todos) van a caer en ese turno, la canción misma lo dice: que pase EL REY (El gobernante) con todos sus hijitos (Funcionarios, socios etc.) menos el de atrás (Chivo expiatorio)… tras… tras… tras y cuando cae atrapado el de atrás hay alborozo, risas y diversión; es así como pasó recientemente con la electa y sancionada congresista Aída Merlano; investigada por compra de votos (práctica habitual en nuestra clase política tradicional); ha sido un show mediático: ya cayó el de atrás, hay alborozo y felicidad, “un corrupto menos”  sin que importe que mientras se captura a uno, pasan de agache cientos; y es en ese momento, cuando vemos al participante del juego atrapado por los brazos de los otros jugadores, cuando vemos a Ramiro d'Orco partido a la mitad para apaciguar los ánimos y la inconformidad de ese pueblo insatisfecho en su único deseo: que NO lo opriman pero que contradictorio en su psiquis colectiva recibe con estoicismo brutales golpes a su dignidad y atentados a su misma supervivencia como las subidas en las edades de las pensiones, la reforma tributaria, el metro elevado, paseos de la muerte en las EPS; todo esto y mucho más impuesto con sangre fría, brutalidad y sin una pizca de humanidad.

Esta puesta en escena, este show, este juego del puente está quebrado fomenta en el sentir del colombiano de a pie que sufre y se lamenta por la educación de sus hijos, por una pensión cada vez más inalcanzable, por un salario encogido por los impuestos una carga emotiva similar a la de un grupo de niños despreocupados que disfrutan, se deleitan poco a poco con cada una de las partes del juego, y ahí están al alcances de todos: las insultantes declaraciones de la electa congresista, los avances día a día del caso, reportes de colaboradores de la campaña presos, un jefe político moribundo como Roberto Gerlein y a quien a estas alturas le da lo mismo ocho que ochenta, las sanciones ridículas, los aplazamientos, las argucias jurídicas y miles de elementos histriónicos   hacen parte de ese juego del tras… tras… tras… tras… alargado hasta el infinito para el disfrute de los jugadores; es posible aseverar que eventualmente llegarán al periodo de posesión con alguna medida administrativa ridícula en contra de algunos funcionarios incluida la misma Merlano mientras el Rey y sus otros hijitos (los políticos corruptos) pasan de agache por los brazos cómplices de la justicia en medio del alborozo estúpido de un pueblo oprimido que sólo sabe vivir bajo la obediencia, incapaz de ser libre y se conforma con la ejecución sumaria de uno que otro chivo expiatorio sin el menor peso en la vida política nacional.