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La caída de las reservas petroleras

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La caída de las reservas probadas se da cuando el ritmo de extracción del crudo es mayor que el ritmo de reposición de las reservas extraídas, habida cuenta que se trata de un recurso no renovable y por ello mismo expuesto a su declinación y agotamiento. A guisa de ejemplo: en el 2008 el país extrajo 215 millones de barriles e incorporó reservas del orden de los 524 millones, para un saldo neto de 309 millones de barriles adicionales.

Por: Amylkar Acosta / Semanario Caja de Herramientas

Colombia, sin ser un país petrolero, dada la precariedad de sus reservas, sigue teniendo una altísima dependencia del crudo. Por ello su economía siempre está al vaivén de lo que ocurre en los mercados internacionales, que es donde se transa comercialmente el petróleo y en donde no influimos para nada en la formación de los precios, pues somos sólo tomadores de precios. Después de un largo ciclo de precios altos, los cuales llegaron a tener un pico de US $107.95 el barril de crudo de la referencia WTI y US $115.19 del BRENT en junio 16 de 2014, la sobreoferta de crudo precipitó la destorcida de precios a tal punto que a mediados de enero del año anterior se negoció a US $25. Un caída estrepitosa de más del 70%. Posteriormente los precios tuvieron una importante recuperación, hasta cotizarse finalizando 2016 alrededor de los US $50 el barril y de allí no ha pasado, a pesar del Acuerdo de 13 socios de la OPEP y 11 grandes productores que están por fuera del cartel, encabezados por Rusia, el pasado 10 de diciembre,  de reducir el bombeo de crudo en 1.8 millones de barriles diarios por seis meses a partir de enero de este año con miras a apuntalar los precios.

Ello ha afectado tanto el sector externo de la economía llevando a niveles históricos tanto el déficit de la Balanza comercial como el de la Cuenta Corriente de la Balanza de pagos. Todos los países exportadores de petróleo se han visto afectados por la caída de los precios, pero en el caso de Colombia el impacto ha sido mayor, sobre todo en las finanzas públicas, porque a la caída de los precios se vino a sumar la caída de la producción. Después de fijarse la meta y haberla alcanzado de la producción de 1 millón de barriles diarios, diciembre del 2015 fue el último mes del año que se alcanzó superar ese tope, para posteriormente caer de manera sostenida la producción durante 10 de los 12 meses subsiguientes hasta cerrar en diciembre del año anterior con una producción de 837 mil barriles/día. Es más, la nueva meta fijada por el Gobierno para el 2017 es de 865 mil barriles/día. La caída de la producción promedia en el 2016 cayó un 12% con respecto a 2015 y el promedio de la producción en los primeros 4 meses de este año estuvo en 844 mil barriles.

Pero ya advertíamos que por estar invadidos por la preocupación de la baja de los precios y de la producción, estábamos descuidando el peligro mayor que nos acecha cual es la vertiginosa caída de las reservas probadas de crudo con las que cuenta el país, razón por la cual nos ha venido rondando el fantasma de su importación, lo cual sería una verdadera tragedia para el país. Y no lo decimos a humo de paja, es que entre 1992 y 2002 las reservas probadas de petróleo de Colombia pasaron de 3.232 millones de barriles a 2002 millones en 2015. Si miramos los cuatro últimos años observamos que se pasó 2.377 millones de barriles en 2012 y una relación reservas/producción de 6.9 años, a 2.445 millones en 2013 y una relación reservas/producción de 6.6 años, para el 2014 bajaron hasta 2.308 millones y una relación reservas/producción de 6.4 años y sigue cayendo en 2015 hasta llegar a 2002 millones y una relación reservas/producción de 5.5 años. Y, para rematar, acaba de revelar la Agencia Nacional de Hidrocarburos que, una vez más, cayeron 17% las reservas, esta vez para estacionarse, por debajo de la barrera psicológica de los 2.000 millones, en 1.665 millones de barriles y ya el horizonte de autoabastecimiento (coeficiente reservas/producción) se reduce a sólo 5.1 años. Es decir, que a la vuelta de 5 años (¡!) estaremos abocados a tener que importar petróleo al país para nuestro propio abastecimiento.

La caída de las reservas probadas se da cuando el ritmo de extracción del crudo es mayor que el ritmo de reposición de las reservas extraídas, habida cuenta que se trata de un recurso no renovable y por ello mismo expuesto a su declinación y agotamiento. A guisa de ejemplo: en el año 2008 el país extrajo 215 millones de barriles e incorporó reservas del orden de los 524 millones, para un saldo neto de 309 millones de barriles adicionales. Entre tanto en el 2016 se extrajeron 326 millones de barriles y a duras penas se incorporaron 46 millones de barriles. En conclusión, mientras en 2008 por cada barril de crudo que se extrajo de los yacimientos se incorporaron 2.4 barriles, en el 2016 sólo se repuso 0.14 barriles.

Son dos los factores fundamentales que han incidido en esta caída de las reservas probadas de crudo en el país, por una parte la caída de los precios y por la otra el decaimiento de la actividad exploratoria. Como es apenas lógico el volumen de las reservas probadas está en función del precio, ya que este determina la comercialidad de las reservas que se encuentran en el campo en explotación. A mayor precio y menor costo de extracción tendremos mayores reservas y viceversa. De allí que el precio WTI de referencia para el cálculo de las reservas en 2015 fue de US $50.28 el barril y en 2016 US $42.75, 15% menor.

Está establecido que el efecto – precio fue el que más pesó sobre la caída de las reservas probadas, aproximadamente en 202 millones de barriles. El índice de reemplazo de reservas, si excluimos el efecto – precio fue del 79%; en cambio, si se incluye el efecto – precio, el índice de reemplazo baja dramáticamente en – 7%. El efecto – precio sobre las reservas se ha visto acentuado por cuenta de la baja actividad exploratoria, desalentada tanto por los bajos precios como por el entorno adverso que está enfrentando la industria petrolera en Colombia.

En la oposición a los derechos de la naturaleza asoma la divergencia entre izquierda y progresismo

6:49:00 a.m. Add Comment

En Perú, en los últimos meses se han difundido distintas críticas contra las alternativas a los extractivismos (especialmente minero y petrolero) y el concepto de los derechos de la naturaleza. Unas son muy conocidas por provenir de actores políticamente conservadores; otras más recientes se originan en quienes podrían llamarse progresistas.

Por: Eduardo Gudynas / Rebelión

Estas últimas muestran que malinterpretan los derechos de la naturaleza y que siguen atadas a las viejas concepciones del crecimiento por exportación de recursos naturales. Pero lo más interesante es que reflejan lo que en otros países terminó en una notable divergencia entre progresismo e izquierda.

La crítica a los derechos de la naturaleza

Un buen ejemplo de estas nuevas críticas es Germán Alarco, economista de la Universidad del Pacífico y participante de los equipos técnicos del Frente Amplio. En un artículo en el períodico empresarial “Gestión”, este economista afirma que es “cuestionable” la defensa de los derechos de la naturaleza y califica como “radicales” a las alternativas post-extractivistas (1). En ese texto como en otros, Alarco despliega varios fantasmas: que la protección de la naturaleza llevaría a un “primitivismo” o a un “retroceso”, que habría un “modelo” de Pachamama y Apus que “todos” deberían seguir, o que es inevitablemente necesario el crecimiento económico por las exportaciones (1, 2).

En su crítica a los derechos de la naturaleza, este economista considera que es un “exceso” condenar la explotación de recursos naturales por sus graves impactos sociales y ambientales. Por si no está claro insisto en su idea: es una exageración de “radicales” denunciar los impactos de los extractivismos y buscar alternativas a ellos. Para no ser “radical” no hay que denunciar esos efectos negativos ni buscar opciones.

Esos cuestionamientos apuntan a varias ideas en mi libro “Derechos de la naturaleza” (3), atacando incluso la idea que la naturaleza sea usada para las necesidades vitales de los humanos. Es importante aclarar que las posturas llamadas biocéntricas, que son las que expongo en ese libro, no defienden una naturaleza intocada. Esos derechos imponen límites en el uso de los recursos naturales evitando nuevas extinciones en las especies. O dicho de otro modo, es aprovechar el ambiente dentro de los propios ritmos de reproducción y regeneración de la naturaleza.

Cuando se dice que ese aprovechamiento se debe enfocar en las necesidades vitales de las personas implica, por ejemplo, que es legítimo obtener alimentos, minerales o energía para asegurar la calidad de vida a nivel nacional (y regional), aunque es condenable seguir haciendo, por ejemplo, megaminería de oro, con todos sus impactos en Perú, para sostener el deseo de lucir joyas en la China o India (el 90% de los usos globales del oro son no-industriales, y de ellos, un 45% termina en la joyería, sobre todo entre los nuevos adinerados en Asia). Por lo tanto, el biocentrismo le dice “sí” a erradicar la pobreza y asegurar el bienestar, y le dice “no” a una vana opulencia.

Desarrollo y postextractivismo

Comparto esta aclaración para mostrar que esta y otras críticas contra los derechos de la naturaleza y los post-extractivismos se basan en lecturas apresuradas o incorrectas. Se confunde minería con extractivismo, decrecimiento con postextractivismo, se teme que proteger la naturaleza nos llevaría a la edad de piedra, o se cuestiona una moratoria petrolera olvidando todo el daño que esa actividad está haciendo en la Amazonia o en clima global.

Las posturas como las de Alarco se deben, en buena medida, a que están atrapadas dentro del desarrollo convencional. Es muy interesante que este economista reconozca que indicadores como el PBI tienen limitaciones y que el crecimiento económico no puede ser el único objetivo de una política económica, con lo que se diferencia de conservadores o neoliberales. Pero Alarco defiende de todos modos al crecimiento aunque para ser positivo debe ser “sostenible”. Ese “sostenible” no tiene nada que ver con el origen ecológico de esa palabra, sino que se refiere a un crecimiento que se logra por mayores exportaciones. Y más exportaciones implica, otra vez, exportar recursos naturales, continuar con las presiones extractivistas, repetir los conflictos y los impactos sociales y ambientales.

Como en todas estas críticas contra los derechos de la naturaleza y el post-extractivismo no hay muchos argumentos de peso, y al final se asemejan al rechazo de los conservadores. Este es otro de los procesos sobre los que deseo llamar la atención: obsérvese que el calificativo que usa Alarco es tildar a los postextractivistas como “radicales”.

Ese calificativo, “radical”, asociado a las movilizaciones ciudadanas ante los extractivismos, tiene un triste e intenso uso en el Perú.Decir que el post-extractivismo es “radical” es más o menos lo mismo que han dicho de estas posturas distintos jerarcas de la administración Humala, como lo han hecho los anteriores gobiernos; lo mismo sostienen unos cuantos actores empresariales, y muchos conservadores. La acusación de antimineros “radicales” se ha escuchado mucho en estos años; adjetivos similares se repiten en el portal ultraconservador Lampadia. Hay algunos tan pero tan preocupados por el postextractivismo que hace poco lanzaron un emplazamiento a la izquierda peruana para que abandonara esa idea.

Se llega así a una situación donde se cuestiona al postextractivismo y los derechos de la naturaleza desde algunos actores progresistas y desde la derecha convencional. Como no hay muchos argumentos se ven en la necesidad de adjetivar, y por ello, sea desde los conservadores como los progresistas, todo lo que no gusta o no se entiende sería “radical”.

Izquierda y progresismo: dos posturas sobre el desarrollo y la naturaleza

Llegamos así al asunto de fondo que deseo comentar. Las posturas sobre el extractivismo y sobre los derechos de la naturaleza han sido uno de los elementos clave en la divergencia entre progresismo e izquierda que ha ocurrido en varios países sudamericanos.

Cuestionamientos como los comentados arriba han sido muy comunes en los países vecinos al Perú, marcando la divergencia entre las corrientes políticas del “progresismo” y aquellas de una izquierda abierta y plural.

En efecto, en varios países, el cambio político de inicios de los años 2000 fue promovido por una izquierda abierta, plural y democrática. Se nutrió de múltiples movimientos sociales, cuestionaba las ideas convencionales del desarrollo, incluyendo la manía de crecer por exportaciones que satisfacían el consumismo de otros países (y de las propias elites nacionales), a costa de destruir el patrimonio ecológico nacional. Allí nacen las búsquedas postextractivistas.

Sin embargo, esa izquierda plural una vez que conquistó los gobiernos, en un lento proceso que llevó varios años, terminó convirtiéndose en el progresismo (4). Esta es una postura defensora de un desarrollismo que sigue basado en una explotación intensiva de los recursos naturales, donde el Estado busca captar mayores excedentes económicos con la ilusión de ayudar a los más pobres. En sus discursos se repite la idea de un crecimiento “sostenible”.

Por ejemplo, los regímenes en Bolivia, Ecuador o Argentina, se volvieron cada vez más extractivistas, o sea más progresistas, y más alejados de las izquierdas que les dieron origen. La dependencia de las exportaciones de materias primas fue tan alta que crearon sus propias vías para imponer la megaminería o la petrolización amazónica, flexibilizaron sus normas sociales y ambientales, y se violaron todo tipo de derechos de las comunidades indígenas y campesinas. Ellos repiten todo el tiempo que los derechos de la naturaleza llevarían al atraso y que el posextractivismo es peligroso.

Comparto esos apuntes porque parecería que la discusión política peruana olvida que esos fueron uno de los principales factores que determinaron que algunos progresismos enfrenten hoy en día serias resistencias populares (por ejemplo en Ecuador y Bolivia), y otros colapsaran (Argentina). Tampoco puede olvidarse que la crisis de corrupción en Brasil también descansó en redes de progresistas y sus aliados atados a la renta de una petrolera controlada por el propio gobierno. Cuanto más extractivismo, más progresismo, pero menos izquierda.

Entiendo que es inevitable reconocer que en el espectro de movimientos sociales y políticos que no son conservadores existan las dos miradas: una progresista, que sigue apostando por un desarrollismo que descansa en unos extractivismos con mayor participación estatal y la inserción comercial global, y una izquierda renovada que busca alternativas para no seguir dependiendo de exportar materias primas y promueve explorar alternativas.

Para esa izquierda abierta, su propia pluralidad hace que acepte a los compañeros desarrollistas, reconociendo que obviamente no todas las variedades de desarrollo son iguales, y hay algunas que son mejores para la justicia social y ambiental. Pero saben que el camino de las transformaciones no se detiene allí, y se deben dar otros pasos. Pero, a partir de la experiencia en otros países sudamericanos, en Perú se debería estar alerta a que buena parte del progresismo no siempre es plural, y como está obsesionado en alcanzar o retener los gobiernos, terminó triturando a la izquierda plural y abierta. Sin embargo, esa izquierda es indispensable para la viabilidad conceptual y práctica de cualquier proceso de cambio real.

Notas

1. Crecimiento económico: ¿lo único importante?, Germán Alarco, Gestión, Lima, 4 julio 2016, http://blogs.gestion.pe/herejias-economicas/2016/07/crecimiento-economico-lo-unico-importante.html

2. Petroperú y la seguridad energética en la mira, Diario Uno, Lima, 28 febrero 2016, http://diariouno.pe/columna/petroperu-y-la-seguridad-energetica-en-la-mira/

3. Derechos de la naturaleza. Etica biocéntrica y políticas ambientales, Eduardo Gudynas. RedGE, CooperAcción, PDTG, y CLAES. Lima, 2014.

4. 10 tesis sobre el “divorcio” entre izquierda y progresismo en América Latina, E. Gudynas. Ideas, Página Siete, La Paz, Bolivia, 9 febrero 2014, http://www.paginasiete.bo/ideas/2014/2/9/tesis-sobre-divorcio-entre-izquierda-progresismo-america-latina-13367.html

Alerta por minería en Cundinamarca.

7:54:00 p.m. Add Comment

Un estudio de la Defensoría del Pueblo señala que no sólo está ganándole terreno a la agricultura, sino que está afectando algunos páramos. Pide a las autoridades mayor control y garantizar los derechos de las comunidades.

Por: Redacción El Espectador.

Cundinamarca se ha caracterizado por ser un departamento con vocación agrícola. De los 2,4 millones de hectáreas, 64 % se destina a la agricultura y la ganadería. Sin embargo, la minería le viene quitando terreno. Y no sólo a la agricultura, sino que también amenaza las zonas de páramo. Y aunque algunos resaltan que la explotación de recursos naturales ha generado desarrollo en los municipios, lo que realmente preocupa son los efectos irreversibles sobre el ambiente y los daños a la comunidad, al vulnerar “su derecho al agua, al acceso a la tierra y a un ambiente sano”.

Esta es la principal conclusión de un estudio de la Defensoría del Pueblo, en el que analizó el crecimiento de la minería en el departamento y sus efectos. Entre los hallazgos están explotación minera en áreas de ecosistemas, baja producción de agua, incumplimiento en los planes de manejo ambiental, cambios y degradación de los suelos, ruptura del tejido social entre las comunidades cercanas a las zonas de explotación y ausencia institucional para evitar estos problemas.

Según la Agencia Nacional Minera, en la actualidad hay 1.013 licencias mineras activas en el departamento, que explotan 8 % del territorio. Sin embargo, están en trámite 1.062 licencias nuevas que, de ser aprobadas, al menos 912.000 hectáreas (38 % del territorio departamental) quedarían en manos de las mineras.

En medio del estudio, la Defensoría identificó el otorgamiento masivo de títulos en áreas de importancia ambiental, por las características de sus ecosistemas, en inmediaciones a las zonas de páramos. Algunos casos los evidenciaron en las veredas El Peñón y San Miguel (ubicadas a 2.900 m.s.n.m.), del municipio de Sibaté; San Jorge (ubicada a 3.250 m.s.n.m.), en Soacha, y la zona rural de Choachí, cerca de los páramos Cruz Verde y el Parque Natural del Sumapaz.

En estos casos, dice el organismo, “existe la explotación minera en ecosistemas con vegetación característica de páramo y se encuentran áreas con nacimientos de agua”. La consecuencia es previsible: el deterioro de los páramos, porque son nacederos hídricos, que proveen agua a las poblaciones. Pero el problema no se queda ahí.


En Sibaté, las afectaciones también son de tipo social y económico, que se desprenden de incumplimiento del plan de manejo ambiental por parte de las empresas que explotan los títulos mineros y la explotación ilegal. Esto ocurre por falta de seguimiento de las autoridades competentes. “La comunidad de estas veredas enfrenta problemas de salud por la contaminación en sus fuentes de agua y bajas en los rendimientos de sus cultivos”, dice la Defensoría.

La vereda San Jorge de Soacha se caracteriza por tener parte de la riqueza ambiental del municipio. Y a pesar de estar encima de los 3.100 m.s.n.m., las autoridades otorgaron títulos para la extracción de arenas sílices, desconociendo la importancia de los recursos naturales de la zona. Esto ha generado la movilización de la comunidad, que reclama la protección de estas áreas por ser zona de abastecimiento de agua.

En Choachí descubrieron actividades de exploración y explotación minera legal e ilegal en territorios por encima de los 3.200 m.s.n.m. La alerta es por la cercanía a la zona de reserva de los páramos Cruz Verde y Parque Natural del Sumapaz. Pese a estar cerca de una zona protegida, actualmente están en trámite 21 solicitudes para explotar recursos en esta población.

Ante la falta de control institucional y el apoderamiento de la minería sobre los espacios protegidos y las zonas de cultivo de los campesinos, la Defensoría del Pueblo solicitará la intervención de organismos como la Agencia Nacional de Minas, la CAR y el Ministerio de Minas. Además, una acción más decisiva del Estado en materia de prevención.

Teniendo en cuenta este panorama, el masivo otorgamiento de títulos mineros y la expansión de esta actividad, la Defensoría hace un llamado a todas estas autoridades para que adelanten acciones articuladas en aras de mitigar el problema y proteger el derecho humano al agua, sin afectar el derecho al desarrollo económico que tienen las regiones en el departamento.

Fracking: una apuesta riesgosa para Colombia.

7:58:00 p.m. Add Comment

Con poca información y menos preparación, el gobierno ya firmó 13 contratos para explotar petróleo con esta controvertida tecnología. Le explicamos por qué el remedio del fracking puede resultar peor que la enfermedad de la escasez petrolera.


El petróleo se está acabando en Colombia. El combustible que mueve la economía y abastece gran parte de las arcas del Estado está en vía de extinción. Según la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), las reservas actuales de crudo alcanzarán para cinco años más y, a partir de entonces, el país pasará de ser productor a importador. Ese hecho tiene al gobierno en una búsqueda desesperada por estirar esa cifra, incluso cuando los bajos precios han hecho caer la exploración y la producción.

Este panorama no es nuevo. De hecho, desde hace cuatro años Colombia le abrió la puerta al fracking, una controvertida técnica para extraer hidrocarburos de yacimientos no convencionales. Fracking, en lenguaje petrolero, significa fracturar capas de la tierra mediante agua a presión. Pero aquí la cuestión no es esta tecnología en sí misma, pues ya se ha utilizado en Colombia para mejorar el rendimiento de algunos pozos, sobre todo en los Llanos Orientales.

Lo nuevo es sacar petróleo de donde nunca antes se había logrado. A diferencia de los yacimientos convencionales, mucho más sencillos de explotar, con el fracking se trata de romper la roca madre de la tierra, a kilómetros de profundidad. Para lograrlo, las empresas inyectan a gran presión millones de litros de agua mezclada con químicos, para así extraer el petróleo o el gas atrapados en ella.

El fracking es producción de hidrocarburos a otra escala y magnitud. Según el Government Accountability Office (GAO), la oficina estadounidense que provee información científica al Congreso de ese país, la cantidad de agua usada en un pozo varía con la geología del yacimiento, pero en los no convencionales suele estar entre los 19 y los 46 millones de litros por pozo (una piscina olímpica tiene aproximadamente 2,5 millones).

Esta tecnología es objeto de un fuerte debate en todo el mundo, pues a ese uso intensivo de agua se suman el riesgo de contaminar acuíferos superficiales y subterráneos con materiales radioactivos y gas metano y el aumento de la sismicidad en los lugares donde se aplica. El martes 21 de junio, después de cuatro años de discusión, la coalición gobernante de Alemania acordó prohibir el fracking indefinidamente, aunque se permitirán perforaciones de prueba previo permiso de las autoridades locales.

Si el parlamento aprueba la ley, Alemania se sumaría a Francia en la prohibición de esta práctica. Incluso en Estados Unidos, país que logró su soberanía energética gracias al fracking y que ha servido de ejemplo para Colombia en esta materia, estados como Nueva York declararon una moratoria frente al tema y en las regiones que sí lo admiten se están multiplicando las evidencias de sus impactos negativos. (Vea también: Los ríos en llamas que traería el fracking a Colombia)

Un reciente artículo publicado en la revista Science afirma que en Oklahoma, uno de los estados que permite el fracking, los sismos entre 2008 y 2013 han aumentado 40 veces con respecto al periodo 1976-2007. Otro estudio, realizado por investigadores de la Universidad de Duke, reúne evidencias de contaminación de aguas subterráneas y superficiales por cuenta de fallas en los pozos y de la inadecuada disposición de las aguas residuales del fracking.

A pesar de estos precedentes, en Colombia hoy existen 13 contratos de exploración y producción para hacer fracking en yacimientos no convencionales ubicados en Norte de Santander, Santander, Cesar, Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y Tolima. De ese total, seis bloques hacen parte de los Proyectos de Interés Estratégico para la Nación (Pines), lo cual quiere decir que están entre las prioridades económicas del Estado. Por eso reciben tratamiento especial para que sus procesos de licenciamiento, consulta previa y compra de predios sean más expeditos.

Según la Agencia Nacional de Licencias Ambientales (Anla), no hay solicitudes en curso para exploraciones de fracking. Esto se debe en gran parte a que el proyecto más avanzado, ubicado en San Martín y a cargo de la multinacional Conoco Phillips, lleva varios meses paralizado porque miles de habitantes de ese municipio del Cesar han impedido terminar el proceso de socialización requerido antes de solicitar la licencia ambiental.

Carlos Santiago, líder de la Corporación para la Defensa del Agua, el Territorio y los Ecosistemas, que agrupa a los opositores del fracking en San Martín, afirma que “en Cesar hemos sufrido el desabastecimiento de agua y no queremos que la que queda se utilice para el ‘fracking’. Esa tecnología es muy peligrosa porque le echa un montón de químicos al agua y además puede llegar a contaminar las fuentes hídricas subterráneas”.

Sin embargo, el gobierno está empeñado en convencer a los sanmartinenses, y de paso a todo el país, de que en Colombia se pueden aprovechar los beneficios del fracking sin sufrir sus probables consecuencias negativas. Argumenta que los recursos petroleros son necesarios para financiar la inversión social y el posconflicto, mientras que los riesgos se pueden manejar con una reglamentación rigurosa y un control estricto.

Reglamentación sin información

Desde 2012, cuando empezó a entregar en concesión los primeros bloques para fracking en yacimientos no convencionales, el gobierno empezó a construir una normatividad específica para esta actividad. Al efecto la ANH realizó cuatro talleres en los que participaron 24 conferencistas internacionales y 235 funcionarios de entidades nacionales y locales y algunos académicos. Y realizó tres visitas a campos en producción, una en Canadá y otras dos en Estados Unidos.

Así mismo, la ANH contrató al experto estadounidense David Neslin para que proporcionara las bases para la reglamentación técnica, los términos de referencia para los estudios de impacto ambiental y los requerimientos para los planes de manejo ambiental. Para el gobierno, como resultado de esa estrategia, Colombia cuenta hoy con una regulación soportada en el mejor conocimiento disponible acerca de las mejores prácticas internacionales en lo que a fracking se refiere. (Vea también: “Ante el fracking precaución”, dice la Asamblea Euro-Latinoamericana)

Sin negar la importancia de la experiencia de otros países, varios expertos y hasta la Contraloría General de la República coinciden en que la reglamentación colombiana se desarrolló con base en una precaria información sobre las condiciones geológicas e hidrológicas propias del país.

Por ejemplo, la Resolución 90341 de 2014 del Ministerio de Minas, que contiene los lineamientos técnicos para el fracking, cuenta con expresiones genéricas como “se estima que los yacimientos no convencionales se encuentran entre los 1.500 y los 2.400 metros de profundidad en Colombia, a más de 1.000 metros de donde se encuentran más comúnmente los acuíferos aprovechables para consumo humano”.

El geólogo Julio Fierro explica que a diferencia de Estados Unidos, donde las aguas subterráneas tratables tienen una profundidad máxima de 400 metros, en Colombia municipios como Tenjo se surten de aguas ubicadas a 1.500 metros y en la Orinoquia existen datos de aguas de muy baja salinidad a 2.000. “Aquí no existe un inventario completo de acuíferos, el Ingeominas tiene un Atlas de Aguas Subterráneas de Colombia pero está a escala 1:500.000 y solo cubre el 30% del territorio nacional”, afirma Fierro.

Algo parecido ocurre con la información sismológica del país, pues la cartografía geológica cubre apenas el 52% del territorio. Esta carencia se torna más delicada si se tiene en cuenta que en Estados Unidos, donde hay información detallada al respecto, no se ha podido establecer el grado de relación entre la inyección de los fluidos del fracking en el subsuelo y la ocurrencia de sismos.

Por esa razón, en 2012, la Contraloría emitió una Función de Advertencia y el año pasado, en un seguimiento a dicha medida, aseguró que la regulación sobre fracking “requiere mayores adelantos en materia de generación y aplicación de conocimiento técnico y ambiental local para evitar efectos negativos sobre los recursos naturales, el agua y la salud pública”.

En enero de 2014, la ANH firmó un convenio con el Servicio Geológico Colombiano para levantar la información de sismicidad y de geología estructural que permita generar el mapa sísmico del Valle Medio del Magdalena (en donde está San Martín). Así mismo, está en negociaciones con Colciencias para conseguir la información hidrogeológica en las regiones donde se encuentran los bloques asignados para fracking.

Mientras terminan esos estudios, la regulación para esta técnica en Colombia establece que las empresas interesadas en explorar yacimientos no convencionales deben proveer las líneas bases de acuíferos y de fallas geológicas en sus bloques. “El grado de desconocimiento es tan alto que primero se debió investigar y después sí hacer la reglamentación. Aquí se alteró el orden de esos factores y las consecuencias podrían ser irreversibles”, advierte Fierro.

¿Quién hace cumplir las normas?

A pesar de estos vacíos en la información, el gobierno afirma que Colombia tiene una de las regulaciones más estrictas del mundo para el fracking. Aun suponiendo que esto fuera cierto, está el interrogante sobre si el Estado es capaz de vigilar su cumplimiento. Y en este aspecto no parece haber razones para el optimismo, ni siquiera entre los que apoyan esta actividad. Según Édgar Aguirre, director de la Comisión Interinstitucional de Hidrocarburos, “los riesgos del ‘fracking’ se podrían reducir con un estricto seguimiento de las autoridades ambientales, pero desafortunadamente estas no tienen la capacidad de dar esas garantías”.

Para Carlos Vargas, profesor del Departamento de Geociencias de la Universidad Nacional, “el gobierno tiene en sus manos la posibilidad de equilibrar la necesidad de acceder a los recursos petroleros mediante el ‘fracking’ con una pertinente gestión ambiental. Pero con sus instituciones desarticuladas y concentrando sus acciones de forma asincrónica en tiempo y espacio, no podrá lograrlo en los tiempos que requiere la Nación”.

En la respuesta a un derecho de petición interpuesto por Dejusticia y WWF, el Ministerio de Ambiente afirma que el fortalecimiento institucional de la Anla es una de sus prioridades. Sin embargo, los recientes escándalos que protagonizó la entidad por el otorgamiento de licencias en lugares protegidos, sumado al incomprensible reversazo en el nombramiento de Rodrigo Suárez en la dirección, muestran que Anla todavía está lejos de merecer la confianza de la ciudadanía.

La complicada licencia social

En San Martín, Cesar, miles de habitantes se han manifestado en contra del proyecto de la empresa Conoco para explotar petróleo mediante el fracking.

Algo ha cambiado en la conciencia ambiental de los colombianos. Como nunca antes la sociedad, sobre todo urbana, parece más receptiva ante la importancia de cuidar el medioambiente. Las movilizaciones a través de redes sociales y en las calles de algunas ciudades cuando se conoció la licencia de exploración cerca de Caño Cristales o la intención de explotar oro en el Valle del Cocora muestran que hay una menor disposición a asumir los costos ambientales de un modelo de desarrollo basado en extraer los recursos naturales.

La actual crisis petrolera no se explica solo por la caída de los precios. Al país lo recorre una ola antiextractivista que se expresa en huelgas, paros, demandas, intentos de consultas populares, entre otras manifestaciones públicas. Las comunidades quieren tener mayor capacidad para decidir sobre sus territorios, y sentencias como la emitida por la Corte Constitucional en favor de la autonomía local han potenciado ese deseo.

Un claro ejemplo es San Martín, donde gran parte de la población se ha manifestado contra el fracking mediante el bloqueo de las áreas de trabajo de la compañía Conoco, con lo que se ha retrasado el avance del proyecto de exploración. A pesar de que allí han hecho presencia funcionarios de la ANH y de los Ministerios del Interior y de Ambiente, Carlos Santiago, el líder de los opositores al fracking en San Martín, afirma que está por comenzar un proceso de recolección de firmas para convocar a una consulta popular sobre el tema.

En Puerto Wilches y en Barrancabermeja, dos de los municipios de Santander donde también existen contratos de exploración para fracking, ya se registran las primeras manifestaciones de inquietud. En ambos casos, la incertidumbre frente a una actividad riesgosa se combina con la falta de confianza en las autoridades para manejarla.

Con este panorama queda claro que, por ahora, el camino que trazó el gobierno para expandir las menguantes reservas petroleras del país mediante el fracking está lleno de riesgos y conflictos. Todos los expertos consultados para este artículo coinciden en que incluso si se diera el escenario ideal de que todos los proyectos avanzaran sin inconvenientes y que el precio del petróleo hiciera rentable la explotación, el primer barril de crudo obtenido mediante fracking no saldría sino dentro de cinco años.

Esto significa que la discusión va más allá de la actual coyuntura, pues las determinaciones que se tomen ahora van a tener efectos a largo plazo. Por eso, la decisión de permitir o prohibir el fracking no debería depender de la voluntad de un gobierno, sino de un consenso de país. Nadie puede negar la importancia del petróleo en la vida cotidiana y creer que es posible superar esa dependencia de un momento a otro carece de sentido.

Colombia seguirá necesitando hidrocarburos, pero la pregunta es si el fracking es la mejor manera de conseguirlos. Los comprobados impactos negativos de esta técnica, sumados al poco conocimiento del territorio, la debilidad institucional y una opinión pública desfavorable, no permiten pensar en aplicarla sin causar graves daños ambientales y aumentar los conflictos sociales. Por esas razones, el remedio del fracking puede resultar peor que la enfermedad de la escasez petrolera.

[Video] Los ríos de fuego del "fracking" podrían verse en Colombia.

6:29:00 a.m. Add Comment

Esta técnica ha sido prohibida en cerca de 300 condados de EE.UU, en Francia y en algunas zonas de Canadá, debido al impacto que ocasiona su alta presión al perforar verticalmente la tierra a ciertas profundidades y a la enorme demanda de agua que requiere el proceso de explotación de los hidrocarburos.

Por: César Andrés Rodríguez / Blog El Río.

En la mitología griega, el inframundo, mejor conocido como ‘la morada de los muertos’, hace referencia a un lugar profundo y sombrío en donde las mazmorras del Hades son designadas como pozos de tormento y sufrimiento. La mitología señala que 5 ríos recorren y bañan el valle de la muerte desde el foso del tártaro hasta los campos elíseos. Aqueronte (el río de la pena), Cocito (el de los lamentos), Flegetonte (el del fuego), Lete (del olvido) y Estigia (el del odio) son los afluentes que atraviesan los valles del Hades y que arrastran en sus corrientes los pecados mortales y ‘la suciedad de los hombres’. No muy distante de estas leyendas épicas, hoy es posible observar ríos flameantes en la tierra de los mortales cargando con los mismos pecados, y no precisamente debido a la cosmogonía divina.

En una escena escalofriante, casi que prefabricada para atemorizar, el miembro del Partido Verde y el Consejo Legislativo Australiano Jeremy Buckingham y el local John Jenkyn, a bordo de una pequeña balsa navegante, pretendían denunciar las catastróficas consecuencias del polémico ‘fracking’ (fracturamiento hidráulico para la explotación de gas metano de carbón) que se presentaba a 1 kilómetro de la cuenca Murray-Darling del río Condamine (suroccidente de Australia) debido a las múltiples denuncias por contaminación e irregularidades en el curso del afluente. En un punto determinado, la presencia de un aire viciado y fuertes burbujas de aire en la superficie del agua prendieron las alarmas de los navegantes, quienes, en una acción considerada por algunos como irresponsable, decidieron comprobar las probables condiciones inflamables del río y encender una llama sobre sus aguas, lo que provocó un abrasador fuego que se extendió sobre la ribera del afluente.

“Existe una creciente preocupación de que el fracturamiento hidráulico y la extracción de gas metano de carbón puedan provocar que los gases tóxicos migren a través de las rocas. No sólo se está contaminando el río y el aire, sino que además el metano es un gas extremadamente potente para captar calor. Por lo tanto, las emisiones de la industria del gas no convencional podrían ser un importante contribuyente al cambio climático y hacer que la explotación de gas sea tan sucia como la quema de carbón”, señala en el video Buckingham, mientras su colega intenta infructuosamente apagar el fuego con más agua combustible.

Lo que es actualmente una trágica realidad ambiental en el continente oceánico, podría convertirse en una pesadilla futura para Colombia y la región latinoamericana, por cuenta de las recientes decisiones gubernamentales en términos de licencias para la explotación de hidrocarburos, amparadas bajo el pretexto de la necesidad de generar mayores reservas de crudo por cuenta de la declinación de la producción petrolera del país en el último año.

Hoy en día este panorama se presenta bastante confuso. Mientras que por un lado el nuevo ministro de minas y energía German Arce señala que la decisión de implementar ésta técnica en Colombia la tomó la administración Santos desde que empezó su primer mandato (2010) y que se debe “desarrollar la industria de manera sostenible mediante un equilibrio en el uso del recurso, su explotación, las comunidades y el tema ambiental”, por el otro, las denuncias de diversos medios y líderes ambientales sobre las falacias de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) en la adjudicación de licencias de explotación, como la controvertida licencia en La Sierra de la Macarena y Caño Cristales, han puesto en evidencia las graves consecuencias a las que se enfrentarían los ecosistemas colombianos de ser adoptada dicha práctica. (Ver: “Denuncia: ¿Llegó el ‘fracking’ a Colombia?”)

A esta controversia se le suman las declaraciones de Fernando Iregui, exdirector de la ANLA, quien, aún desempeñando labores en la dirección del organismo, declaró categóricamente que “en Colombia no se ha autorizado en ningún momento el uso de la tecnología de fracturamiento hidráulico”, y en breves términos sentenció: “No existe”. Sin embargo, luego del revuelo causado por la revocatoria de la licencia de explotación en La Macarena y un día antes de tener que asistir a un debate de control político en la Comisión Séptima del Senado, Iregui renunció a su cargo, dejando a su paso serios cuestionamientos por sus inconsistentes declaraciones con respecto al tema del ‘fracking’.

“Estamos ante un escenario de irreversibles daños ambientales”, sentenció el líder ambiental Carlos Andrés Santiago, señalando que, en promedio, un solo ‘pozo de extracción’ para fracturamiento hidráulico, requiere por lo menos 5 millones de galones de agua para operar durante su ‘vida útil’ (de 10 a 20 años) y que para el proceso se utilizan alrededor de 750 compuestos químicos diferentes, muchos de ellos catalogados por organizaciones médicas como cancerígenos. Además de las toxinas que son ‘inyectadas’ en la profundidad de la tierra, las aguas residuales que son bombeadas de regreso también pueden contener diversos contaminantes, incluyendo material radiactivo, y se pueden presentar ríos hirvientes o sismos de mediana magnitud.

Aunque la ANLA y el gobierno han descartado que las recientes licencias otorgadas puedan ser relacionadas con el ‘fracking’, son muchas las coincidencias en el método que encuentran los expertos ambientalistas en sus estudios. ¿Podría imaginarse las cuencas de los ríos Bogotá, Cauca, Medellín, Atrato o Amazonas envueltas en llamas? ¿Pueden ser éstos los nuevos ríos del Hades que, en vez de perdición, cargarán con la pena, el odio y el olvido de nuestro medio ambiente?

 

Minería: ¿seguridad jurídica o soberanía?

8:58:00 a.m. Add Comment

Tres empresas se están amparando en los TLC que Colombia firmó con EE. UU. y Canadá para exigir que se respeten los contratos de extracción que se traslapan con ecosistemas estratégicos.

Por: Edinson Arley Bolaños - Óscar Güesguán Serpa / El Espectador.

La delimitación de los páramos en Colombia está saldando una deuda histórica con el medioambiente, pero también está abriendo un limbo jurídico para las empresas que ya tenían concesiones con licencias ambientales en esas zonas estratégicas.

A la demarcación del páramo de Santurbán se sumaron esta semana otros ocho ecosistemas, y el Gobierno espera que al finalizar el año los otros 27 sistemas de alta montaña tengan definidos sus límites para protegerlos de la extracción minera y de hidrocarburos, tras la decisión de la Corte Constitucional de que, ni siquiera antes de su prohibición en 2010, debe haber proyectos en estas zonas estratégicas. Pero el Gobierno lo había permitido hasta que vencieran los contratos, justamente para evitar desgastes jurídicos.

Según la Agencia Nacional de Minería (ANM), existen más de 475 títulos —286 en explotación— que se traslapan con 28 páramos, en una superficie de 127.000 hectáreas. Dichas concesiones pertenecen a cerca de 100 empresas y 300 personas naturales, quienes, a medida que se delimiten los páramos, tendrán que frenar sus actividades.

Eco Oro, antes Greystar, empresa canadiense que desde hace veinte años adelanta el proyecto minero de Angostura, en el páramo de Santurbán, prendió la primera chispa. Hace un par de semanas, ignorando las competencias del Ministerio de Minas y la Agencia Nacional de Minería, dirigió una carta al presidente Juan Manuel Santos, en la que le notificó la intención de iniciar formalmente un proceso de acuerdo amistoso, invocando los artículos pactados en el tratado de libre comercio con Canadá que protegen jurídicamente a las empresas extrajeras.

De llegar a darse, las partes tendrán que sentarse, en un período no mayor a seis meses, a definir cómo podría Eco Oro desarrollar el proyecto de Angostura sin afectar el páramo. De no encontrar puntos en común, dijo la empresa, llevaría el caso a un tribunal de arbitramento internacional para definir si se violó algún derecho de la empresa o si, por el contrario, el Estado actuó de conformidad con lo pactado en el acuerdo bilateral.

“Hemos invertido US$250 millones, llevamos veinte años sacando el proyecto adelante y la idea es avanzar en esa meta, obviamente respetando el medioambiente, el páramo. Yo también vi Magia salvaje (película) y todos somos conscientes de que este es un ecosistema que tenemos que cuidar, pero eso no implica que la minería no se pueda hacer. Hay compatibilidades, y eso es lo que estamos buscando”, señaló Mark Moseley-Williams, presidente de Eco Oro.

Por esta razón, el Gobierno se debate entre empezar a apagar la locomotora minera que anunció con entusiasmo en 2010 o buscar soluciones para que estos empresarios puedan realizar sus proyectos mineros sin afectar los ecosistemas. ¿Cómo va a actuar frente a los títulos que se solapan con los parámos? ¿Por qué hizo concesiones dentro de los ecosistemas? ¿Qué tan viable es que un tribunal internacional ponga en jaque la autonomía del país?

El ministro de Medio Ambiente, Gabriel Vallejo, ya lo ratificó: se cumplirá a rajatabla la sentencia de la Corte Constitucional de erradicar la minería existente en páramos y evitar que se otorguen nuevos títulos dentro de ellos.

“A partir de las resoluciones que firmé de la delimitación de páramos, en el tema minero y de hidrocarburos, las licencias ambientales, de acuerdo con los límites, dejan de tener vigencia. Y se está trabajando con el Ministerio de Minas para tomar la decisión frente a los títulos vigentes para darlos por terminados con base en la sentencia de la Corte Constitucional”.

En todo caso, dijo que las empresas están en el derecho de hacer la reclamación que cada una considere, si creen que se han vulnerado sus derechos. No obstante, “estamos acatando una decisión de la Corte”.

La otra pregunta que entra al debate es: ¿por qué el Gobierno hizo concesiones dentro de los ecosistemas?

Primero, porque tácitamente sólo se prohibió a través de un artículo del Plan de Desarrollo 2010-2014, aunque se hizo la salvedad de que las empresas que antes de 2010 tuvieran concesiones con licencia ambiental podrían explotar en páramos hasta la caducidad del contrato. No obstante, eso fue lo que el alto tribunal contrarió.

De acuerdo con el excontralor delegado para asuntos ambientales Mauricio Cabrera, en varias ocasiones advirtió, como asesor del Ministerio de Medio Ambiente, que expedir títulos en esas zonas iba a dar lugar a problemas jurídicos en el futuro.

“Después, en 2013, desde la Contraloría General se hizo una función de advertencia porque ese año el Gobierno reabrió el catastro minero. Dijimos que era inapropiado, que no estaban dadas las condiciones para volver a otorgar títulos mineros en el país. Sin embargo, ocurrió”.

Es decir, el problema que el Ejecutivo quiso evitar hace seis años acaba de reaparecer con la advertencia de Eco Oro. Sin embargo, esta no es la única alerta que tendrá que enfrentar el Estado colombiano. Cosigo Resources y Tobie Mining and Energy ya están exigiendo una indemnización por US$16.500 millones. Las firmas argumentan que con la declaratoria del parque nacional natural del resguardo Yaigojé-Apaporis, en 2007, sus derechos a la explotación fueron revocados ilegalmente, violando el TLC con Estados Unidos.

Ana Carolina González, experta en proyectos de desarrollo e investigación sobre gobernanza y políticas públicas del sector minero-energético, fijó su posición: “Este tema es delicado, porque la posición que asuma el Estado va a ser determinante para la actuación de las demás empresas. Esto no está pasando sólo en Colombia: si mira en El Salvador, también hay una demanda de una minera contra el Estado. Pasa lo mismo en Ecuador con la Oxy. Están usando estos mecanismos de arbitramento, lo que me parece complicado porque pasan por encima de la soberanía de los estados. Los tratados existen para que haya seguridad jurídica, que es importante, pero hay derechos que están por encima de ese derecho. ¿Qué está primero: lo que firmó el Estado con otro o lo que la población decida sobre su territorio?”.

Así las cosas, aunque ya se había advertido que expedir títulos en esas zonas iba a ser un generador de problemas jurídicos, el excontralor cree que el país está blindado porque no pueden obligarlo a explotar en una zona que se considera de alta biodiversidad y de altos servicios ambientales. No obstante, va a haber un desgaste administrativo que, según él, podría favorecer a Colombia, aunque existe riesgo por el precedente de lo que ocurrió recientemente en La Haya en el diferendo limítrofe con Nicaragua.

Lo que está en juego no es de poca monta. Colombia posee el 50% de los páramos del mundo, ecosistemas con los que sólo cuentan seis países de América Latina y que generan el 70% del vital líquido del país. Esta semana, el Ministerio de Comercio, a cargo de estos casos, ya anunció que dará a conocer la posición oficial del Gobierno y entonces se sabrá cuál será el futuro de las empresas que tienen títulos en 28 páramos del país.}

Las cifras

250 millones de dólares ha invertido Eco Oro (antigua Greystar) en el desarrollo del proyecto Angostura, en el páramo de Santurbán.

70 por ciento del agua de Colombia se produce en los páramos. El país cuenta con 36 ecosistemas de alta montaña.